Re: El Cabo de Hornos, la libretita negra y yo(I y II)
Ushuaia-Puerto Williams. 6 de Enero

La navegación transcurre en calma mientras dejamos Ushuaia por nuestra popa y nos vamos acercando al Faro des Eclaireux, que aquí llaman el faro del Fin de Mundo.
Es un faro chiquitito rojo y blanco y a su lado dos islotes acogen colonias de lobos marinos que se amontonan tumbados al sol. Los dejamos a estribor sin acercarnos porque el capitán dice que tendremos otra oportunidad ya que pasaremos de nuevo por aquí a nuestra vuelta del Cabo de Hornos camino de los glaciares o ventisqueros chilenos.
Dos barcazas llenas de turistas están frente a los islotes, haciendo fotos y de nuevo recuerdo mi paso por este Canal y la excursión al Faro y las loberas de hace dos años y cómo entonces me quedaba mirando a los pocos barcos de vela que pasaban ,sabiendo que iniciaban su ruta hacia la Isla Maldita.En aquel viaje, que tanto significó para mí, el Canal Beagle se me hacía pequeño y se me iban los ojos y el corazón detrás de aquellos barcos.
Ahora, dejando por la popa el pequeño faro, sé que es cierto, que cada milla que el velero avanza es una milla menos que me separa de mi sueño y que el Cabo de Hornos estará ahí, materializándose poco a poco mientras surcamos las heladas aguas. Las millas que nos separan de Puerto Williams, las que nos separan de la Isla Maldita, no me parecen muchas. Sé que la navegación puede resultar dura pero no me preocupa. Es como si todas las emociones que llevo dentro me estuviesen dando una especie de rara seguridad. No tengo frío que es una de las cosas que me pueden debilitar,estoy absolutamente decidida a disfrutar de cada instante y he deseado tanto este momento que eso me hace sentirme fuerte por dentro y por fuera.

Todavía no me lo creo…Miro a hurtadillas a mis compañeros desde la proa, dónde en solitario, escribo. La popa del Mago del Sur tiene dos bancos elevados, uno a babor y otro a estribor de la gigantesca caña de acero.

Cuatro de ellos van sentados y el capitán a la caña tiene la mirada en un punto fijo. Otros dos van situados a ambos lados de la puerta que lleva un letrerito pintado:" Por favor, dejen la puerta libre". La mujer del capitán va en el salón, luego falta una persona: Cristina. Será casi imposible que estemos todos al mismo tiempo fuera en cubierta pero hoy el día está soleado, todos estamos ansiosos por mirar a nuestro alrededor y el mar está en calma. 10 personas conviviendo once días en un barco de 16 metros de eslora; diez desconocidos interactuando , soñando, viviendo, respirando, pegados unos a otros con sus costumbres, sus pulsos, sus manías, sus ilusiones y sus sueños, sus conocimientos, su carácter, su vida fuera de este entorno…
¿Todo un desafío? Y a eso, añadido, el mar, el medio unas veces amable y otras hostil, la naturaleza que explota de belleza a cada milla , el viento, el frío y lo que he intuido nada más desatracar en Ushuaia: Si existe la “química” , el capitán de este barco no será el transmisor idóneo de esa corriente del alma… Creo honestamente que nunca ha llevado el barco así, al completo, y que eso le tensiona y mucho. Me pregunto si conseguiremos el equilibrio suficiente para ser una tripulación de…pasajeros. ¿tripulación de pasajeros?
Suena rarísimo pero no puedo obviar que aquí somos todos pasajeros independientemente de los conocimientos que tengamos del medio y tengo la percepción de que el nos considera tripulantes de ningún nivel jajaja por el modo en el que se ha empezado a dirigir a nosotros y por el modo en el que nos trata. Viéndole a la caña, no tengo la más remota duda de que es un navegante expertísimo, curtido en los hielos antárticos y que su barco y él actúan en perfecta simbiosis pero lo que también es cierto es que la “química” la tiene con su barco y nosotros, abierta y claramente, le sobramos.
Vuelvo a la popa y pregunto por Cristina sabiendo que está descansando , pero se encuentra bien. Vuelvo a mirar a mis compañeros, absortos unos ante el paisaje, otros disparando fotos, dos más tertuliando y siento que todos ellos están aquí porque han perseguido un sueño. Eso me hace sonreír por dentro y el desafío de la relación que tendremos entre nosotros durante estos once días que empiezan hoy se me antoja más leve. Hay un lazo invisible entre nosotros , una complicidad que aún no se ha manifestado pero se intuye…Todo irá bien…

Me dejo acariciar por el poco viento, frío, y observo el horizonte. En unos días, aparecerá ante mis ojos el perfil de la Isla Maldita …Me envuelve una enorme sensación de soledad en un barco lleno de gente porque de algún modo siento que me faltan los míos, los que amo, todos los que llevo hoy en la mochila del corazón y que de un modo u otro han compartido y compartirán mi sueño. Aparecen los delfines...un buen presagio...


La llegada a Puerto Williams es bellísima.


Atracamos abarloados a un enorme velero clásico de madera que a su vez está abarloado al Micalvi, un viejo barco de carga, de acero, atrapado para siempre entre las rocas y que se mantiene parcialmente a flote. De él nace un pequeño puente de madera que es el acceso a la isla. Nos quedamos os a su babor ya que tiene su proa mirando al mar y a su estribor, cinco o seis veleros de distintas esloras se abarloan unos a otros. El Micalvi es algo así como un Club Náutico flotante con un pequeño bar con una chimenea ,plagado de gallardetes, banderas, fotos, firmas, de tantos y tantos navegantes que como hoy nosotros, han pasado por aquí. Hay una pequeña ducha y un baño en uno de los costados del barco que permanecen siempre abiertas y el “club”, no abre sus puertas hasta las 9 de la noche.


No podemos bajar a tierra hasta que se presenten en el barco los “Polins” como llaman aquí a la policía internacionalque son los que se encargarán de autorizarnos la entrada en el país: Chile.
Una vez pasados los trámites, cenamos y salto a tierra. Queremos llegar hasta la zona más habitada del lugar e iniciamos Loes y yo una marcha suave para desentumecer las piernas por la carreterita que nace al otro lado del puente cuando una viejísima furgoneta de color granate se nos acerca y para. Dos militares muy jóvenes nos invitan a subir y nos dicen que nos acercan al pueblito. Una patrullera abarloada a otra, idéntica, está fondeada a la entrada de la pequeña bahía y se divisa según vamos ascendiendo hacia la zona sembrada de pequeñas casitas de madera.
Son casi las diez de la noche pero el cielo está azul y la luz del crepúsculo lo invade todo.

Es desconcertante ver cómo transcurre un día que oscurece a las 12 de la noche y amanece a las 4 de la mañana. Veinte horas de luz que le dan a la jornada una longitud extraña.
Los militares nos llevan hasta un pequeño barrio de casas diseminadas dónde nos dicen que vive la última india Yamaná de la isla Navarino y nos señalan su casa. Inician de nuevo la ruta ascendiendo por la pequeña carretera , relatando que aquello son casas de los oficiales de la base naval, que aquello otro es la pequeña escuela, que lo de más al fondo es el cementerio.
Tras el paseíto en la furgoneta, se despiden de nosotras con un apretón de manos y deseándonos la mejor de las suertes, los dos chavales. Han sido unos guías inesperados pero encantadores .
De vuelta al Micalvi ya está abierto y lleno hasta los topes de los navegantes de los veleros abarloados. El bar es muy colorista. Está lleno de gallardetes, fotos, mapas, banderas, gorras garabateadas por sus dueños y el ambiente es distendido y amable. La chimenea caldea el ambiente y le da un tono de refugio de montaña, ahí, en mitad del mar.Nos hacen un huequito cerca del fuego y me siento junto a Michel, un navegante francés que patronea un barco con una tripulación de cinco estudiantes que se dirigen a la Antártida. A su lado, una pareja de americanos que vuelven de los hielos. El gallardete de la Taberna del Puerto luce espléndido desde el año pasado colocado por otro cofrade, Aldebarán, y lo firmamos todos. Encuentro un pequeño rincón libre , entrando en el bar a la izquierda y al lado de un mapa viejo, coloco un encargo que me han hecho y firmo y dejo una gorra con el nombre de mi barco, el Tortuga, dónde firman también mis compañeros. Queremos dejar huella de nuestro paso. Tal vez volvamos algún día, tal vez lleguen a este recóndito lugar algunos de los nuestros…


Al salir del Micalvi el viento ha aumentado de intensidad y entra a rachas fortísimas y heladas en el muelle. Me preguinto si será un anticipo de lo que nos espera mañana de camino a Puerto Toro. La temperatura, gélida y las rachas de viento hacen culebrillas de plata bajo la luna en la superficie líquida.
-Estoy lejos, muy lejos, pienso. Lejos de casa, lejos de todo y todos, en un lugar remoto a cinco días de navegación de la Antártida.
Al meterme en el saco, cálido y mullido, siento una especie de punzada en el estómago mientras el viento ruge fuera. Sonrío, a solas, pensando que lo que estoy escribiendo a la luz de la pequeña lamparita de la litera no es ni un cuaderno de bitácora, ni un relato de un viaje. Es, definitivamente, solo una proyección de emociones e instantes… Todo va bien… todo irá bien…
(Continuaré y termino en el siguiente.
Gracias a todos por dejarme compartirlo.) 
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