Para mí llevar a alguien en mi barco es como llevarlos a casa. Cuanto más felices se sientan, mejor me siento yo. No comprendo eso de invitar a alguien a una especie de sufrimiento infernal haciéndote el hombrecito con cada uno de los movimientos del barco. Dios me libre de pensar que tengo un mínimo dominio de ello, pero a medida que he ido sintiéndome más seguro gobernando mi barquito, mejor se han sentido quienes han venido conmigo.
Ya no doy órdenes, sólo pretendo que me ayuden si es que necesito algo de ellos. Incluso les pongo yo los bocadillos y las bebidas. Como en casa (bueno, en casa les pongo siempre algo más elaborado

).
Eso sí, el día que yo vea que uno solo de ellos no aprecia lo que hago y no me hace un poquillo la pelota, lo cuelgo por los pulgares
(...Excepto a ella...

, claro)