

y sin acritud.
un empujón más...
Estos siete dias hasta llegar a La Gomera han pasado rápidos porque con la velocidad era todo cuestión de suerte. Con brisa ligera, podíamos desarrollar entre 3 y 5 nudos y con viento fuerte favorable hasta 9 nudos.

A Alonso le dijeron que Colón llegó a recorrer 182 millas en un solo día, pero las más de las veces esto no era así y él estaba preprarado para soportar la eternidad de una navegación desesperante ya que tenía la compensación de su salario : 30,9 reales de plata.
Mientras el otro día estaba hablando con el maestre , encima de una pipa tenía un misterioso papel y cuando se volvió a dar unas órdenes,curioseó su contenido. Era el listado de la tripulación , su cargo con el salario a percibir y como tenía buena memoria sabía que el Capitán ganaba 73,5 reales de plata, el Maestre, 55,1; igual que el Alguacil del agua,el Carpintero,el Calafate y el Tonelero; sin embargo el Escribano o Lenguaraz , que tanto crédito se daba, sólo ganaba 44,1 reales por igual al Despensero y que sólo percibían menos que él el Grumete con 20,6 y el Paje con 15,4 reales de plata.
El rumbo que llevábamos hacia La Gomera era por el norte de Tenerife , Alonso se extrañó porque por el sur la ruta era más directa , se veía a simple vista y se mostró un tanto intranquilo.
Su amigo Pablo , que había sido naoeher y conocía los secretos de la navegación a Indias le adivinó sus pensamientos y le explicó que entre el sur de Tenerife y La Gomera apenas sopla pero inesperadamente azotan violentas rachas de viento, que encrespan la mar y pueden desarbolar parcial o totalmente las naves. Por tal circunstancia, normalmente era más seguro navegar por el norte de Tenerife y bajar desde allí hacia la ensenada de San Sebastíán.
La aguada se hizo rápida , entre otras cosas porque se podía fondear a sólo 7 brazas de tierra y con cauces a ras de la mar y cuado nos quisimos dar cuenta ya estabamos casi en formación ,con el viento estabilizado acariciándonos la popa, y agrupándonos a la altura de la isla de El Hierro para que los capitanes calculasen el rumbo.
Pablo le explicó que los pilotos de las naos que atravesaban el Océano debían saber muy bien cartear y también tomar la altura del Sol y del polo con precisión.
Estábamos al pairo en El Hierro para comprobar en sus cartas a qué altura estaba el punto al que esperaba llegar y hallar el punto en el que estaban, para así hallar los grados de distancia de uno al otro, por la línea más corta y que le llamaban "echar los puntos" mientras buscaban el viento que les coincidiera.
Decía Pablo que había conocido pilotos tan experimentados que calculaban a ojo la velocidad de su barco con sólo mirar las burbujas de la estela, las algas flotando inmóviles, o la costa que divisaba a lo lejos y que "echaban los puntos" con precisión sorprendente.
También le contó que debían llevar instrumentos muy precisos, y cuanto mayores,mejores, así astrolabio como cuadrante u otro que mejor le pareciere o alcanzare, y no tener trabajo en tomar la altura cuantas más veces, mejor para que no llevase el barco "por fantasía".
Esto debía hacerse puntualmente al mediodía, como era ahora y luego mirarían las tablas para saber la declinación del Sol en ese día y así poder hallar cuántos grados estaba apartado de la línea equinoccial.
La imponente nao capitana , la Ntra Sra. de las Antillas, con sus cuatro palos,y su cebadera ya hinchada bajo el bauprés, izó sobre la cofa del palo mayor la bandera morada con castillos y leones alternando en sus puntas.
Eso significa,dijo Pablo, que sus pilotos ya habían calculado la posición de la flota,en su meridiano y en su paralelo. Era el centro del que salían los 32 vientos entre los que habían elegido uno para seguir la derrota.
La flota perezosamente se compuso y lentamente,el último punto visible en la ruta hacia América , iría desapareciendo del horizonte.