

doble para los seguidores de estas aventuras.




Hacía días que las islas habían desaparecido por el horizonte y navegábamos lentamente en orden de combate, ya esta zona era la más peligrosa de todo el viaje redondo con respecto al ataque de piratas y corsarios, con la formación que habíamos adoptado antes de llegar a Terceira pero ahora la Almiranta y la Gobernadora cerrando la Flota y los costados protegidos por los galeones ligeros.
El viento ahora con collada del nornoroeste era estable en intensidad por lo que arrumbábamos muy juntos debiendo ser impresionante vernos navegar en la distancia.
La rutina de los tempranos trabajos diarios hizo que nuestro barco enseguida estuviese a son de mar y los espacios de tiempo muerto se fuesen prolongando.
De nuevo la mar se hizo paisaje en todos los puntos cardinales. Esa mar que había penetrado en los entresijos de mi alma y que me acompañaría por el resto de mis días. Esa mar que iba acariciando el casco y que la roda, campanada tras campanada, fuese suavemente subiendo y bajando, danzarinamente cantando, acompañando a mis pensamientos...
Como un batallón cientos de ganchudas aletas negras de un inmenso bando de calderones se acercan quedamente a nosotros rodeándonos, asomando sus cabezas como si estuvieran observando a los extraños y enormes compañeros que no se sumergían.
Sus resoplidos llenaron el ambiente y se pusieron confiadamente a juguetear junto a nosotros. Con sus pieles tan oscuras y brillantes, sus protuberantes cabezas, su nadar majestuoso y sus extraños silbidos nos envolvieron hasta el anochecer.
- ¡Son ballenas piloto! ¡Las hay a cientos! ¡Eso significa buena suerte! - Decía Pablo, que se acodó junto a mí mientras Llamita, que se encontraba por detrás, saludaba inocentemente con la mano a una madre que estaba amamantando a su cría mientras los que la rodeaban golpeaban el agua con la aleta caudal.
- Se nota que ya estamos llegando al Promontorium Sacrum del dios Saturno, decía pensativo Pablo.
- El Promontorio Sacro romano del fin del mundo o sea el Cabo de San Vicente, dijo Llamita metiendo la cabeza entre nosotros, como si hubiese descifrado un acertijo.
Así es contestó. Bueno ¿estáis dispuestos para clase de hoy?
Había convenido con Pablo que continuase de una forma más reglada con sus clases de las artes de la mar que desde el inicio me estaba enseñando ya que estaba dispuesto a pasar, como él, por la Universidad de Mareantes de Sevilla y todos los días libres de guardia, nos poníamos en la mesa y en el banco de la paciencia que el maestre nos había autorizado a colocar para estos menesteres a pesar de estos elementos solo se instalaban en el puerto.
El calafate/carpintero Mateo con su habitual alegría también se había unido ya que había mostrado mucho interés y sabía leer y escribir.
La tripulación nos miraba y a veces se quedaban escuchando, pero entre ellos llamaban a nuestra reunión la "escuela de los chanflas".
- Ya veis, decía Pablo señalando al papahígo,
se aumenta la superficie con fajas nombradas bonetas que se cosen a la relinga inferior por medio de bazadas, pasándolas por los ollaos abiertos en una y otra lona y señalados de diez en diez con una letra para no dudar en la correspondencia.
- ¿Cuáles son esas letras Mateo?
- A.M.G.P.
- ¿Y como las recuerdas?
- Ave María Gratia Plena
- A ver Alonso, dijo señalando el penol de babor de la verga, empieza a nombrar detalles desde afuera para adentro.
- Penol, zuncho de penol y por arriba de este se engrilleta el amantillo, por abajo va un motón con el cabo palanquín.
- ¿Y para qué sirve el palanquín Llamita?
- Sirven para llevar el puño de escota de la vela hasta el penol de la verga y con una risita añadió: y en Sevilla se le dice al ganapán.
- Sigue Alonso.
- Por la parte de arriba sigue las vueltas de afuera de la empuñidura y rodeando a la verga y sujetando el garrucho del puño van las vueltas de contra de la empuñidura donde nace el nervio de envergue…
La mitad de la ociosa tripulación iban siguiendo su descripción mirando a la verga y con las bocas abiertas iban asintiendo con la cabeza; una escena que por alguien ajeno podía parecer cómica pero que, sobre todo al contramaestre, les resultaba provechosa.
Otra cosa eran las clases de navegación y astronomía donde se quedaban solos porque para el resto eran unas preguntas incongruentes:
- Ya sabéis, decía Pablo, que la altura del polo se saca de la observación de la Polar y de esta estrella se sabe que dista del polo verdadero 3º 20’.
Para corregir su altura se debe estimar el ángulo que dicha estrella esté arriba o abajo del polo, lo que se hace situando las guardas alineadas con ella. Esto ya lo habéis practicado con el báculo astronómico. Pero decidme alternativamente
- ¿a cuanto estarían del polo? Empieza Alonso.
- En el Leste
- 2º 0’ abajo.
- Ahora Mateo.
- En el Norueste
- 0º 36’ abajo.
- Vamos de nuevo, Alonso: En el Pié - 2º 48’ arriba.
- En el Sudueste - 3º 20’ arriba…
Un disparo de falconete de la Capitana anunció que una delgada línea amarillenta iba apareciendo por nuestra amura de sotavento.
- ¡Los farallones del cabo! – era la voz del marinero Lucas, que llevaba la cabeza cubierta, no con el bonete rojo distintivo del mareante, sino con un coleto de ante que representaba que estaba formado además en artillería.
La campana sonó llamando a reunión general en cubierta y el Maestre nos dijo:
"Hemos divisado las tierras de la península, digamos todos un credo para dar las gracias a nuestro Señor Jesucristo el buen viaje que nos ha dado y así como una Salve a la Patrona de este galeón y unas letanías a honra y honor de los bienaventurados Apóstoles."
- Amén, respondimos y empezamos a rezar.
Las Flota se fue dispersando porque el viento fue aumentando su intensidad y comenzó a rolar a poniente.
El capitán gritó:
- ¡Cambie el rumbo tres cuartas a babor!
El contramaestre abocinó la voz
- ¡Gente a las brazas!
- Rumbo sur cuarta al surleste respondieron desde el pinzote.
Los marineros estaban braceando y desde el codaste ascendía el rumor del timón trabajando. La tensión de las velas disminuyó al entrar ahora el viento por la aleta.
Nos alcanzó la noche cuando estábamos casi al través del cabo de San Vicente pero como lo habíamos montado con desahogo navegaríamos al "punto donde la equinoccial se corta con el horizonte", como decía Pablo, durante toda la noche para alcanzar la punta de Sagres al amanecer.
Los tres "chanflas" nos tumbábamos para dormir, y la tripulación lo respetaba, junto a la mesa de la paciencia y cuando dejé mi guardia de media, Pablo entraba en la de alba por lo que me encontré a Mateo tumbado boca arriba durmiendo desarropado. Aunque llevaba puesto un capuz con esclavina corta y capucha hacía un húmedo y penetrante frío. Era como un ángel.
Le eché por encima un tabardo y encima le coloqué el trozo de lona que usaba para abrigarse. Cuando le estaba poniendo el embozo abrió los ojos, se sonrió levente y me susurró: Te amo, se dio media vuelta y continuó durmiendo.
La ponientada arreció al amanecer.
- ¡Llamita! Gritó el contramaestre mirándolo preocupado.
- ¡La bomba de babor no funciona!
Mateo desmontó la caja y siguió hasta la sentina el conducto volviendo a cubierta con una frasca en la mano diagnosticando:
- El arca de la sentina esta embozada. Hay que trabajar un buen rato en la sentina. La linterna con la vela se me ha apagado luego hay aire corrupto que me podía matar. Hay que preparar la mezcla para quitar el daño.
En esta frasca están ya mis orines pues abajo ya me dí cuenta del problema.
Prepararon un barril donde Mateo mezcló vinagre y agua fría. Ahora faltaba la orina por lo que todos pasamos subiéndonos en un banco por su boca, tratando de miccionar lo más posible ante Mateo, que controlaba la mezcla.
Cuando llegó mi turno, totalmente azorado no me salió ni gota por lo que me dijo sonriendo pícaramente, no te preocupes ya veo que tengo suficiente…
Se vació por el conducto de la otra bomba el líquido a la sentina y Mateo, armado con un cajón de herramientas, bajó para efectuar su trabajo.
Habían transcurrido dos vueltas de ampolleta y no aparecía. Muy preocupado bajé a la sobrequilla y me asomé al hueco que había dejado la pana imbornalera que Mateo había quitado para introducirse en la sentina.
- ¡Mateooo! , grité.
Sólo me contestó un coro de crujidos y gemidos tapados con el estruendo del agua al estrellarse contra las maderas macizas del galeón.
* La bibliografía ya está reseñada en capítulos anteriores
Saludos

Andrés