Re: SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo
DISCURSO
I. DEL SUCESO DE MI RESURRECCIÓN
Desperteme atobado e incómodo, tendido en pétreo lecho, los miembro en picazón como acribillados de chinche, estremecido de frío y de relentes, las manos cruzadas sobre el pecho a guisa de difunto, la diestra asiendo el pomo de mi espada. Nada oíase salvo mi aliento, que de no oírlo hubiérame figurado muerto, cual había soñado en tan largo sueño que parecióme modorra de centurias, si no letargo. Diome gran gozo que la Hora no hubiese comparecido bien enguadañada a la citación de sus negocios para conmigo y sentí turbación de aquel dominico que tan solemne oyérame en postrer confesión, que de saber que no era aquel mi último resuello no le hubiera cantado un par de noticias y confidencias que en mi delirio decidiera no dejar para los gusanos, pues sintiéndome agora animado de súbito bien las enterrara en nido de voraces sabandijas por acallarlas, que más larga tienen la lengua algunos frailes que algunos diablos. Sabiéndome doliente, aún más, agónico, como de recién estaba, sorprendióme el alivio y la cobranza, pues de cierto no era yo más difunto que uno de los de taberna, y aunque maldije a la mula cañilavada del médico que por terapia habíame confinado en lóbrego nicho durante mi desmayo, hube menester de asentir que a pesar de lo singular del método, milagroso era, pues que vide mi salud de vuelta y mi ánima bien asentada en su vieja carcasa. En estos desvelos, sacudíme y críspeme, tosiendo cual si guardaran mis bofes el polvo que levantaran los cuatro jinetes del libro del Apocalipsis de San Juan y otros cuatro mil de tantos libros de caballerías. Hice por incorporarme y por causa desto di tal bote en la calabaza que a poco me descalabro, de lo que entendí ciertamente que hallábame confinado en angosta urna. Aterrescido abrí entonces los furiosos ojos a la tiniebla, palpé en derredor en busca de mis anteojos y hallélos, mas tan herrumbrosa la guarnición que se deshizo de puro orín en mis manos dando suelta a las lunetas. En esto estaba cuando al tacto sentí mis puños, mi capa y mis ropajes todos tan ajados que mejor se dijeran podridos, cual si hubiesen sufrido la acometida de un enjambre de polillas. Viéndome en calamidad tal, presa del desaliento y la cólera, creyéndome víctima del más macabro de los escarnios, sepultado en vida y amortajado en harapos, al tiempo que harto de furia pateaba como bien pude las paredes del antro, clamé:
-¡Ay de mí! ¡Ay de mí! ¡Sacadme a la luz, bellacos, que no es cristiano dar sepultura a un vivo!
Siguió a esto un silencio ronco, como el que deja un cañonazo tras de sí, y hélome la sangre al punto la idea de que de cierto estaba muerto y que había despabilado en mi monumento y regresado mi ánima a mi maltrecho cuerpo a sazón del Día del Juicio, mas tranquilizóme el no haberme desvelado el son de trompeta ninguna ni escucharse por doquier saraos de finados en resurrección por millares, pues no viniera a cuento que Su Majestad Divina hubiera dispuesto mi juicio en hora distinta a la concertada para los demás mortales. Compúseme para no perder la calma y fui batiendo a puro nudillo las fronteras de mi ceñida mazmorra hasta que di con que no lejos de mis bigotes sonaba tan hueco cual testa de escribano. Fue ahí que convoqué mis furias y di embate con el pomo de mi deshojado estoque una y mil veces, como polluelo pelado que ha de quebrar su güevo. Advertí al rato que alguna piadosa ave hacía eco de mis botes desde el otro lado a golpe de pico y así cedió la recia losa con estrépito y fui cegado por la amable luz, mas pronto me hice a ella y aprecié el rostro pasmado del que viera un espectro. No era este pájaro un colorido cardenal de Indias, sino canoso clérigo de hábito, mas sin tonsura, pobre de ínfulas, rosarios, anillos o abalorios, con unos anteojos ridículos que de puro grandes tenía que sujetárselos en las orejas y armado de piqueta de albañil. Santiguábase de mil cruces mi alumbrador como si tuviera ante sí un colegio de diablos. Cojo y todo brinqué desemparedado de la sepultura al suelo, y vime en la nave de una iglesia de alta bóveda, harto moderna, como de porte italiano, y bien acicalada, ornada de querubines, retablos, mármoles y sillería, mas harto deslucida, cual si el capellán no se cuidara de sacudirles el polvo a los santos. En un flanco subía hasta los techos un armazón de herrajes y puntales, mas no hubiese acertado a saber si por obra o por ruina. Sólo una cosa, pues, tomé a buen seguro, que no era este el Convento de Santo Domingo ni parroquia ninguna de la Villa Nueva de Los Infantes en que emplastado, escocido de melecinas, llagado de cauterios, ahíto de píldoras y bolos pasé los últimos días aciagos. Torné mi confuso rostro al destrozo causado por mi alumbramiento en el muro, por ironía esquinado a la capilla de la Virgen del Olvido, para comprobar que el inhumano que en vida me inhumara no se había servido siquiera de la decencia y dignidad de escribir nombre ni oficio en el monumento sino vilmente emparedóme anónimo como a un escarmentado. Reparé entonces en mis trazas y en fuerza de esto no era extrañeza que el buen clérigo, que por cobardía había enmudecido, se abandonara al pánico, pues raído y empolvado cual me hallaba, antes me juzgaran leproso que caballero. Las calzas vestía tan comidas que bien parecía que los ratones hubieran hecho festejo de mis carnes; los zapatos diríanse orejones; las medias, cuartas o menos; los puños y pañales, pañetes de eccehomo; la camisa, trapillo de mal arcabucero; y la capa, paño de tumba en pudrigorio. Lucía uñas tan largas que un mastín las codiciara para rascarse el lomo, barbas de mona vieja, cabellos tan luengos y greñudos como los de una meretriz desahuciada y desmoñada. Azorado, abochornado y corrido, acérqueme al espantado párroco e incrépele:
-¿No es esto, por ventura, cosa de diablos? Bien rezan las apariencias que estuve sepultado y he vuelto a la vida al punto. ¿Qué es esto? ¿Quién contra mi honor conjura esta macabra befa? ¿Dónde me hallo? ¿Es treta humana o voluntad divina que este poeta regrese del Hades como un grotesco Orfeo? ¿O es esta la Gloria prometida y esta facha y turbación no son sino reflejo de mis licencias en vida? ¡Habla! ¡Di, te ruego!
El clérigo hubo menester de un trago de esputo, dos exhalaciones y tres balbucencias para recobrar el nervio y al fin regalóme preguntas por preguntas:
-¿Quién es usted? ¿De dónde sale?
-Si mi nombre le sirviere –respondile- soy Francisco de Quevedo y Villegas, caballero de la Orden de Santiago, hombre de letras, carne y hueso, que algún desalmado enterró en vida creyéndome finado.
Por su gesto vide que me tomaba por orate y no he de condenárselo, pues lo raro fuese que no me juzgara, ataviado así de espantajo, por hombre desbaratado y de poco seso.
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Pirata
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