Imaginad esta situación (no es real, pero podría darse el caso, tanto en un sentido como a la inversa):
Él es un hombre encantador, maravilloso, con un velero precioso...y te enamoras.
Tú eres una mujer madura, responsable, también maravillosa...con velero precioso, y te enamoras.
Pasados unos meses, la relación se afianza, y surge la pregunta:
"En tu barco o en el mío? 
" y la lógica se impone, y como su barco es más grande, pues os juntáis en
SU BARCO.
Pasa el tiempo, ya vivís juntos, tu barco apenas lo tocas porque es mucho más pequeño, y porque "tienes" otro barco, así que, un buen día, lo vendes con toooodo el dolor de tu corazón, y tu pareja, tan comprensivo y cariñoso él, te dice: no sufras, AMOR, que con un barco,
"nuestro barco", tenemos más que suficiente para navegar, disfrutar, viajar, ser felices...y comer pescaditos (porque en el mar, como que no pega eso de comer perdices).
Ya lleváis 4 años de amor platónico y náutico, sólo de miraros a los ojos tras una copa de vino en cubierta, se os llenan de lágrimas...qué felices sois, la pareja perfecta, la envidia del pantalán, los amantes marineros más cómplices del mundo. Echas de menos tu barquito

, pero sólo a veces, ya que con la "faena" que te da
"su barco" apenas tienes tiempo para recordar...
Y un buen día, mirándote a los ojos, nuevamente con lágrimas en ellos, tu maravilloso marinero te dice: "lo siento, he perdido la ilusión, no puedo continuar con la relación"....
Entonces, como has sido tan "práctica" al vender tu barquito,

te quedas sin ná de ná.
Conclusión: NO VENDERÍA MI BARCO por ná del mundo,





