Voy a transcribir una parte del libro que escribí en su día (agotado, por lo que no me estoy haciendo propaganda

)
Es la primera parte del apartado de convivencia. Expresa mi opinión sobre la figura del patrón y la tripulación. Ahí va:
Consejos generales. Organización y estructura de la tripulación.
El patrón debe ser de la entera confianza de toda la tripulación y sus órdenes no deben ser discutidas. Por supuesto, si el patrón es verdaderamente de la entera confianza de todos y, sobre todo, en un momento de peligro, la opinión del patrón prevalecerá sobre la de cualquiera, pero...
El patrón debe ser de la entera confianza de toda la tripulación, pero no debe ser “dios”. Es decir, por mucho que sepa más que cualquiera de los integrantes, por mucha que sea su experiencia, debe saber escuchar y considerar las opiniones del resto. Me han enseñado, y he comprobado, que, a veces, hasta el más tonto puede tener razón. Sobre todo, si no se deja opinar a nadie y/o las ideas que nos transmiten siempre se desprecian sin tan siquiera considerarlas, la colaboración de la tripulación se ve absolutamente anulada, creando un malestar creciente y absurdo. La tripulación debe configurarse como un verdadero equipo.
Cada miembro de la tripulación debe tener un cometido específico. Esta responsabilidad ayuda a sentirse útil y no tener la sensación de que se forma parte del equipaje. A la vez, al tener repartidas las tareas, no se crea la sensación de que “aquel no hace nada y yo me cargo con todo”.
Evitar al máximo las discusiones. Si el tema que se discute no afecta a la seguridad de la navegación en general, dejarlo para tierra. Y, si se inicia una discusión, sea por el motivo que sea (y, sobre todo, si ese motivo es tonto, como lo de la mayonesa) el patrón u otro miembro de la tripulación debe intervenir, sin tomar partido, para evitar que continúe. Los nervios y el cansancio pueden jugarnos malas pasadas y dar importancia excesiva a algo que, realmente, no la tiene.
Romper la monotonía, darse “caprichos” de vez en cuando. Abrir aquella botella de vino o cava que tenemos reservada para cuando se cruce el trópico, hacer una comida especial para una ocasión especial (en nuestra travesía, al patrón se le ocurrió que hiciera un bizcocho – que se puede ver en las fotos y cuya receta se encuentra en el apartado de alimentación – cada vez que superábamos 1.000 millas más). Celebrar un cumpleaños (real o fingido), darse un baño o aprovechar para pescar en las calmas… en fin, cualquier cosa que ayude a romper la monotonía.
Ser respetuosos los unos con los otros. No hacer ruidos innecesarios cuando alguien se encuentre durmiendo. No utilizar las cosas personales de otro sin permiso. Llegar puntualmente a las guardias. “Echar una mano” para cualquier cosa (aunque no nos toque) si vemos apurado a quien le toque. No “chinchar” si alguno tiene unas costumbres (que no afectan a nadie) que no comprendemos…
Enseñar sin machacar. Es preciso evitar equivocaciones, que pueden acarrear problemas más o menos graves, cometidas por algún miembro de la tripulación más inexperto, más despistado o menos hábil. Pero hay muchas maneras. El que es corregido nunca debe tener la sensación de que es un inútil y que el que enseña es el más listo del mundo y nunca se equivoca. Por regla general, esto provoca agresividad y quita cualquier intención de colaborar voluntaria y eficazmente. A este respecto, el patrón nunca debe “mosquearse” si alguien le despierta o le avisa por un motivo trivial. Siempre debe estar dispuesto para cualquier consulta y, lo que debe hacer en ese caso, es formar al tripulante que ha lanzado el aviso para que sepa determinar la poca importancia del mismo, para que la próxima vez que suceda lo resuelva él mismo si es posible.
No gritar ni chillar innecesariamente. Escuché en una ocasión que, si empiezas a elevar la voz, estás demostrando que no tienes razón y demuestras tu complejo de inferioridad. Los gritos y chillidos no valen para nada bueno, excepto para advertir de un peligro inminente o cuando las circunstancias no permiten oírse con un tono de voz normal (por ejemplo: alguien se encuentra encaramado al mástil, viento fuerte…).
No admitir en la tripulación a ninguna persona de la que se tenga dudas. Cada miembro de la tripulación debe aceptar al resto de los componentes. Si embarcamos con alguien del que se puede sospechar que su conducta no será bien aceptada, lo más normal es que la convivencia se deteriore a las primeras de cambio. Es preferible ir con uno de menos, pero todos “bien avenidos”.
Planificar bien y con tiempo suficiente. Si salimos con nervios, con dudas, con algo de menos, puede afectar al desarrollo del viaje. Sobre todo si eso que nos hemos dejado en tierra tiene importancia para alguno o para todos (no quiero ni imaginarme si alguno que yo me sé, se hubiera olvidado el tabaco).
Fijar las normas de “la comunidad” de acuerdo con todos. Por ejemplo, si hay fumadores (como era nuestro caso) convenir que sólo se fumará en cubierta. Obligatoriedad de dejar el baño achicado y limpio después de usarlo. Luces apagadas si no son necesarias, etc. Nuestras normas decían que, en caso de incumplimiento, debía pagarse una multa que oscilaba entre 1 y 5$. La hucha conseguida, sirvió para darnos una pequeña cena a nuestra llegada.
Resumiendo: paciencia, tolerancia, buena intención y sentido común (que, como se dice, es el menos común de todos los sentidos).
Juerrrr ¡Que tocho!
