Pues yo, no sé como me las arreglo, pero cuando llega la hora de amarrar ya no están. O se han ido a comer o a cenar, y si no, a merendar. Así que espabilo o que Dios me ampare.
PEro también es cierto que, cuando están, acuden solícitos a echarme una mano.

Lo cual es de agradecer en cuanto estás solo ante toda la maniobra.