Todos los solitarios hemos pasado por situaciones como las que cuenta Kendwa e también peores (desastrosas quiero decir), pero normalmente no lo contamos. Yo, sinceramente, considero mucho más difícil los desatraques cuando sopla mucho viento de costado que afrontar los veintitantos o los treintaypocos en medio de la mar.
A sus estupendos relatos le falta algo o el raro soy yo: "el agua". No, no quiero decir el agua del mar, si no la botella de agua. Desde el principio, al menos a mi,- y debe ser la adrenalina que se pone a mil-, cuando he terminado el desatraque en situaciones complicadas, he sorteado los muertos vecinos, he pasado a cm de la flamante pintura de los colindantes, y ya enfilo la bocana, me entra una sed descomunal. Vamos, que desde la segunda salida, como una rutina más, ya preparo junto a la rueda una botellita de agua.
¿Os pasa a vosotros igual?.
Por los buenos desatracadores

