Re: Rincón literario
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—¿Adonde vamos? —dijo.
—A cualquier playa. Quiero tumbarme en la arena y leer.
Asomamos al muelle. Por el Paseo corrían algunos niños. Los bañistas chapoteaban en los pontones y dos viejos disponían una andana de redes frente a la pescadería. Juan miraba a su alrededor ávidamente y aseguraba que en su vida se había encontrado mejor.
—Me entran ganas de plantar a esos cabrones e instalarme a vivir aquí —dijo.
Los pescadores aguardaban en el poyo del cobertizo. Sentado en el suelo, un muchacho enderezaba los juncos del golero de una nasa. Juan se aproximó a ver y un hombre todavía joven vino a nuestro encuentro y lo reconocí por la boina. Era el remero del bote.
—Es para pescar anguilas —dije—. Se embocan por la faz y luego ya no salen.
Juan le ofreció su cajetilla de Chester. El remero le dio lumbre haciendo hueco con las manos.
—¿Quieren dar una vuelta?
—Nos gustaría ir a La Manga.
—Hoy no se puede. Cuando el viento sopla de tierra hay mucha marejada. Desde aquí no se dan ustedes cuenta. Saliendo lo verán.
—¿Hacia dónde podemos ir?
—A Los Urrutias. Si nos distanciamos de la costa el mar se arbola en seguida.
Le acompañamos al pontón y el hombre embarcó los remos en el bote y me sostuvo mientras saltaba a la bancada. Juan y yo nos sentamos enfrente de él. Estábamos a socaire del viento y la barca se movía apenas. El hombre armó los remos sujetando cuidadosamente el estrobo en torno al escálamo y aproamos hacia la mar.
El pueblo dormía gris y muerto. Una niñera con cofia y delantal blanco nos hizo adiós desde uno de los pontones. Los bañistas seguían chapoteando junto al muelle y el hombre explicó que pasaban el verano así y nunca se decidían a embarcarse.
—¿Por qué? —dije.
—Esa gente de la huerta tiene miedo al agua. En La Manga hay playas muy chulas y no se asoman a verlas ni por curiosidad. Los madrileños, es distinto. A ellos les agrada la mar.
Preguntó si parábamos en el hotel y dije que sí.
—El señor Joaquín, el amo, es amigo mío. Antes de enviudar salía a menudo de pesca.
—¿Qué tal le va el negocio?
—Durante la temporada se defiende. En agosto llena el hotel. Luego lo cierra en octubre y ya no abre hasta el verano.
Navegábamos a longo de costa y apuntó con el brazo a las instalaciones de la base hidronaval.
—La tienen prácticamente abandonada. Ahora, la mayoría del personal está en San Javier.
En tiempo de la guerra, en cambio, había varias docenas de hidros y los técnicos construyeron un campo de aviación.
—Le dicen el campo del Ruso —agregó.
Aguantábamos de orza y el bote cabeceaba. Entre la base hidronaval y los Urrutias se extendía una llanura ocre, salpicada de palmerales y molinos. De trecho en trecho, el viento levantaba tolvaneras de polvo anaranjado.
—Si son aficionados a la pesquera les llevaré en mi barca de motor. La semana pasada la dimos a la banda para limpiarle el fondo, pero mañana estará lista y calaremos las redes.
—¿Cómo pescan? —dijo Juan—. ¿Con palangre?
—No, acá salimos a la dorada o al mújol. Con la moruna o la pasantana.
El viento soplaba cada vez más duro y el mar rompía a bordo y nos rociaba. Riendo, el hombre dijo que pasáramos a la bancada posterior. A vista de Los Urrutias ganamos la proa a otro bote. El remero —un pescador viejo— singlaba con una espadilla por la popa y saludó con voz ronca a nuestro amigo.
—¿Quién es? —preguntó Juan.
Sin dejar de bogar, el hombre explicó que era el padre del muchacho que tejía las nasas en la Pescadería. "En el pueblo le dicen el Morillo, dijo. Aquí, a todos nos conocen por un mote."
—¿Y a usted? ¿Cómo le llaman?
—A mí me dicen el Isabelo —contestó con una sonrisa.
AI aproximarnos a la playa el temporal amainó. Las olas se acostaban, bajas y tendidas y transparentaban los guijarros del fondo. Luego, a medida que el viento caía, desaparecían por completo y no se divisaba rizo alguno en toda la lumbre del agua.
El bote araba, sondando casi el suelo con la quilla e Isabelo dejó de bogar, desarmó uno de los remos y comenzó a fincar con lentitud, sirviéndose de él a guisa de palanca. Cuando la barca tocó seco, encapilló una soga de esparto a la cornamusa y arrojó el pedral al mar.
Me quité el pantalón y la blusa e Isabelo me ayudó a bajar de la barca. El agua me llegaba escasamente a los muslos. Juan se había desvestido asimismo y propuso que fuéramos a beber una cerveza en el pueblo.
—Gracias —dijo el hombre—. Yo les espero aquí.
—¿Conoce usted algún bar?
—En la carretera hay uno, pero deben cubrirse para ir allí. Si no, los civiles les multarán.
Isabelo nos alargó las camisas y se sentó en la tapa de la regala con las piernas colgando para fuera. Juan le obligó a coger un paquete de Chester. La orilla de la playa estaba cubierta de algas secas y el suelo cedía bajo mis pies. El reverbero del sol hacía daño a los ojos.
En Los Urrutias no había un alma —como si sus habitantes hubiesen desalojado después del último vendaval—. Las casas tenían puertas y ventanas entabladas. La única nota de color la ponían las farolas y alguna que otra palmera, desmedrada y amarilla.
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Mar Menor -Juan Goytisolo-
dedicado a algún catalán que otro . . . y a todos los que este verano han gozado, de lo que queda, del menor de los mares.
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Quiero vivir la vida aventurera
de los errantes pájaros marinos;
no tener, para ir a otra ribera,
la prosaica visión de los caminos.
Poder volar cuando la tarde muera ...
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