Re: SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo
II. DE CÓMO CONOCÍ QUE FUI DESPIERTO EN EL AÑO MMIV
Repuestos ambos de tanta sinrazón, y viendo el clérigo que no era yo desquiciado de los de atar, sosegóse, y diole mucha risa que yo me llamase Quevedo diciéndome que, fuere yo quien fuere, el falso enterramiento me había robado el juicio. Revelóme que nos hallábamos en la iglesia de San Francisco el Grande en la Villa y Corte de Madrid y que modestamente se llamaba Juan Ramón Zanca y ejercía sacerdocio en esa parroquia. Díjome esto con un acento insólito en el hablar y haciendo uso de palabras fuera de lo regular, que yo jamás había oído ni por culteranas ni por cultipicañas, de lo cual deduje que era hombre venido de alguna provincia lejana, acaso de Indias. Mas por mi mente sólo se cocían cavilaciones en razón de cómo y quiénes me han llegado a Madrid abusando de mi morbidez y cómo se había construido en la corte iglesia tan fastuosa con tal presteza y diligencia en pocos años sin que yo hubiera noticia. Agradecíle al cura su auxilio y roguéle me prestara por caridad ropa limpia y al menos una palangana si no hubiere aljofaina para el aseo, que bien le compensaría con diez de vellón. Esto le causó aún más carcajada y no salía yo de asombro, pues aunque vistiera hábito de franciscano, larga tiene la mano el clero en hora de recibir doblones como letra de cambio por favores. Así divertido en estos pensamientos me condujo a una sacristía y me invitó a una sala oscura con estas palabras:
-Pase al baño y dé la luz, que voy a buscar algo de ropa.
Dicho esto desapareció al punto por una puerta de alcoba. Ofuscado cual me hallaba, no supe encontrar vela, velón ni candil, por más que hurgara acá y allá en la llamada sala de baños del franciscano, que no poca maravilla sería que tal tuviera, pues las órdenes mendicantes no hubieran de presumir de baños, que más propios son de las concubinas de los sultanes. Mas sí pude tantear finos barreños como de porcelana y dudé si con tanta bacía y la voz de dar la luz no habría tomado el buen fraile por parturienta a este aparecido. Regresó y riose de hallarme dando tientos en las sombras y he acá que ocurrió algo prodigioso: Bastó que tocase con los dedos de bendecir una suerte de traba o de gatillo que había junto a la jamba de la puerta para que se encendiese toda la sala con tan cegadora luminaria que al momento quedé aturdido y privado del habla, pues tanta luz por fuerza había de venir de tan grande fuego que dábame ya por consumido. Percatóse el franciscano de mi asombro y preguntóme si me asustaba de una bombilla, a lo que repliqué rostrituerto que siempre fueron de respetar bombas y bombardas y, que si las bombillas hubieren de restallar como tales, con certeza son cosa de susto y mejor me valiera yo en tinieblas. Era este artefacto una burbuja o campanilla de vidrio colgada de la techumbre que contenía un hilo finísimo con mas incendio en su menudencia que todas las ascuas que hiciera Nerón en Roma, cosa a fe mía de brujería pura. Mas no se inmutaba el amable párroco, que venía bien surtido para cubrir mis vergüenzas, explicándose con estas palabras:
-A ver si le vienen bien estos pantalones y esta camisa... Calcetines hay más, pero calzoncillos se tiene que apañar con estos... Los zapatos va a ser lo más difícil. Pruébese estos que yo no me pongo porque me hacían daño. Luego puede asomarse a una caja de ropa que tenemos de donaciones.
Antojáronseme las prendas zafias e innobles, a la par que risibles, de modo que, vestido de aquella guisa, quisiera Dios no me hubiere de encontrar con algún conocido, pues oyérase de seguro la risotada y el escarnio por doquier. Estúdielas con reparo no fuera que, estando en auge el italianismo a juzgar por la arquitectura, fueran a vestirme afeminado. Harto sorprendióme cómo había acusado mudanza la moda en el vestir de la Corte desde mi ausencia. ¿Acaso los sastres habían mandado un solicitador a los infiernos y firmado un pacto con el diablo? A unas calzas lisas hasta los pies llamaban pantalón, acaso por semejanza con panteón, pues vistas así las piernas parecían longanizas en mortaja. A los calcetones llaman calcetines, que si más bajo no podían caer, cayeron de rango. Calzoncillos, camisa y zapatos conservaban el nombre mas no la honra, que andaba cercenada, pues a todos habían recortado hasta lo mínimo, sin duda artimaña de sastre y zapatero para ahorrar lienzos y cueros. Sólo alegróme no se estilaran acá de nuevo los cuellos engolados. Mas callé por no agraviar, mostréme agradecido y al fin tomelas a cierra ojos. Al no veer agua en los barreños de loza fina pedí una jarra de agua fresca, a lo que respondió mi bienhechor que abriera el grifo. Escudriñé en derredor a la caza del animal que yo tenía por fabuloso, mas no hallando ni bestia alada ni tan siquiera arañuelas reparé en que este era el nombre jocoso que el párroco daba a un caño con llaves que había en el barreño más a mano, acaso porque recordase por sus formas a estas quimeras que pastan en grutescos de no pocos palacios. En esto reconocí que debía ser el clérigo hombre de mundo y buen humor. Díjome que en retorciendo la llave siniestra el chorro sería de agua caliente. En verdad juzgué poco piadoso que una vicaría, franciscana por de más, haya de presumir de más suntuosos baños que los de rey moro alguno, aunque bueno es que toda sacristía se precie de lavamanos, mas callé otra vez por no hacer afrenta a la buena fe del clérigo Zanca, que palabras señaladas no quieren testigos. Puesto que el citado barreño estaba sujeto por un pie muy alto inquirí si pudiera lavarme entonces los pies en otra bacía grande también de loza blanca como de la China y provista de tapador que había a mis espaldas. Dicho esto quedó el párroco perplejo y, como teniéndome por botarate, me dio por consejo que no hiciera tal cosa, que no era barreño de guachapear sino la taza del Váter donde van a parar aguas menores y mayores de camino a las cloacas. A esto hube de responder, pues no es menester que el clero bajo haya de cagar sentado en bacín como los Papas de Roma, mientras los caballeros de respeto aún damos en cuclillas con el culo en tierra:
-¡Bien aviada anda la Venerable Orden de San Francisco con tronos papales a modo de letrina, que si el Santo volviera a la vida con su lección de humildades bien le diría a ese tal fulano Váter, extranjero a buen seguro, cuan infame es llamar taza a su invención si della no se ha de beber!
Hízome demostración del artefacto con lo que llamaba tirar de la cadena, que literalmente era eso, pues sobre ello había una cadenilla, con lo que al punto hubo estruendo de aguas que lavaron el bacín, a lo que yo grité “¡Agua va!”, como es de rigor. Satisfecho esto, aprestóse a dejarme con aspavientos, como el que trata con chiflados de vino, pues aconsejóme que me empapara bien la cabeza con agua fría. Ofrecióme desde el umbral una aspirina, lo que no entendí bien, a no ser que el buen hombre quisiera aspirar todo el polvo de mis ajados ropajes con sus propias narices, a lo que respondí que no era menester, pues mal provecho tenía ya mi atuendo, mas tampoco pareció el cura interpretarme, pues se fue sin replicar.
Al cabo, salí de aquellos diminutos baños, prodigio de modernidad, tan aliviado por mi aseo como ridículo en aquellos ropajes, que más parecían camisón y calzones largos que atavío de caballero, en mis adentros aún recomido de sospechas y tormentos sobre este mi sepelio y resurrección. Muy al propósito, hallé al cura Zanca (preguntábame en mis adentros si por su apellido le dieron tales anteojos zancudos) barriendo cascotes al pie de mi anónimo sepulcro. Alegróse de verme andar con dignidad a pesar de mi aturrullamiento. Asomábase dentro del nicho y confesaba una y otra vez que en verdad era cosa de misterio si no broma de tan mal gusto como buena confabulación el que hubiera surgido hombre o demonio alguno de un hueco en la pared tantos años sellado. Al verme bisojeando en mi inspección del agujero el párroco ofrecióme unas gafas viejas que guardaba y me aseveró que eran para veer mejor, con lo que entendí que no serían gafas de las de armar ballestas, sino anteojos de allende, que dicen agora de larga vista. Tal cual yo mal me temía, regalóme con otras zancudas que hube de sujetarme en las orejas, para mayor ridículo de mi estampa viva. Mas fue milagro para mi vista, que bien claro pude entonces apreciar la modernidad del templo y su dimensión. Pregúntele entonces al buen cura cuándo habían comenzado a erigir esta iglesia y que si sería cabildo y catedral de la villa cuando se terminase, a lo que contestó que de cierto habíaseme secado el seso, que la iglesia se terminó en el siglo XVIII. Turbado por esto preguntéle el día que era hoy y repúsome que martes trece.
-¿De septiembre?
-No, de julio.
-¿De qué año? A riesgo de que pueda pareceros necia la pregunta –consulté yo, movido por un presentimiento funesto que me tenía el espíritu atragantado y me hacía correr los pulsos como galgos.
-Pues del dos mil cuatro, ¿de cuál va a ser? –díjome reposado Zanca, y de la zancadilla casi doy de bruces en los mármoles. Así supe que fui revivido tras más de tres centurias frío, no acertando si por milagro, por vísperas del Juicio, por capricho de la Parca, de los astros, de Dios Todopoderoso o del mismísimo Satanás. Fuese quien fuese, cómo ni de qué manera, maldíjele por no respetar mi descanso, así me condene una millarada de eternidades por ello, pues un edén de edenes fuera para mis sentidos cualquier ominoso infierno a fe mía, que no este por venir aciago al que he despertado. Y lo juzgo así, desgraciado de mí, por las cosas que allá vide y aprendí. Quien no me creyere siga leyendo.
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Pirata
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