Re: Rincón literario
El traumatólogo, observando la radiografía me dijo: ves estas dos
vértebras aquí abajo -señalándomelas con su dedo- que no siguen la
curvatura normal? pues ellas son las que irradian el dolor a las caderas y
consiguen que se te queden las piernas dormidas, tiene operación pero aún
eres joven para operar, la solución al problema es nadar, fortalecerás los
músculos abdominales y el problema se te aliviará en poco tiempo. Ah
bueno, vale vale, me dije yo, si sólo es eso ya nadaré, más adelante, a lo
mejor se me pasa pronto, joé, con lo aburrido que es eso. Pero en plenas
vacaciones el caminar se me hizo un suplicio, eso sí, me sentaba tres o
cuatro minutos y podía seguir andando perfectamente, hasta que me volvía
el dolor, y así, en los últimos días de vacaciones iba madurando la
decisión: en abril empiezo en la piscina . . . y en ella estaba desde
entonces y desde primera hora. Al acabar salía, me tomaba un café y
llegaba a mi hora al trabajo. Por una vez en mi vida le hice caso al médico,
pero no al día siguiente, no, sino casi al año de decírmelo. Empecé
nadando una ridiculez de distancia y agobiado con el agua, con la
respiración y hasta conmigo mismo, pero al poco tiempo ya era otra cosa,
había conseguido nadar una hora seguida y salir de la piscina sin sudar,
cosa que me fastidiaba mucho porque seguía sudando una vez fuera de ella
y cuando llegaba al trabajo en vez de llegar parecía que salía. Y así con un
poco de constancia al mes y medio se me fueron aliviando los dolores y
poco después desaparecieron y además empezó a gustarme eso de nadar.
¿que para que cuento esto? para que veáis de que forma se pueden liar las
cosas por un malentendido, esto fue lo que me ocurrió y os lo cuento de la
mejor forma que sé y conforme van viniendo los recuerdos a mi cabeza.
El caso es que en la piscina que iba había dos, una para los aventajados
que ya sabían (joé, algunos parecían misiles rozaolas) y otra para
personas mayores, minusválidos y niños, yo elegí esa, más que nada por
las velocidades de vértigo de la otra y ahí empecé.
Al principio en mi calle solíamos coincidir y nadar una señora y yo. Yo no la
conocía de nada, sólo de verla allí y en cierto modo le tenía aprecio y
aparte, me guardaba un secreto. Sí, uno de los días que llegaba yo
andando a la piscina, como siempre pensando en mis asuntos, no ví un
agujero colocado justo para que mi pie entrará en él, di un traspiés y caí
hecho un trapo al suelo, no me hice daño, no había nadie en la calle, me
levanté disimulando y en eso que miro al frente y la veo a ella
maniobrando el coche para aparcar, ella también disimulaba mirando el
retrovisor, sólo ella y yo sabemos de mi metedura de pata. Desde entonces
le tuve bastante consideración. Yo, aunque no creo demasiado en el
destino si pienso que a veces éste te utiliza para arrancarle una sonrisa a
alguien, alguien al que también él utiliza situándolo delante de la escena,
evidentemente.
A veces llegaba yo antes, a veces ella, otras veces nos encontramos con
una tercera persona, pero la mayoría de los días nadábamos los dos solos.
Los dos nos otorgamos nuestras propias normas para recorrer la piscina,
normalmente se va por la derecha y se vuelve por la izquierda, nosotros
no, nosotros teníamos media calle para cada uno, evitábamos nadar en
paralelo y sólo nos cruzábamos una vez en el recorrido así no nos
molestábamos ni teníamos que ir pendientes el uno del otro. El trato era
correcto y cuando nos veíamos por primera vez ambos correspondíamos al
saludo con un movimiento de cabeza a la vez que esbozamos una leve
sonrisa, quizás algo forzada pero sincera por mi parte, la verdad que a partir de
ese momento me sentía a gusto, y pienso en mi enfermiza candidez que
ella también.
Cuando nadábamos yo la miraba disimuladamente por encima de la
superficie del agua y por debajo. Con la serenidad que desprendía su
mirada y con un proporcionado cuerpo, que aún no daba muestras de su
declive y al que debía mantener a raya nadando, me fui formando una
imagen de su existencia. Le suponía una vida tranquila, sosegada, libre de
naderías e incapaz de molestarse por nada y por nadie, como se suele decir
debía estar por encima del bien y del mal.
En un par de meses hice verdaderos progresos y yo mismo decidí que el
período de adaptación había terminado y como me vi preparado me pasé a
la otra, entrando en el circuito de tres o cuatro nadadores por calle,
además ésta tiene una línea medianera de referencia pintada en el fondo,
como dispositivo separador de tráfico.
Pero como todo en la vida, sobre todo en la mía, el nadar también tuvo sus
altibajos y hubo un tiempo en que no es que me aburriese del todo el
nadar sino que a pesar de seguir la rutina cada día y haberme recuperado
de mis dolores, yo creo que al cien por cien, no mejoraba los tiempos en
los recorridos, tampoco es que me preocupase en exceso, pero desde el
principio fue un aliciente que yo me autoimpuse, y ahora al ver que no
conseguía bajarlos me desmotivaba bastante.
Pasaron los meses y de nuevo comenzó a venir a primera hora bastante
más gente de la habitual, así es que en varias ocasiones, por retrasarme,
me encontré mi segunda piscina saturada y me tenía que ir a la otra, la
primera, donde seguía asistiendo la señora.
Y entre idas y venidas de una piscina a otra un día saltó la chispa que
prendió mi curiosidad y fue simplemente ver, de soslayo y bajo el agua, a
medias los trazos de unas letras grabadas en la piel cuya otra mitad
ocultaba el bañador de la señora. Ya había encontrado un nuevo aliciente y
me marqué como objetivo descubrir la palabra.
. . .
Crónicas de la edad mediana - Guilem de Ventresca.
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Quiero vivir la vida aventurera
de los errantes pájaros marinos;
no tener, para ir a otra ribera,
la prosaica visión de los caminos.
Poder volar cuando la tarde muera ...
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