Cuando compramos el barco, los pantalanes de la Graña no tenían fingers; los barcos amarraban a un muerto por la popa. Creo que todo el mundo sabe que amarrar de esa manera en una zona donde hay grandes mareas tiene su aquel y si además la zona está desabrigada del viento, la cosa se complica más.
En nuestro caso cuando la marea estaba alta, costaba bastante acercar el barco al pantalán, cuando había mareas vivas era casi imposible hacerlo solo. La maniobra para bajar del barco estaba clara, uno tira del cabo de proa rápido y fuerte, cuando el barco va avante, el segundo tripulante salta al pantalán y aguanta el barco lo suficiente para que el otro baje, es seguro que la embarcación retrocederá de un momento al otro.
Yo soy el último en saltar. Cuando el primer pié toca madera, me doy cuenta de que la mejor defensa que tengo, se quedó en cubierta en lugar de colgar por la borda. En décimas de segundo pienso en sujetar el barco y volver a subir, al tiempo que mi armador suelta el barco nada más piso el pantalán.
Mientras el barco retrocede, yo me veo colgado del púlpito de proa, del que no me soltaría jamás. Pero poco a poco primero los pies luego la cintura, el agua casi me llegaba al pecho, me ayudaron a subir porque solo no podía y a pesar de estar en diciembre, como un gilipoyas lo primero que hice fue mirar a mí alrededor para cerciorarme de que me había visto un montón de gente.
Desde aquel día, en el barco y pantalán con pies de gato.
Da igual que se rían, hoy también me río yo.
Son pequeñas cosas como esta las que te enseñan a estar abordo.
