Re: Rincón literario
El océano, los animales y el hombre, 1971
Eran las dos de la madrugada. Sobre el techo del puente, me subí para escapar por un rato de esa pasión del juego que se concentra en una tripulación, y la amplitud de la noche me retuvo. Me quedé ahí, bien calada al pie del gonio, unida al estremecimiento suave de la nave. El tiempo carecía ya de medida, las miradas podían perderse en la negra transparencia. Estábamos en camino.
La mar inmensa y fría; liberada de un cielo de tormenta que durante largo rato había ennegrecido el horizonte, salía de ese espesor bajo y pesado. Se desplegaba hasta donde alcanzaba la vista hinchando unas curvas que parecían alas y volvían a caer sobre la espesura de las sombras. Se hinchaba como un pájaro que va a emprender el vuelo, pero su fuerza no podía despegarse de sí misma y cada golpe del oleaje profundo y vibrante perecía por su propio impulso: las cumbres se escurrían bajo nustras formas.
El aire era como un cristal helado.
En la oscuridad, el corazón del barco latía con golpes rápidos, sobrealimentados. En él, en el propio motor, yo sabía que hacía calor. El deseo de este calor obsesionaba mis sentidos, la embriaguez del frío quebraba mis fuerzas, y las luces del mastil trazaban arcos en las estrellas.
¿En qué parte de la tierra nos encontrábamos?
Anita Conti.
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