Permíteme que (como suele suceder) discrepe de lo dicho.
El éxito de compartir un barco no está en lo bien que se lleven los armadores, o sus conyugues, o sus ninios. Ni mucho menos.
De hecho, cuando más fino funciona es cuando ni se conocen.
El truco está en redactar un contrato y una normativa lo suficientemente eficiente como para que las incidencias puedan resolverse sin dudas ni conflictos. No dejar nada al albur del buen rollito, porque al final, uno se lleva sorpresas que ni se espera.
Unas normas firmadas por todos, donde se explique claramente cuándo y cómo se disfruta, las excepciones previsibles, la limpieza,las derramas de gastos, el método para la toma de decisiones, las operaciones de compraventa (salida de "socios"), etcétera. Si está bien hecho, no tienes por qué tener problemas aunque no conozcas a los demás.
No dejes nada a la "buena voluntad" porque es demasiado subjetiva como para confiarle una inversión. Separa el tiempo de disfrute claramente y si te apetece compartir el tuyo con otro socio y viceversa pues genial para los dos. Si mañana no le aguantas, con disfrutar lo que te toca sin tener que aguantarle, tienes el problema resuelto.
Hazme caso, unos buenos estatutos de una comunidad de bienes y santas pascuas... a navegar.

Rog