Originalmente publicado por berrincha
UN MAR DE SENSACIONES
- anochecer en el mar-
Realmente no es mucho tiempo. Cuestión de minutos.El periodo de transición de la navegación diurna a la nocturna es corto.Pero emocionante. Al principio cuando el sol se prepara para ocultarse, el aviso de cualquier tripulante, predispone a la mayoría a disfrutar de un momento mágico. Con su irrepetible gama de colores. El silencio se adueña del momento. Estamos despidiendo al astro de la vida.
Cumplido el rito, todos se acuerdan que empieza a hacer frío. Que hay que prepararse para la noche. Se busca la ropa de abrigo.Los arneses de seguridad. Los gorros, los guantes. Hay que protegerse de la humedad, especialmente intensa en la superficie del mar. Si permites que se te meta en el cuerpo, no hay manera de sacártela hasta el día siguiente, cuando el sol sale de nuevo. Hay que cenar y dejar preparados caldos calientes y café e infusiones para combatir el frío. En esos momentos las sopas instantáneas adquieren la categoría de manjares de alta cocina. Cosas para picar, algún bocadillo y dulces completan el menú. Se ordena la cubierta y el interior del barco. Ponemos a mano las linternas. Hechamos un vistazo al velamen y en caso de duda, se reduce un poco. Se comprueba que el rumbo es el correcto y anotamos nuevamente nuestra posición en la carta y en el Diario de Navegación.
Hay que preparar los turnos de guardia y timón. Si el tiempo es bueno, no suele haber problemas. Todos quieren jugar a localizar la ESTRELLA POLAR, referencia del rumbo Norte y hermana en las antípodas de la CRUZ DEL SUR. Identificar las ocho estrellas principales de ORION, situada en el ecuador celeste. Y la OSA MAYOR. Y SIRIO. Y ese grupo de estrellas en firma de W invertida que conocemos como CASSIOPEA y que en Oriente Medio ven como la silueta del dromedario. Son como flores nocturnas. Como la "Reina de la Noche" (Selenicereus grandiflorus) que solo florece a la luz de la luna. Claro que, si el cielo está cubierto, la mar movida y se prevee que el viento aumente, los tripulantes fruncen el ceño y disimulan cuando "el capi" pide voluntarios para los turnos de timón.
Organizado todo y ya instalados en la creciente penumbra, nuestro barco se dispone a continuar su marcha. En ocasiones cuando estamos ensimismados con el manto estelar, aceptando la persistente compañía del reflejo de la luna en la superficie, de repente, oímos un fuerte resoplido junto al casco que, entre sorpresa y temor, nos devuelve a la realidad. Y luego otro. Y otro más. Son nuestros amigos los delfines que vienen a saludar. A montarse y a cruzarse en la ola que hace la proa del barco y organizar con su impresionante velocidad, el plancton marino y las burbujas de aire, un fuego cruzado y fosforescente que nos transporta a las fiestas de los pueblos mediterráneos. Y tal como vinieron, sin avisar, desaparecen en las profundidades, dejándonos el aviso de que bajo nuestros pies, hay todo un mundo vivo que debemos respetar. Y que ahora estamos en su casa.
Transcurridas las horas, desde el timón percibimos en el horizonte, un leve cambio cromático que nos hace cambiar el gesto. Ahí está. El viejo rey anuncia su llegada. El brillo se adueña de la superficie. Comienza a templarse el corazón de los argonautas. Es el regalo de un nuevo día. Entonces caemos en la cuenta que desde lo mas profundo de nuestro velero nos llega un acompasado, sonoro, silbante y familiar ronquido, que nos saca del embelesamiento. ¡Claro que, este desastre, no lo sufre el navegante solitario!
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