Erase una vez una pequeña isla muy lejana a la que las órdenes del Rey de la Metrópoli llegaban con dificultad. Los comerciantes hacía mucho tiempo que soportaban gran indignación porque las tasas que el Rey imponía a los barcos que fondeaban en la rada les parecían arbitrarias y abusivas.
Héte aquí un día en que el Gobernador, harto de las quejas de los comerciantes que hacían cola frente a su palacio y, estando en el fondo de acuerdo con sus reivindicaciones, decidió desobedecer las órdenes insaciables de la Hacienda Real y, rebelándose, declaró el fondeo libre de cargas en la rada. Hubo gran fiesta durante unos días, y los comerciantes iniciaron una suscripción para erigir una estatua en honor de tan buen Gobernador.
Al cabo de un año, la cola frente al despacho del Gobernador volvía a tener la misma longitud que antes. El problema era que, siendo el fondeo gratuito, todos los comerciantes de las islas vecinas dejaban sus buques ociosos en la rada en espera de mejores fletes o de tener capital para reparar. Varios de estos buques, en franco estado de abandono, se habían hundido en el fondeadero, haciendo peligrosa la navegación en algunos lugares. Además, el agua corrompida por los restos putrefactos de esos barcos había empezado a oler mal.
Acuciado por las reclamaciones, el Gobernador decidió que sólo se permitiría el fondeo en la rada a aquellos buques que tuviesen en regla una serie de documentos que aseguraban el buen estado de los mismos y la competencia de sus capitanes.
La cola de reclamantes no se resintió en su longitud. Al año, las quejas se dirigían a la ineptitud de los funcionarios que controlaban las documentaciones, a la corrupción de quienes expedían las patentes de capitanía y a la absurdidad de algunas de las extrañas máquinas que se les obligaba a instalar a bordo.
El gobernador pensó entonces que el problema era causado por la masificación, y decidió expedir un número limitado de permisos para utilizar la rada, que serían sorteados entre los solicitantes. Casi toda la población de la isla presentó su solicitud. Aún sin tener barco, pero alegando que pronto lo tendrían.
La cola del año siguiente la formaban sobre todo quienes se quejaban de la existencia de un mercado negro de permisos de fondeo cuyos precios duplicaban largamente la antigua tasa real. Además, estando la Gobernación escasa de fondos, la rada se había degradado muchísimo y no reunía ya las mínimas condiciones de salubridad. La reputación del gobernador había caído por los suelos y se rumoreaba que él era el gran beneficiario de la ausencia de fondos y de la venta ilegal de los permisos. Alguien pintó su estatua de rosa y escribió en el pedestal "Viva el Rey".
Seis meses después, la escuadra real hundió a cañonazos todo cuanto flotaba en la rada para abrirse paso hasta el embarcadero. Los trozos de desembarco tomaron el palacio del Gobernador al asalto y arrojaron a este al fondo de la mazmorra más húmeda de la isla.
El Almirante del Rey, contemplando la humeante rada, de la que sobresalían algunos restos de naves destrozadas, comentó: "hermosa rada puede ser esta; limpiándola un poco de restos y obstáculos se podría obtener una buena tasa de fondeo por ella".
Cuando el pueblo soberano supo que era intención del Rey adecentar la rada y cobrar impuestos por el fondeo, aplaudieron encantados la decisión.
Frente al despacho del Almirante comenzó a formarse una cola de comerciantes poco después de que el humo de los incendios se hubiese disipado sobre la rada.
