Discusión: Os propongo un juego
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Predeterminado Re: Os propongo un juego

capítulo III


Mientras escuchaba a Manuel, Embat orzó unos grados a estribor, lo que atrajo la atención de Esteban, una vez en cubierta comprobó que necesitaban ceñir algo más so pena de volver dando bordos, y no es que no confiara en la tropa, pero no era el momento de asumir riesgos y con un tiempo tan cambiante prefirió ayudarse del viejo motor y ganar algunos grados en la ceñida, así, pensó, comprobaría si era de fiar.


Esteban, empujó pausadamente la maneta del gas al tercio de potencia, esperando escuchar el suave ronroneo de un motor perfectamente ajustado, en su lugar, sus oídos recibieron un bramido asmático acelerado que dio paso a un silencio sepulcral y segundos después la visión esperpéntica de un Panxut humeante se apoderó de la puerta del cuartucho de máquinas. Sus exclamaciones alocadas le recordaron las calles de La Habana.

- La tupasión...la tupasión !! – repetía sin cesar.

-En los depósitos de gasoil hay mierda de la guerra de Cuba y tanto meneíto la ha puesto en circulación cegando los filtros y la bomba, lo siento jefe.

Detrás venia Manuel, despachando ágilmente su abultada humanidad por entre todavía el nada arranchado espacio de la timonera.

- ¿ Qué hacemos, patrón, colgar el ancla más grande de la cadena más larga esperando a que clave y nos frene o..? – se calló desafiante.

-Entrar a vela, por supuesto - contestó Esteban sin dudar, -es lo mas seguro.- su mandíbula había adquirido mayor dureza y sus ojos expresaban el placer del desafío.


-A cubierta !-ordenó seco y decidido,-viramos de bordo, a ver que sabéis hacer.


El viento entraba por la amura de babor, era noble y establecido en los 15 nudos, las escotas tensas, las velas hinchadas, el agua se deslizaba por el casco saliendo limpiamente por la popa. Ligeramente escorado enfilaba la bocana con un rumbo estable como marcaba una estela lineal, la tripulación tensa y presta para la maniobra, Manuel no quitaba ojo a Esteban, pero no eran esos ojos los que le inquietaban.

Recorrieron la bocana deslizándose por el centro de la misma, las velas tersas y potentes le daban seguridad, el barco respondía a las mil maravillas



El ketch penetró en la dársena con toda su elegante majestuosidad. Esteban mandó amollar las escotas al punto del desvente, el Siete Mares reaccionó rápido perdiendo arrancada, al tiempo que Esteban buscaba un atraque que mantuviera el viento paralelo al muelle. Lo encontró en el de acogida, unos buenos 35 metros libres de embarcaciones adosadas, con el viento justo de proa y paralelo al pantalán. Cuando se supo eslora y media por delante del lugar propicio, mando abrir las botavaras de mayor y mesana a la contra y sujetas a brazo a barlovento, frenando al velero como por medio de dos grandes alas de mariposa. Cuando la vía empezó a cambiar atrás, mandó la mayor a crujía y la popa fue pivotando lentamente y acercándose al muelle, adonde prevenido, saltó ágil Embat portando un amarre de spring que hizo rápidamente firme a una bita. Presto, el grueso velero se fue cerrando al muelle llamado por el cabo de spring y empujado por la mesana mantenida contra viento, hasta que quedó inmóvil entre defensas y muelle como un sudoroso caballo oliendo su cuadra.
Manuel mientras miraba fijo a Esteban, entre asombrado e incrédulo, no era el único, todos los ojos se posaban sobre él, había ganado una tripulación.



Un par de horas después estaban todos sentados en la Taberna del Puerto, era su primer salida juntos y se debía invitar a unas rondas a la tripulación., entre ron y ron los tripulantes empezaron a contar sus historias, algunas ciertas otras no tanto, el turno le llegó a Embat, se mesó los cabellos en la evocación, confiando que el poco tinte que le quedaba en su rala cabellera aguantase y contribuyese a esa apariencia algo menor, de edad indefinida de hombre curtido.



Empapado como siempre en olor a salitre y madera y mecido por la suave evocación del ron añejo, recordó su primera vez.

Nunca jamás volvería a ser como entonces, entre otras cosas, porque él embarcó en el último buque pirata del mediterráneo.

Con apenas doce, !dios estamos hablando de 1938!, y en un carguero de madera matriculado en Malta.


Hablaba de Otto Skrienger, valiente hijo de puta! Cuando lo conoció fue tras una aparición fantasmal.

Una niebla en noche de mayo, en canal, entre Denia e Ibiza.

El buque, el carguero maltes, parecía sacado de una novela de R.L. Stenvenson, y la tripulación, sin duda salía de los peores lupanares de un Mediterráneo de entreguerras.
Eso lo sabía con certeza, estuvo presente en el enrolamiento, y su corta edad, y su avispado ingenio, a capones se aprende, le permitían entrar y salir de todos sitios con impunidad. Y sus rizos infantiles enamoraban a las lumis, soñando el hijo que podían haber tenido o que tenían y jamás veían. Duros tiempos para la infancia.


La tripulación borracha dormía abotargada, excepto en el camarote del capitán que se oían las risas de Nicola, un joven de 16 años que huyendo de la mancebía cayó, bien por aventura, bien por falsas promesas en barragana del capitán.

Él estaba solo en cubierta, aguantando el relente con un capote de lona que le venía grande por todos lados, pero que ni le quitaba el frío ni el miedo. En el barco, ahora pecio frente de la batería de Gibraltar se llamaba DaybyDay, todo crujía y hacía ruido, y corría en cubierta y cámaras aparejos desordenados, rollos de cabos, tal era el desastre de tripulación.

Apenas por popa, y dando tan sólo 45 grados, un panal declaraba la existencia de algo.


Y por allí tenía que mirar.

Y miró. Hasta que de pronto el agua empezó a hervir por popa al tiempo que se le heló la sangre. Sin duda, y a sus justos doce años, venía la muerte en ese monstruo marino, negro, brillante, inmenso, que empezaba a salir a flote.

El influjo magnético de pavor hizo todo. Se quedó quieto, mientras un calor en húmedo se apoderaba de su entrepierna. El monstruo no paraba de salir. Era gigantesco y negro, con brillos, y dos ojos vacíos, dos cuencas de ojos vacíos sin vida. Pensó que iba a morir, recordó todas las historias fantasmagóricas que le habían contado para asustarle y... que sin duda eran ciertas.


Retrocedió y cayó, no recordaba cuanto tiempo estuvo tirado sobre la cubierta, de la que tan sólo se levantó cuando el monstruo inició un lamento agudo, profundo, interminable, horrible.

Desde la cabina, el capitón salió chillando alegremente, y tras unos instantes, se encendieron los focos de popa.

Frente a ellos estaba uno de los primero U-Boats, ondeando la insignia nazi.

Y sobre su castillo, los ojos azules de su capitán, Ottro Skirenger, valiente hijo de puta, repitió un par de veces entre dientes.

Todo se tornó actividad, y los borrachos se despejaron como sólo lo hacen los piratas. Ya habían arriado la chalupa, una monstruosa chalupa de 35 pies. Al timón en ella, su tío, el capitán, - la única maldita herencia de sus padres-, que hacía alegres aspavientos al submarino.

Sobre su hombro notó la mano de Nicola, que le miraba con lo que hoy había aprendido que era lascivia, mientras jugaba con la lengua y sus labios, y se apretujaba contra mi capote. Y yo pensaba que buscaba calor.

La tripulación del submarino hablaba a gritos que parecían ladridos, - era la primera vez que oía la lengua alemana-, y se movían, frenéticos, pero sin caos. De una escotilla de proa, y halando con un cabestrante que momentos antes hubiera jurado que no estaba, iban subiendo unos tubos enormes y gruesos que trasladaban con exquisito cuidado.

No lo sabía, pero estaba viendo los primeros torpedos autopropulsados con variador de profundidad.Sui tío estaba radiante, se le veía dar palmetazos al capitán del submarino, que ponía gesto adusto. La tripulación del DaybyDay, reía a grandes carcajadas.

Iban a transportar los torpedos para las tropas del general Franco, o eso creían los alemanes. Su tío, iba a venderlos al mejor postor



Así era Embat, nunca sabías si lo que decía era verdad o una más de sus delirantes historias, lo que si era cierto, como llegaría a comprobar sobradamente Esteban, es que tenía la enorme capacidad de encandilar a todos los que sentasen a escucharle, Esteban, le miraba intrigado, se sentía atraído por aquel hombre de edad indefinida, cargado de años y de historias.


Panxut interrumpió la escena pidiendo otra botella de ron y Emabt sonreía asintiendo con la cabeza.
-Que carajo, no todos los días se atraca a vela, hacía años- remató Emabt.

-Amén- añadió Manuel escanciando una nueva ronda- pero esta es la última mañana hay que reparar ese motor, Panxut, no me falles.

La Taberna del Puerto, estaba atestada de marineros, humo, risotadas, palabras malsonantes e historias increíbles y en el centro de todo Bohemia, Bohemia y los ojos color avellana de Esteban.


Por el callejón que llevaba a la Taberna caminaba vacilante y desgarbado, envuelto en una raída chaqueta, era extremadamente delgado, como la escualida sombra que arrastraba por la pared, al llegar junto a la Taberna, se detuvo.

Acerco su cerúleo rostro al sucio cristal de la puerta y fijo sus fríos ojos en Bohemia, segundos después se retiró unos pasos apartándose de la decrepita luz de la bombilla, que vanamente se esforzaba por alumbrar el ilegible cartel de la entrada, y extrajo del bolsillo interior de la chaqueta un reloj de bolsillo. En el reverso, unas iniciales, L.B.

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La vela hay que velarla, y si no, no largarla


"No soy un fulano con la lágrima fácil, de esos que se quejan sólo por vicio.
Si la vida se deja yo le meto mano y si no aun me excita mi oficio ..............




Jamboequipoderegatas

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