Re: Comer y Vivir en un Barco del siglo XV
Unas para todos hasta quedar
Y ahora  
¡Vamos Allá!
      
El animal de al menos tres metros de largo, se lanzó hacia Hernando. Sus mandíbulas se abrieron desmesuradamente arrugando la piel de su hocico y enseñando sus fauces llenas de dientes triangulares, cada diente una daga, hileras tras hileras brillando a la luz de los fanales.
Hernando agarrado a la gúmena esperaba con extraordinaria sangre fría la acometida del jaquetón.
Cuando este, con los ojos en blanco, se abalanzó hacia él, se echó a un lado con prodigiosa agilidad, le metió en la boca el grueso cabo y trepó fuera de sus dientes, pero no de su coletazo que le dirigió cuando, con el mordisco, percibió que había fallado y que le golpeó en la espalda dejando a Hernando tullido abrazado a la gruesa madeja de esparto.
- ¡Socorro! ¡Ayudadme Camaradas!, - gritó el desgraciado mientras sacaba del cinto el cuchillo de maniobras y se lo ponía entre los dientes.
Habíamos formado una larga fila y halábamos del cabo angustiosamente, con la desesperación de estar salvando la vida aun compañero.
La mar se encrespó amenazadoramente sobre el barco que desobedecía, como suele suceder cuando se va a la capa, deslizándose hacia el seno de una enorme ola.
En mi vida olvidaré esa ola que llenó la cubierta hasta las bordas; y al hundirse su popa y alzarse su proa al oscuro cielo, todo el mísero abarrote de tripulantes del cordaje fuimos barridos hacia la popa como un torrente humano.
Caíamos de costado, de pié, de cabeza, debatiéndonos ,rodando...algunos lograron aferrarse a un cabo o un saliente, pero el peso de los cuerpos que venían detrás los obligaban a soltar su asidero.
Cuando pasó esa espantosa ola quedamos unos medio ahogados y otros aterrorizados pero al fín todos dando boqueadas arrastrándonos medio aturdidos desparramados por la cubierta.
La gúmena se había soltado y tuvimos que comenzar de nuevo la tarea de izarla abordo.
¡Hernando!
Gritábamos entre el estruendo del viento, pero en la línea iliminanada no había nadie.
¡Allí aparece ¡
Agarrado, ahora a dos cabos, había aguantado la brusquedad de la gigantesca ola con un titánico sacrificio.
A su lado se formó un remolino, que indicaba la inminente aparición de un cuerpo gigantesco.
¡Cuidado! – Gritamos entre alaridos.
Hernando giró la cabeza y vio emerger a su costado la enorme cabeza bajo la cual se abría una boca tan grande como un tonel sin fondo.
Mientras el tiburón lo atrapaba en sus mandíbulas, Hernando lo cosía a cuchillazos saliendo a oleadas la sangre de las heridas.
Una ola tapó la feroz lucha y cuando pudimos ver, Hernando continuaba asestando puñaladas mientras el escualo agitaba furiosamente el agua abriendo y cerrando las mandíbulas como si fueran una guillotina.
La mar se tiñó de rojo, Hernando le había acertado en el corazón y el jaquetón se debatía en unas pavorosas convulsiones, pero unidos en la lucha, y entre un remolino de sangre y espuma, desaparecieron, en espasmódica desesperación, hacia las profundidades los dos cuerpos ya casi sin vida.
El vendaval seguía y el barco navegaba en el seno de una larga ola sin tener la menor noción de lo que ocurría sobre el nivel del mar.
Cuando salimos del valle, las enormes olas que se erguían a nuestro alrededor nos empequeñecían y nuestra conciencia disminuía continuamente tamaño de nuestro galeón y sus escasas posibilidades ante el imponente desafío, al igual que le había ocurrido a Hernando.
" ¡ Señores ¡ ¡Aquí no hacemos nada ¡ ¡ Abajo! ", decía el contramaestre y que nos sacó del entorpecimiento que teníamos por la conmoción vivida.
Muy poco dormí aquella noche estremecido por las emociones, me acurruqué contra una curva de refuerzo de una cuaderna, mientras escuchaba el rezo del rosario de algunos marineros que, en su estancia sevillana , habían adoptado esta súplica común para sus oraciones.
"Maria, Mater Gratiae,
Mater Misericordiae,
defendenos ab inimicis
nostris et protexinos,
nunc et in hora mortis nostrae.
Amen."
La tormenta y el movimiento se fue aplacando.
Subí cuando el grumete entonaba el estribillo.
Amanecía. El cielo estaba pintado por brochazos teñidos en tonos rojos, violetas y rosas que después de la noche estremecedora, el tiempo pareció satisfecho con el sacrificio de Hernando ya que ninguna nube lo enturbiaba.
Pausadamente, desperezándose en el rojizo horizonte, el sol titilaba en la distancia con sus primeros fulgores para luego pigmentar el cielo con ese azul añil lavado por las lluvias.
Aunque había mar de fondo, el viento había amainado.
A las órdenes del capitán, sacamos un viejo cañón de los dos que las ordenanzas del Consejo de Indias nos obligaban llevar, lo montamos precariamente y rindiéndole honores a Hernando , que con su trabajo nos había salvado la vida, disparamos una salva de cinco cañonazos.
Tras una breve oración, el contramaestre bramó:
"¡Gente a las brazas ¡" " ¡A la arboladura Antonio , y dígame si ve al galeón o tierra ! "
Armamos las maltrechas velas, al cabo de un tiempo cargaron , se hincharon orgullosas, como si constituyeran el pulmón del barco, y la proa del Ntra. Sra. de las Angustias de nuevo cortaba las aguas obedeciendo a nuestros deseos.
El sol relucía sobre el horizonte de barlovento, diseñando un luminoso dorado camino. Como si la mano de los dioses nos mostrara el rumbo a seguir ya que coincidía con nuestra derrota.
¡Ah de cubierta! ¡Tierra por la amura de sotavento!
Aquello es Cuba, la Isla de los Pinos, me dijo Pablo, de ahí saltamos al cabo de San Antonio lo bordeamos y ya estamos en nuestro destino.
Al través de la isla a y navegando desde una ensenada vimos aparecer toda la Flota en perfecta formación.
Se habían refugiado en la isla de la tempestad.
La capitana soltó una estruendosa descarga de uno de sus cañones de batir de 40 libras para darnos la bienvenida, acompañada de diversos disparos de los galeones artillados de diversas armas como versos, sacres, falconetes, sacabuches, bombardetas, esmeriles, pasavolantes o culebrinas que reverberaban en la silenciosa mañana.
Nuestro galeón acompañante estaba entre ellos.
Pasamos sin incidencias el mítico cabo de San Antonio que sus farallones como fortalezas inexpugnables, rodeadas de peligrosas escolleras y bajíos habían sido la sepultura de numerosos barcos y algunos ataques piratas ya que sus intrincadas ensenadas eran espacios propicios para emboscadas navales.
Aquí vivían los llamados raqueros, que saqueaban los buques que naufragaban en la zona y que montaban faroles encendidos en animales, haciendo creer a los barcos que se podían navegar por aquellos rumbos, cuando en realidad iban hacia un naufragio seguro.
En dos días estábamos ante la estrecha entrada a la bahía de San Cristóbal de la Habana.
Primero entró la Capitana y a las cuatro vueltas de ampolleta fuimos penetrando lentamente por la ajustada abertura, que por las noches solía cerrarse con una cadena, y tras ella se abría una resplandeciente bahía de aguas profundas que llegaba hasta el caserío situado a la derecha de la entrada.
Tan enorme era la bahía que ya estaba holgadamente fondeada la Flota de la Nueva España, que nos esperaba para hacer juntos el tornaviaje, numerosos bajeles mercantes y los galeones de la Armada de Barlovento que nos escoltarían hasta el final del canal de Bahama,cerca de las Bermudas.
Pasamos delante del impresionante castillo de la Real Fuerza, situado muy adentro del embocadero, que casi no se veía hasta que te lo encontrabas y quizás por eso no sobrecogía al que costeara con malas intenciones.
Me asombraba viendo sus regulares bastiones terminados en punta y sus torres terminadas en cúpulas.
- Mira esa cúpula de la derecha, me dijo Pablo, ¿Qué ves arriba?
- Una especie de estatua… ¡Si es la giraldilla de la catedral de Sevilla!
Es parecida, dicen que representa a la mujer del Capitán General que diariamente lo esperaba al pié de ese lugar oteando al horizonte en busca del barco de su esposo que nunca llegó… la de Sevilla sostiene una palma y la de aquí, la cruz de Calatrava.
Fuimos desfilando delante de otras construcciones militares casi todas en obras hasta llegar al surgidero que marcaban los botes de la Capitana.
Dimos fondeo en 24 brazas, Pablo me enseñó que demorábamos a la torre del campanario blanco cinco grados, pero aunque teníamos cien brazas de cable fuera, empezamos a garrear empujados por el viento del norte.
"¡Llamada a la tripulación ¡ ¡Falcas fuera! ¡Arriad el bote ¡ ¡Preparad el fondeo por popa!
En ese preciso momento se escuchó un fuerte ruido y luego sonó una estruendosa detonación cuya onda explosiva me tiró al suelo.
"¡Por el escapulario de los clavos de Cristo! Gritó el contramaestre.
Bibliografía:
Eduardo Hernández Arteaga – Historia de la ciudad de La Habana
Ramiro Guerra y Sánchez - Historia elemental de Cuba
Francisco Echevarría Saumell - La navegación en el devenir cubano del siglo XVI
P.Emilio Pérez-Mallaina Bueno – El hombre frente al mar
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