Desde niña me fascinaban los veleros que observaba desde la costa por su belleza y su comunión con el medio y me pregunta si algún día podría yo deslizarme como ellos. El bicho ya me había inoculado su veneno, aunque yo aún no lo sabía. En mi casa sólo había un bote de remos al que mi padre, años después, le puso un motorcito pero, como los ruidos me molestan sobremanera, yo seguía yendo a remo, sola, a explorar las calas y bucear. A veces volvía rodeada de un enjambre de voluntarios para remolcarme, a mi boga, porque creían que no funcionaba el motor, claro que yo entonces era linda y hechicera, como dice la canción, ahora me dejarían deslomarme: ¡Cobardes!
Ya muy crecidita, me prestaron un vela ligera solitario minúsculo nuevo porque su dueño le tenía mucho miedo y no salía. Habiendo observado que los navegantes variaban la dirección empujando la caña y orientando la vela y siendo de la opinión de que a andar se aprende andando, le puse un tapón de corcho al desagüe de la bañera, porque el original no existía y me fui a probar. La 1ª vez que intenté virar aquello empezó a dar vueltas en redondo sin solución de continuidad, hasta que lo soltaba todo, se paraba y volvía a empezar. Cuando intentaba trasluchar, la volcada era segura. Para entrar en la playa me tiré al agua y remolqué el barco a nado. Al día siguiente me compré un libro: "Cómo navegar a vela". Me lo leí con fruición. También enseñaba a virar y trasluchar con un taburete, una escoba y una cuerda: Practiqué en la terraza de mi casa hasta que me salió con fluidez y volví a la carga. Cuando bajé a la playa con todos los trastos de matar encima, la espectación se mascaba, pero...¡Había aprendido a virar! No así la trasluchada, que seguía volcando, hasta que una amiga me la explicó y también me salió. A punto estuve de escribir al autor del libro para decirle cuál era el detalle fundamental que había omitido en la trasluchada para no volcar.
Después del verano, como yo ya había convencido al almirante de que probara y también le picó el bicho a él, nos compramos un 470 y nos apuntamos a una escuela de vela para aprender. Después tuvimos otro vela ligera y después dos cruceros, luego un largo paréntesis estéril y deprimente, pero que se va a cerrar ya, por fin.
Así que yo: "¡Viva er trapo manque m'estrelle!"
