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Gama Gama esta desconectado
Piratilla
 
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Predeterminado Re: "El Raspa" Accesit Relato sobre el mar

Pasaron los años, Carmen, ya convertida en mujer, nunca olvidó ese primer contacto con los pescadores. Siempre que podía volvía a esa playa y pasaba horas sentada en la arena, a la sombra de la barca del Raspa, mirando a la mar con la fascinación de siempre, tratando de imaginar qué se sentiría allá fuera, entre las olas. Fue una tarde de noviembre cuando conoció a José, ni siquiera se percató de donde venía, simplemente llegó, se sentó a su lado sin decir nada. Era raro, pero a Carmen no le importó que el desconocido se aproximara de ese modo, curiosamente ese hombre produjo en ella una extraña sensación de familiaridad. Pasaron un largo rato así, sentados en la arena en silencio, un silencio que decía más que mil presentaciones, en el ambiente se palpaba cierta complicidad. Después intercambiaron sus nombres, sin ahondar en más detalles, no hicieron falta.

-¿Cómo es eso de navegar José? Quiero saberlo. ¿Qué se siente?

-Navegar es distinto a todo. Cuando sales a la mar no quedas indiferente, una vez lo pruebas quedas atrapado para siempre o el temor te hace odiarlo. La mar hay que sentirla, pero no aquí –José llevó un dedo a su sien- sino aquí- dijo llevándose la mano al pecho. Se te mete dentro y si logras que tu sangre admita el salitre ya no vuelves a ser el mismo, te conviertes en un hijo de la mar.

Allí, sentados uno junto al otro esa tarde de noviembre comenzaron a hablar sin más. Al día siguiente Carmen volvió a la playa, no estaba segura de si volvería a ver al desconocido. Había sido un encuentro casi irreal, como soñado, así que se alegró al encontrarle de nuevo sentado junto a la destartalada barca del Raspa, esperándola. Y así, día tras día, Carmen descubrió más de la mar, de sus gentes. José parecía conocer todos los secretos que ella ignoraba, le contaba mil y una historias, le hablaba de barcos, de marinos, de otras playas. Descubrió que navegar era mucho más que flotar entre las olas. Supo que allí fuera no te pierdes si miras las estrellas, que éstas siempre orientaron a los hombres de mar desde el principio de los tiempos. Y supo que el viento ejercía una poderosa influencia, así como las mareas.

A Carmen le gusta imaginar al viento como el amante inconstante de la mar, que la complementaba, en una especie de atracción fatal, de amor-odio. Un elemento pasional que al acariciar la líquida superficie la rizaba más o menos, formando borreguillos coquetos. Cuando el viento se enfadaba la golpeaba con furia, la ira producía en ella fuertes marejadas, pero aún era peor cuando éste mostraba su indiferencia, pues durante su ausencia la tristeza de la mar aumentaba reflejando su pena en forma de calma chicha, encalmadas bucólicas de las aguas añorando a su amante, tristeza en la que quedaban atrapados a su antojo todos los que en ella estuvieran, a veces hasta la desesperación, rezando por la reconciliación de los elementos.

Una tarde como tantas de las compartidas, vieron pasar un velero. ¡Parecía volar! Carmen nunca entendió como esos barcos podían navegar contra el viento, la lógica le decía que el aire debía empujar por detrás para que avanzara. José sonrió al escuchar los planteamientos de Carmen, era evidente que le quedaba mucho por aprender.

-¿A eso se le llama ir empopado?-Esa pregunta provocó una sonora carcajada en José que ruborizó a la muchacha

-Empopado suena fatal. No, Carmen, no navegan en popa, fíjate que la mayor no va tan abierta. Ese barco lleva un rumbo más o menos abierto al viento. ¿Sabes de rumbos? ¿Ceñir?

Carmen negó con la cabeza mientras observaba al velero en silencio, no entendía apenas nada de lo que le decía.

-Veamos, pon la palma de tu mano plana sobre la arena, apuntando al mar- José dibujó en la arena un círculo alrededor de la mano de Carmen, y le puso los números del uno al doce, como si de la esfera de un reloj se trataran.- Imagina ahora que tu mano es un barco y la punta de tus dedos son la proa

-Sí…- a Carmen se le iluminó la cara con una amplia sonrisa, miraba fascinada su mano y dejaba escapar su imaginación, pensando que su extremidad surcaba los mares en forma de ondas de arena

-Fíjate, hemos dicho que la proa de tu barco está situada en tu dedo medio y éste apunta a las doce. Entonces, la popa de tu barco estaría situada a las 6 de nuestro reloj. Pues ya tenemos 2 conceptos: si el viento lo recibieras por donde marca las doce se dice que tenemos viento por proa, y si entra por las seis, viento por popa, hasta ahí es fácil. ¿sí?

Carmen asintió concentrada, en todos los días de su vida jamás había prestado tanta atención como lo hacía en esos momentos con las lecciones que José le daba.

-Sigamos, ahora vamos a intentar que nuestro barco avance, seguimos con la proa apuntando a las doce- José posó su palma sobre la mano de Carmen, Era grande, cálida, el contacto con su improvisado maestro hizo que su piel se erizara, era la primera vez que se tocaban, casi había llegado a creerle irreal.

-Estate atenta: Si el viento te llegara justo por las doce, es decir por proa, no podrías navegar a vela, no es posible hacerlo justo así- Hasta ahí Carmen lo entendía, en su ignorancia entraba dentro de la lógica que ir en contra del viento impide avanzar. -Pero bastaría con que te abrieras un poco al viento, si viraras tu proa, pongamos hasta la una, ya podrías hacerlo.


Carmen le miró extrañada, si sólo se abriera un poco seguirían casi en las mismas, con el viento aún casi de frente. ¿Cómo va a poder avanzar un barco cuando el viento le empuja por delante? José vio en seguida la expresión de extrañeza en el rostro de Carmen


-¿Y cómo? El viento entra casi casi de frente- Carmen no dejaba de mirar su mano, tratando de asimilar lo que le explicaban, no acaba de cuadrarle, pero si José lo decía debía de ser así.


-¡Claro!, pero es el suficiente para hacer que se mueva. -Si te asomas a mirar desde arriba, verás que la punta de tus dedos y las doce del reloj forman un pequeño ángulo

-Ahá…

-Por ahí el viento tiene espacio suficiente para colarse en la vela. Es así, - acarició de refilón el canto de su mano- entra y ese roce en el trapo lo llena de viento haciendo que el barco se mueva. Ahora sí que podemos navegar, y eso, Carmen, es ceñir, es decir, navegar en el menor ángulo posible respecto a la dirección del viento que nos venía por la proa

-¡Vaayaa! ¡Claro, ahora lo entiendo! Se trataba de que las velas se llenaran…- Carmen tuvo la sensación de que José acababa de abrir una puerta que asomaba a un mundo misterioso hasta entonces para ella. A partir de ahí, guiada por José, conoció a fondo los distintos rumbos, y qué era trimar, esa extraña palabra tan nombrada y cuyo significado desconocía. Descubrió además qué secreta relación guardaba el viento con las velas de un barco para que éste avanzara. Y ese fue el empujón definitivo para convencerse de que debía dar el paso que le faltaba: aprendería a navegar.
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