Desde pequeño siempre me ha cautivado este museo, y todas las Navidades de mi vida (las pasaba en Madrid) entre los 6 y 15 años lo visitaba. Evidentemente las cosas fueron cambiando...
Hoy en día me dejo caer por el Museo Naval de vez en cuando, más ó menos cada dos ó tres años, en alguna ocasión he pedido un día de permiso para visitarlo, pues he sentido la necesidad de estar allí. Además, como bien dices, el tiempo allí se detiene y prefiero ir solo.
Nada más subir las escaleras y comenzar a pisar la moqueta se respira un aire diferente, sagrado, mezclado con metales, telas y maderas que sí fueron protagonistas de nuestra historía naval, que estaban allí mismo, muchas veces en medio del humo y la metralla, hoy son fantasmas que tiñen el aire de rancio y gloria, vacunándonos contra la inmundicia y el realativismo de nuestros días.
Debo decir que en ocasiones aprovecho los comentarios que los guías hacen a sus grupos de visita, y a mí me sirven. De hecho, en la última visita, seguí la visita que guiaba una señora que desde luego, no sé si sería más ó menos acertada en su forma de explicar la história, pero pasión le ponía bastante. ¡Le faltaba llorar cuando nos ilustraba sobre la figura de Don Blas de Lezo!, ¡cualquiera hubiese dicho que la señora descendía de su estirpe!.

¡Por el Museo Naval de Madrid y porque lo mantengan abierto a todos muchos años!
