He dudado, pero al final me desahogo con un poquito de pena: Hace tiempo que abandoné toda idea de compartir la cosa esta con el par de cabestros (cabestro/a) que Dios me dió, y de los que, dicho sea de paso, no tengo tantas quejas
Creo que la cosa es recíproca. A sus diceciocho años, al cabestro nº 1, que se habrá acostado de día, no le sacas de la cama para aprovechar la marea ni con desmontables, y eso que me refiero al salto piltra-litera a mesa puesta y sin solución de continuidad, porque si en una hora tonta se me ocurriese pedirle ayuda para arranchar, brico-barquear o pasar el mocho, las carcajadas se oirían en el Artico. La cabestra nº 2 sencillamente se aburreeee, se aburreeee, y es capaz de aburrir ella sóla a una boda entera. No obstante, me ha pedido autorización para sacarse el PER, no se si muy convencida y desde entonces a veces se me pone la sonrisa boba.
La vela, tal como yo la entiendo, o como las circunstancias me han echo entenderla requiere ser mínimamente sufridito (y no hablo ahora de aguantar a la Administración, que para eso hay que ser Lama tibetano), y eso es algo muy poco compatible con determinadas edades, con una visión del mundo sobre las que unas cuantas quintas podríamos entonar el mea culpa, - aunque estý hasta los c...nes de tanto "mea culpa" - y, que demonio, con un momento en el que los chavales están además mirado para otro lado.
En fin, de momento y salvo alguna dominguerada de unas horas, a bordo sólo la Marta y un servidor y en su caso los amigos, los nenes se quedan en los madriles y todos contentos.
Como el cuento de Caperucita es nuevo cada siete años, supongo que mis padres podrían haber escrito de mí algo parecido, y se que volveremos a encontrarnos a bordo.
Ronda doble por el tango que acabo de soltar
