Re: Rincón literario
Cita:
Originalmente publicado por Crimilda
No, en los jesuitas no, pero sí en las jesuitinas  . Totalmente en serio.
Claro que nos separa la edad y el sexo. ¿O crees que antes nos daban la misma libertad a chicos y chicas?
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Sí, nos separan algunas cosas más aparte del sexo y la edad por lo que dejas traslucir en tus posts, pero sinceramente pienso que en todas ellas la balanza se inclina a tu favor. confidencia por confidencia yo fui de insti masculino . . . con nombre de inventor, me debes una, y tampoco éramos libres de leer todo lo que quisiéramos, de todas formas al salir de clase entre unos y otras nos consolábamos y poníamos los ‘conocimientos en común’ y no era la libertad en las aulas nuestro tema principal de debate, era como te diría yo . . . sí, eso, debates centrados en cuestiones de anatomía . . . disecciones de ranas y eso, y el bisturí no tenía sexo, también es cierto que desde entonces la libertad en las aulas ha ido creciendo en la misma proporción que la autoridad del profe ha ido decreciendo . . . y efectivamente ahora sí, ahora los alumnos teniendo toda la libertad para leer lo que quieran, con acceso a infinidad de bibliotecas para formarse adecuadamente y sabiendo todo lo que hay que saber de anatomía, es precisamente ahora cuando hastiados de ambas cosas han llegado a ser verdaderos dueños de su libertad, lástima que no sepan que hacer con ella, algunos . . . no todos.
Quevedo, joé, no era nadie el tío, pelín misoginin, se reía de todos y de él mismo, sólo le jodía que se rieran de él, así se definía en una carta cuando buscaba esposa, está en el mismo libro de antes:
. . .
Yo, señora, no soy otra cosa sino lo que el conde mi señor ha deshecho en mí, puesto que lo
que yo me era me tenía sin crédito y acabado; y si hoy soy algo, es por lo que he dejado de
ser, gracias a Dios nuestro Señor y a su excelencia.
He sido malo por muchos caminos;y habiendo dejado de ser malo, no soy bueno, porque
he dejado el mal de cansado, y no de arrepentido. Esto no tiene otra cosa buena sino asegurar
que ningún género de travesura me engañará, porque todas me tienen, u escarmentado u advertido.
Yo soy hombre bien nacido en la provincia: frasis que entenderá su excelencia.
Soy señor de mi casa en la Montaña; hijo de padres que me honran con su memoria,
ya que yo los mortifico con la mía.
El caudal y los años siempre los referiré de manera que después la hacienda sea más,
y la edad, menos.
Los que me quieren mal me llaman cojo, siendo así que lo parezco por descuido, y soy,
entre cojo y reverencias, un cojo de apuesta, si es cojo o no es cojo.
Mi persona no es aborrecible ni enfadosa; y ya que no solicita alabanzas, no acuerda de las
maldiciones y la risa a los que me ven.
Ahora, que he confesado quién soy y cuál, diré cómo quiero que sea la mujer que Dios me diere en suerte.
Yo confieso que, a no mandármelo vuecelencia, que fuera atrevimiento decir como quiere
la mujer un hombre tal, que no habrá mujer que le quiera como él es.
Desearé, precisamente, que sea noble y virtuosa y entendida; porque necia no sabrá conservar
ni usar estas dos cosas. En la nobleza quiero la igualdad. La virtud, que sea de mujer casada,
y no de ermitaño, ni de beata, ni religiosa: su coro y su oratorio ha de ser su obligación
y su marido. Y si hubiese de ser entendida con resabios de catedrático, más la quiero necia;
que es más fácil sufrir lo que uno no sabe que padecer lo que presume.
No la quiero fea ni hermosa: estos extremos ponen en paz un semblante agradable;
medio que hace bienquisto lo lindo, y muestra seguro lo donairoso. Fea, no es compañía, sino susto;
hermosa, no es regalo, sino cuidado. Mas si hubiere de ser una de las dos cosas, la quiero hermosa, no fea;
porque es mejor tener cuidado que miedo, y tener que guardar que de quien huir.
No la quiero rica, ni pobre, sino con hacienda; que ni ella me compre a mí ni yo a ella.
La hacienda, donde hubiere nobleza y virtud, no se ha de echar menos; pues, tiniéndolas,
quien la deja por pobre es vilmente rico; y no las tiniendo, quien la cudicia por rica es civilmente pobre.
De alegre o triste, más la quiero alegre; que en lo cotidiano y en lo propio no nos faltará tristeza a los dos,
y eso templa la condición suave y regocijada con ocasión decente: porque tener una mujer-pesadumbre,
más arrinconada que telaraña, influyendo acelgas, es juntarme un pésame de por vida.
. . .
Se pensó tanto llegar al matrimonio, a los cincuenta y cuatro años, que luego sólo le duró dos, después de tanto buscar así le fue. 
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Quiero vivir la vida aventurera
de los errantes pájaros marinos;
no tener, para ir a otra ribera,
la prosaica visión de los caminos.
Poder volar cuando la tarde muera ...
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