Era clara noche de luna llena y allí en la terraza del camarote el mar ofrecia sus encantos. Habían estado bebiendo hasta ponerse contentos..., bastante contentos. Él era un tipo alto como de dos metros, ella menudita como de 1.40. Jugueteraron un rato hasta el recalentamiento y él se puso a empujar... pero no daba con el lugar, así que la subió y sento sobre la barandilla de la terraza, ¡ahí si!. Ella abrazó su cabeza y la acercá a sus senos, luego cruzó sus piernas por la espalda de él para sujetarse abriendose en flor. Él penetro en el recinto sagrado y poderosamente inició el ñigo-ñago. ¡Se alborotaron, se desconcentraron!, ella solto un gemido de placer y se echó para atrás, el la siguió para no perder pistonada y...., ¡coño, que se fueron pa abajo!.
Son cosas que suelen pasar. El baño les sirvió para relajarse un tanto. Luego, reintegrados al crucero, los pillaron hacien guarrindonguerias por los pasillos. Es un tanto más escandaloso pero más seguro.
