Situación surrealista.
Pescando con mi colega G. en medio de una nube de ballestas de entre 1,5 y 5 kilos (enoooormes!!!) e ignorándonos mutuamente, es decir; mantenían una distancia de seguridad desde la que nos observaban poniéndose de lado y girándo a nuestro alrededor, nos dedicábamos a desenrocar un abadejo (ephinephelus alexandrinus) de los de "antes",que pesaría 10 kilos, lo cual para este pez es un record. El caso es que una vez desenrocado y bastante tocado pues uno de los arpones estaba muy mal tirado en el vientre con gran evisceración procedimos a subirlo desde un fondo de -25 m.
Me cago en la p**a de oros!!!
En un instante se lanzaron en masa sobre el pez y se zamparon todo el vientre; las tripas, las ventrechas y parte de los lomos. Era alucinante ver a esa bola de peces acometiendo al abadejo; parecían pirañas.
Lo jodido del tema es que bastantes de ellas también la emprendieron con nosotros a media agua, conforme subíamos. Tuvimos que dejar el abadejo y alejarnos a toda leche ascendiendo en diagonal y pateando a las ballestas. No aleteábamos sino que literalmente las pateábamos para mantenerlas alejadas.
Pues dos me engancharon. Una no muy grande me hizo un corte en el dedo anular de la mano derecha (con guantes tecnisub) y otra grande me cogió bien cogido el canto de la misma mano. De tal manera me enganchó que no soltaba. Parecía un perro de presa. La situación era acojonante. Y todo esto en media agua y en apnea. Yo con mi mano izquierda la tenía agarrada por la cabeza apretándole con todas mis fuerzas a la altura de los ojos, metiéndole los dedos pulgar e indice, pero cuanto más apretaba más apretaba ella el mordisco. A todo esto pateando como un poseso para espantar a las demás.
Cuando llegamos a la superficie, con tetánias incluídas, los peces volvieron a mantener la distancia de seguridad pero yo seguía con el pez enganchado en mi mano, soportando un mordisco brutal. Temía que en cualquier momento se iba a quedar con el trozo en la boca. Un gran trozo pues la ballesta era grande. Inmediatamente me llevé la cabeza del pez a la boca y le dí en la cabeza el mordisco más salvaje que he dado en mi vida... casi no abarcaba la frente del pez pero algo debió notar porque la reacción fué instantánea: su mordisco se hizo más violento de forma intermitente, como si sacara las últimas reservas de fuerza.
Para los que no conocéis el pez os diré que la cabeza la tienen dura como una piedra... pero dura de cojones.
A todo esto yo gritaba como buenamente podía...
Al final vino mi compañero y le metió el porta-peces en la boca, haciendo palanca (es como un lápiz de acero inox de 7 mm de grueso y unos 25 cm de largo) y consiguió abrirle la boca. El pez salió disparado y nosotros regresamos al barco flipando en colores. Los trajes tenían varios "desconchones" en las piernas y en el culo y mi mano sangraba mucho.
Desde entonces conservo dos cicatrices en la mano derecha y el recuerdo de una experiencia A-L-U-C-I-N-A-N-T-E
Afortunadamente los dientes de las ballestas, aunque son de "burro" -y así les llaman en Almería, donde ocurrió este suceso- no montan unos sobre otros sino que los inferiores están retrasados respecto de los superiores, esto hace que su mordisco sea más un pellizco que un mordisco propiamente dicho, de no haber sido así igual nos comen vivos.
Uf.
