Re: Amanecer en el mar. Inolvidable primera vez
Peeeeeeeerooooooooooo........ La cosa no había terminado.
Reparé entonces en el nuevo cambio de coloración, esta vez, verduzco, de la faz de Antonio, que no pudiendo más, apoyó sus manos en la regala de sotavento (todo un detalle por su parte), y adoptando la posición conocida como de “plegaria mahometana”, regaló a los peces todo cuanto sus entrañas contenían. Con la mano izquierda sostenía la caña, mientras mi diestra sujetaba a Antonio por el arnés. “No, si no me voy a caer”, me dijo. “Sería el primero que se cae por la borda vomitando”, pensé yo en voz alta. Nada que objetar al otro tripulante, que miraba por la popa, pues su emetofobia es famosa entre quienes lo conocemos.
Ya más tranquilos, o al menos así lo parecía, vimos la enfilación de la cúpula de la Catedral, con las torres del Balneario de la Caleta, señalando la entrada a esta maravilla que Dios nos regaló a los gaditanos y, por ende, al mundo entero. Proseguimos entonces apuntando con nuestra proa a la boya ANA, que rodeamos, dejándola por nuestro babor, en torno a las 8.15 horas de la mañana.
Cádiz refulgía entre una leve bruma dorada, mientras distinguíamos el espigón que lleva al Castillo y faro de San Sebastián, el Puente Canal, el Campo del Sur, la Catedral, el “Pirulí” de Telefónica (detrás está mi casa). La primera vez que nuestro derrotero nos llevaba a ver Cádiz desde el Oeste.
Enfrentados a la Playa de Santa María del Mar, pensaba llamar a mi Almiranta para que se asomase a vernos cuando Antonio, con la cara mustia por la mar por la aleta que llevábamos, me dijo “Adri, no puedo más, tengo el cuerpo descompuesto”. La mano apoyada en el bajo vientre no dejaba lugar a dudas.
Se puso Cuarteroni nuevamente a la caña mientras me metí en la cabina para disponer el WC químico para su próximo visitante. Le abrí la escotilla de proa para mejor ventilación y se lo dejé todo preparadito. Al salir, incrédulo me preguntó “¿Pero tú no te mareas ahí dentro?” “De momento, no”, respondí. “Pues no sabes lo que te pierdes”, respondió con una media sonrisa que me recordó a Bruce Willis, a quien siempre he pensado que se parece.
Se metió dentro, cerramos el tambucho, y lo dejamos a solas con sus pensamientos.
Cuando supuse que estaba bien aposentado, y tras avisarle y solicitar su permiso, viramos al 270º, pues la situación no tenía muchas trazas de mejorar y era el momento de volver a puerto.
Pasaban los minutos y Antonio no salía. “Antonio, ¿estás despierto?”. “Jiiiiiiiií”. Diez minutos más tarde… “¿Tas despierto?”. “Jiiiiiiiií”. Otros diez minutos…. “¿Taspierto?”. “Guarrrrrrrggggghhhhh”. ¿? Eso sonaba a vomitona. ¡Ay, Dios!, que me veo pintando el barco, y cambiando las colchonetas, con lo monas que son a listas blancas y azules. Entonces, tímidamente, levanto un poco la tapa del tambucho para asomarme, por si puedo ayudar en algo. La impresión visual recibida sólo se puede comparar a un sartenazo inesperado en plenos hocicos. Un peludo culo en pompa, con los pantalones en los tobillos, de un Antonio que se sujetaba donde podía para apuntar al WC con los restos (¿pero le podía quedar algo en el tubo digestivo a esta criaturita de Dios?) de su alma, porque yo ya no sabía qué más podía estar vomitando.
Anonadado me desplomé en el banco de la bañera. Ya poco podía empeorar el cuadro. O al menos eso, inocentemente, pensaba yo, mientras seguíamos a rumbo para poder volver de una bordada a Puerto Sherry. Un hilo de voz salió de la cabina anunciando “Adri, esto se ha atascao”. O sea, que sí podía empeorar el asunto. Y voy, yo, y entro otra vez en cabina. ¡¡¡Seré imbécil!!! La visión, esta vez a calzón subido, no era nada reconfortante. A la vista del sobrenadante sólo pude aconsejar a Antonio que cambiase su dieta, pues eso no podía ser sano, ¡no señor! Y decidí que ya lo intentaríamos arreglar cuando arribásemos a puerto. En mi interior rezaba para que hubiese finalizado el manantial interior de mi primo, pues poca más cabida había en el inodoro. También mis rezos se encaminaban a pedir que ninguna racha u ola intempestiva provocase una escora excesiva, pues me veía vendiendo mi barco a bajo precio.
Volví a mi puesto, y tras haber dejado a ANA por la aleta unos minutos atrás, pusimos rumbo 40º, para apuntar a Puerto Sherry. Periódicamente comprobábamos la consciencia de Antonio, pero sus respuestas eran débiles, por lo que, haciendo un supremo acto de valor, me asomé nuevamente por una rendija del tambucho. Antonio yacía a horcajadas sobre la caja de la orza, cual motorista de Gran Premio, sujeto al puntal que soporta el peso del mástil. Después me confesó que estaba concentrado pensando que viajaba en su moto y las escoradas eran curvas.
Así, cazando las velas lo mínimo, llegamos a Puerto Sherry en torno a las 12 horas, gracias a Dios todos vivos, alguno maltrecho, pero superviviente al fin y al cabo. Un atraque limpio dio término a la travesía. Y mientras Antonio yacía inerte en el pantalán –“No lo pisen, por favor, que aún vive”, advertía yo a los que pasaban- recogimos el barco, y solucionamos el presunto atasco que no fue otro que “notirardeladichosapalanquitadeabajo”. Unos paños mojados sobre la frente y un zumo fresquito de piña, tomado a pequeños sorbos devolvieron a Antonio a su ser, abandonando finalmente el pantalán en torno a las 13:30 horas del día decimoséptimo del mes de agosto del año dos mil ocho de Nuestro Señor.
PD: Gracias a esta aventura, Antonio, asiduo practicante de aikido, y que diariamente corre en torno a los 7 km como mínimo, ha descubierto nuevos músculos que pueden doler por las agujetas consecuentes a los esfuerzos realizados para sacar de su interior lo que ya no le quedaba.
|