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Corsario
 
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Borrador capítulo III


Empapado como siempre en olor a salitre y madera y mecido por la suave evocación del ron añejo, recordó su primera vez.

Nunca jamás volvería a ser como entonces, entre otras cosas, porque él embarcó en el último buque pirata del mediterráneo.

Con apenas doce, !dios estamos hablando de 1938!, y en un carguero de madera matriculado en Malta.


Hablaba de Otto Skrienger, valiente hijo de puta! Cuando lo conoció fue tras una aparición fantasmal.


Una niebla en noche de mayo, en canal, entre Denia e Ibiza.


El buque, el carguero maltes, parecía sacado de una novela de R.L. Stenvenson, y la tripulación, sin duda salía de los peores lupanares de un Mediterráneo de entreguerras.
Eso lo sabía con certeza, estuvo presente en el enrolamiento, y su corta edad, y su avispado ingenio, a capones se aprende, le permitían entrar y salir de todos sitios con impunidad. Y sus rizos infantiles enamoraban a las lumis, soñando el hijo que podían haber tenido o que tenían y jamás veían. Duros tiempos para la infancia.


La tripulación borracha dormía abotargada, excepto en el camarote del capitán que se oían las risas de Nicola, un joven de 16 años que huyendo de la mancebía cayó, bien por aventura, bien por falsas promesas en barragana del capitán.

Él estaba solo en cubierta, aguantando el relente con un capote de lona que le venía grande por todos lados, pero que ni le quitaba el frío ni el miedo. En el barco, ahora pecio frente de la batería de Gibraltar se llamaba DaybyDay, todo crujía y hacía ruido, y corría en cubierta y cámaras aparejos desordenados, rollos de cabos, tal era el desastre de tripulación.

Apenas por popa, y dando tan sólo 45 grados, un panal declaraba la existencia de algo.


Y por allí tenía que mirar.

Y miró. Hasta que de pronto el agua empezó a hervir por popa al tiempo que se le heló la sangre. Sin duda, y a sus justos doce años, venía la muerte en ese monstruo marino, negro, brillante, inmenso, que empezaba a salir a flote.


El influjo magnético de pavor hizo todo. Se quedó quieto, mientras un calor en húmedo se apoderaba de su entrepierna. El monstruo no paraba de salir. Era gigantesco y negro, con brillos, y dos ojos vacíos, dos cuencas de ojos vacíos sin vida. Pensó que iba a morir, recordó todas las historias fantasmagóricas que le habían contado para asustarle y... que sin duda eran ciertas.



Retrocedió y cayó, no recordaba cuanto tiempo estuvo tirado sobre la cubierta, de la que tan sólo se levantó cuando el monstruo inició un lamento agudo, profundo, interminable, horrible.


Desde la cabina, el capitón salió chillando alegremente, y tras unos instantes, se encendieron los focos de popa.

Frente a ellos estaba uno de los primero U-Boats, ondeando la insignia nazi.

Y sobre su castillo, los ojos azules de su capitán, Ottro Skirenger, valiente hijo de puta, repitió un par de veces entre dientes.

Todo se tornó actividad, y los borrachos se despejaron como sólo lo hacen los piratas. Ya habían arriado la chalupa, una monstruosa chalupa de 35 pies. Al timón en ella, su tío, el capitán, - la única maldita herencia de sus padres-, que hacía alegres aspavientos al submarino.

Sobre su hombro notó la mano de Nicola, que le miraba con lo que hoy había aprendido que era lascivia, mientras jugaba con la lengua y sus labios, y se apretujaba contra mi capote. Y yo pensaba que buscaba calor.

La tripulación del submarino hablaba a gritos que parecían ladridos, - era la primera vez que oía la lengua alemana-, y se movían, frenéticos, pero sin caos. De una escotilla de proa, y halando con un cabestrante que momentos antes hubiera jurado que no estaba, iban subiendo unos tubos enormes y gruesos que trasladaban con exquisito cuidado.

No lo sabía, pero estaba viendo los primeros torpedos autopropulsados con variador de profundidad.Sui tío estaba radiante, se le veía dar palmetazos al capitán del submarino, que ponía gesto adusto. La tripulación del DaybyDay, reía a grandes carcajadas.


Iban a transportar los torpedos para las tropas del general Franco, o eso creían los alemanes. Su tío, iba a venderlos al mejor postor
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La vela hay que velarla, y si no, no largarla


"No soy un fulano con la lágrima fácil, de esos que se quejan sólo por vicio.
Si la vida se deja yo le meto mano y si no aun me excita mi oficio ..............




Jamboequipoderegatas

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