Polen escribe....
Navegar es distinto a todo. Cuando sales a la mar no quedas indiferente, una vez lo pruebas quedas atrapado para siempre o el temor te hace odiarlo. La mar hay que sentirla, pero no aquí –José llevó un dedo a su sien- sino aquí- dijo llevándose la mano al pecho. Se te mete dentro y si logras que tu sangre admita el salitre ya no vuelves a ser el mismo, te conviertes en un hijo de la mar.
Eso a mi ya me cala... Pero Polen no se detiene aquí.
Se olvida de nuestras motivaciones a navegar. Obvia al marino en la relación mar y viento en la cual el hombre se cuela sin haber sido realmente invitado.
Es pasión. Pasión pura, que muerde y duele. Y la pasión suena asi:
A Carmen le gusta imaginar al viento como el amante inconstante de la mar, que la complementaba, en una especie de atracción fatal, de amor-odio. Un elemento pasional que al acariciar la líquida superficie la rizaba más o menos, formando borreguillos coquetos. Cuando el viento se enfadaba la golpeaba con furia, la ira producía en ella fuertes marejadas, pero aún era peor cuando éste mostraba su indiferencia, pues durante su ausencia la tristeza de la mar aumentaba reflejando su pena en forma de calma chicha, encalmadas bucólicas de las aguas añorando a su amante, tristeza en la que quedaban atrapados a su antojo todos los que en ella estuvieran, a veces hasta la desesperación, rezando por la reconciliación de los elementos.
Queridísima Marga...
Te puede parecer lo que quieras...
Pero a mi tu cantar me recuerda el murmullo del agua contra el casco.
Algo bruja sí que eres, siempre te lo digo.
Cómo sino por puro embrujo puedes llegar a comprender tanto a la mar??
Que felicidad me ha dado leer eso.
Gracias, Marga.

