02/07/2009 –
¡Habemus Perkins!
Me despierto a eso de las 07:30 y desayuno rápidamente. A las 08:10 llamo a puerto para saber a que hora me vienen a remolcar. Me responden que en unos minutos y, efectivamente, a las 08:15 aparecen. Diez minutos más tarde estoy amarrado en la dársena del travelift de Navemar. La cosa empieza bien.
Me echan un producto en los depósitos y me advierten que tardarán al menos tres horas en la reparación, por si quiero marcharme. Ni se me pasa por la imaginación no estar, así es que me dispongo a “echar el día” bajo un calor de justicia.
Mientras hace efecto el producto, llega un Astondoa 103 a echar gasoil. Le echan un poquito: sólo 7.500 litros.

(le caben 35.000) Cuando se marcha trasladan mi barco a esa zona, donde enchufo rápidamente la electricidad, pongo el toldo largo y el ventilador a toda máquina.
A las 10:30 llega el mecánico. Trae la “máquina maravillosa”. La máquina tiene dos tubos, uno fino y otro grueso. Desmonta el aforador de uno de los depósitos y mete el fino por el hueco. El grueso lo pone en la toma de gasoil del depósito correspondiente. Pone en marcha la máquina y el gasoil empieza a circular pasando por un sistema de filtros y dos decantadores. El mecánico mueve la toma del tubo fino por todo el depósito para intentar llegar a cualquier rincón. Una vez finalizada la operación, se repite en el otro depósito.
Me voy con él para ver que ha salido y… casi nada. Asomo por el hueco de los aforadores y los depósitos están limpios. ¿Entonces?
Maese Peleón, que soportó voluntaria y estoicamente toda la operación, expone la idea de que es posible que sean los latiguillos de gasoil que estén dañados por dentro. El mecánico no descarta la idea, entonces a cambiarlos. El barco está todo patas arriba; las panas levantadas, un peldaño también, hay que andar con mucho cuidado, pero en el interior hace menos calor que fuera, gracias a que he abierto todos los portillos y el ventilador no para.
Una vez cambiados los latiguillos (uno de ellos estaba un poco abierto) y mientras el mecánico se va a comer, maese Peleón y moi même nos vamos a zampar y a por un par de bidones de gasoil, para llenar bien el depósito. A las 15:30 estamos de nuevo allí. Se cambian los filtros de gasoil y uno de ellos sale con bastantes trozos de lo que parece ser goma medio podrida. Parece ser que lo de los latiguillos va a ser cierto.
Se ceba el motor, que cuesta bastante trabajo porque se había vaciado totalmente y, además, los latiguillos estaban vacíos al ser nuevos. Le damos al arranque y, después de varios intentos, ¡por fin!.
Dejo el motor en marcha y cada vez va más redondo. Voy a por la “dolorosa”, pago y nos vamos a darnos un rulillo por el Mar Menor a fin de probar convenientemente el buen funcionamiento del motor. Va bien. No hay pegas.
Moraleja: hay que cambiar cada “X” tiempo los latiguillos, porque pueden pudrirse y darte guerra de la fina.
Terminada la prueba, dejo a maese Peleón en su barco y, después de llenar a tope de gasoil, me voy al amarre a limpiar todo; cubierta e interior. Aunque el mecánico ha tenido mucho cuidado no ha podido evitar que algo de gasoil se derramase y ya sabéis lo desagradable que es el olor a gasoil, y más si es en el interior.
Una cerveza puso fin a la tarde. Maese Peleón, al que agradezco enormemente su ayuda en todo momento,

se marcha a su casa y yo que quedo a esperar a Alberto, que está haciendo su travesía particular viniendo desde Benalmádena hasta La Manga a base de autobuses. Llegó a las 22:15, después de doce horas de camino.
Una buena cena, una copichuela y a dormir, que mañana seguimos hacia Aguadulce.
Pero el Kacao navega de nuevo.
