Re: SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo
III. DE LOS COCHES Y OTROS ESPANTOS QUE VIDE EN LAS CALLES
Aún turbado, aprésteme renqueando a las puertas de la iglesia por aprender más del tiempo futuro y no hice más que abrir el portón cuando un fragor tremendo, cual el que hicieran mil colmenas espantadas, se llegó a mis oídos, de suerte que prudente cerré de nuevo. Un mendigo achacoso, que no harapiento, que porfiaba con gesto penitente en pedirme limosna en los umbrales del templo, vencido por la certeza de que mis cuartos quedaron en el infierno salió al ruido sin pánico ni asombro, lo que me dio valentía entonces de asomar la jeta a la calle por la puerta entornada. Así aprendí que el estruendo venía de ciento máquinas en manada, de varios colores y moldes, mitad carro y mitad bestia, que corrían muy ligeros. Era esta imagen que dejara patidifuso al mismísimo Jerónimo Bosco, que no se dijera hubiese ante mis ojos ciudad ninguna sino maléfico hormiguero de bestiales quimeras. Tenían todas estas máquinas como ojos en el frente, mas sin expresión ninguna, tal que de cuando en cuando una lucecilla como de color de fuego se encendía y se apagaba en uno y otro costado, como por extravagancia. Así mismo había otras luces en el culo de tales bestias, que en unos era chato y en otros lagartudo, que también lucían de esa guisa, aunque la más veces se encendían de color encarnado. No tardé en saber que tenían otras voces además de ronquidos, pues al pronto se encabritó uno y empezó a sonar como cornetín de guarnición, pero sin armonía y muy molesto por su estridencia. Eran algunos refulgentes como plata y oro, otros de los tonos más caprichosos, blancos, verdes, azules o bermejos en muy diversos matices. Algunos eran grandes y más ruidosos, y los más destos tenían nombres pintados en rótulos, ora en lengua extranjera, ora en castellano, como el que rezaba “Jamones y Embutidos Chaparro”, a lo que seguía la cábala “TELF” (que ha de indicar “Téngale Dios en su Fe” u otra cosa) y cifra tan grande que no quise creer que fuera el número de morcillas y nalgadas de puerco que atesorase el tal buhonero. Llamó desto mi atención un rugido imponente y en esto apareció el zángano mayor que se imaginara, de color muy roja y estirado, cual gusano endemoniado de una legua de eslora, que paró, bramó y empezó a vomitar infelices de su costado al tiempo que tragaba por una agalla otra muchedumbre que le aguardaba. Dentro iban como piojos en costura muchas gentes. Luego aprendí que a este más temible llamábanle auto bús, que sólo el nombre da respingo y susto. Antes me sometiera yo a un auto de fe que a uno destos otros. Tenían este y todos ventanas bien acristaladas mas sin cortina alguna, a través de las cuales se veían personas diversas y siempre una iba asida a una suerte de timón moviéndolo como si esto fuera cosa de gran importancia para el dominio de estas bestias. De todo esto comprendí que eran, aún sin caballos, coches, y que gran ofensa debía haberse cometido contra Dios para que enviara al mundo tal plaga de cocheros. Mas confundióme que algunas mujeres navegábanlos y diome curiosidad que hubiere cocheras entre las damas, de modo que pregunté a un anciano calvatrueno que por allá andaba si en estos tiempos era menester tener uno de esos coches sin caballos aún sin ser noble ni hidalgo ni apoderado, o si es que la nobleza se vendía tan barata que todos los villanos paseaban en coche, y que cómo señora o dueña alguna consentía en tener coche mas no cochero. Díjome este paisano que en los tiempos que corren antes le quitaba un hombre el bocado a su propio hijo que a su coche (que no se que preciada golosina me dijo comían las dichas bestias) y que muchos de esos andaban empeñados y adeudados por que el vecino viera qué bien vestía de coche y que igual daba hembra que varón a la hora de presumir destos bienes, que no por ser ellas más torpes en su manejo querían verse privadas de tal fasto. De ello deduje que estos vehículos no lo eran sino de vanidades. Aclaróme que hasta el más miserable tiene coche en estos tiempos, pero que los ricos tenían mercedes y que los pobres no tenían, perogrullada a la que yo repliqué que siempre ha sido así, desde que el hombre es hombre y la justicia ciega. Declaró que él mismo se había tenido que conformar con sus seiscientos y díjele yo al punto que no pecara de avaricia pues mejor serían seiscientos que ninguno. Díjome también el viejo pelón que bien errado andaba yo en mis conjeturas, que estos coches sí llevaban caballos, mas por adentro, y que a veces muchas decenas, de lo que se entendía que fueran tan apriesa que de verlos pasar dábanme vértigos, aunque por los bufidos bien se dijera que llevaban dragones o elefantes fabulosos en lugar de potros. Advertí que estos ingenios, como las bestias y los racionales, tenían un ojo en el culo por el que salían muy negros humos y pestilencias y pregunté si por allá se exhalaban los humores, sudores y excrementos de tan arracimada reata de brutos que había en sus entrañas, pese a que bien extraño me parecía que cupiera uno sólo. Su explicación no entendí muy cabal, pero vino a decirme lo que en verdad yo venía acusando de modo tal que echaba en falta capa para embozarme las narices, que tanta suciedad salía al aire por el sieso de estos ingenios que andaba el ambiente emponzoñado en todo el mundo y que un día hubieran todos de asfixiarse a costa dello. Mas no había visto aún nada, que roncando más que una piara surgió un hombre a horcajadas sobre una máquina que al mismo Juanelo Turriano hubiese turbado, pues como de milagro se tenía en pie con tan solo dos ruedas, y el tal caballero andante o demonio que la domeñaba llevaba un yelmo cual cascarón de güevo, pues era blanco, reluciente y redondo como tal, y daba no sé si miedo o risa verlo. Esto, me explicó el solícito calvo, era un amoto y me dijo que tarde o temprano tales jinetes caían de lomos de tan indómito engendro y que el que menos salía magullado, cuando no descalabrado, y que por eso llevábase ese cascarón en la testa, que abrevió casco, para no abrirse la sesera en la primera cabalgadura. En este diálogo estábamos cuando divirtióme un farol de muchas varas de alto que a tiempo mudaba sus tres luces de verde a amarillo y a bermejo, y observé que como por arte de brujería los coches paraban ante él y se amansaban, y esto aprovechaban las gentes para cruzar la calle de través sin poner en grave apuro sus vidas. Luego de que hubieran pasado las gentes, cambiaba la color y partían las máquinas enfurecidas, que alguna impaciente siempre de entre las rezagadas sonaba el cornetín como en protesta, a lo que los cocheros colindantes exhortaban improperios de enorme vulgaridad, entre los que he de mentar “Vete a tocarle el pito a tu puta madre, mamón”, cosa ésta que antojóseme grosería en verdad memorable. Aprendí del anciano que a esto llamaban semáforo y que sin ello el tráfico fuere un infierno –cosa que chocóme, pues difícil era imaginar infierno peor que este-, y que a estas luces debían obedecer las máquinas como a un guardia, y dicho esto señalóme al tal guardia. Era este personaje hombre tan valeroso que en medio de la travesía se enfrentaba a las máquinas como el que desafía una vacada de reses bravas y en su boca soplaba un pito que espantara a los demonios. Los ojos tenía este hombre tapados con un antifaz a modo de anteojos con los vidrios negros, acaso para no veer el peligro en que se hallaba, o acaso por que tal máscara obligara más respeto. Se daba aires este mancebo como de alguacil, que con ese temor le miraban las gentes cerradas en sus coches, como si les acechara a través de la oscura máscara, y se conocía su dignidad en que llevaba botas de viaje, grillos, mamporro y un arcabucillo minúsculo al cinto, que no espada, y en que era el único que lucía tocado en este mundo moderno en que todas las gentes andan a cabeza descubierta sin vergüenza de la calva ni los malos pelos que hubiesen. Parecía el adorno de este guardia más plato de patena que sombrero, de puro plano, redondo y desplumado. ¡Buena diana debían hacer de ello los pichones para sus palominos! Casi rozábanle unos autos buses por un costado y otros, que venían de distinta parte, por otro, y yo con gran temor miraba esto cuando silbando a puro grito una salmodia horrorosa se apareció una máquina blanca con grandes luces en caperuza sobre la cubierta tan apriesa que dábame pánico verla. Percatándome de que las otras bestias se amedrentaban a su paso y que el alguacil cegado, como si la captase empero su antifaz, apartaba a otros para darle paso, preguntéle al locuaz calvatrueno si acaso era este tan escandaloso el coche de un hombre de postín, pues vide pintada en todos sus flancos una cruz como de alguna orden de caballería. Respondió que eso no era sino una ambulancia, acaso por ambular más apriesa que los otros, que llevaba y trujía los enfermos al hospital. Maravillóme que fueran los enfermos más rápidamente que los sanos, pues en otros tiempos fuese lo contrario, y no estimé que siendo enfermos merecieren el tormento de tan insufrible bullicio. Pasó tal y quedé cavilando que si andan los coches sin bestia que tire dellos, mal negocio harán los herreros si ya no han de herrar yeguas ni jumentos, mas pronto persuadíme de que más hierro debía de llevar cada uno destos coches, pese a que anduviesen ligeros, que los cascos de un batallón de caballería, y que bien atareados debían andar en las fraguas con ellos. Luego habría de aprender que en estos tiempos no son los talleres de artistas ni alfareros, sino de maestros mecánicos, que son como las fraguas modernas que se entienden con las entrañas de los coches, y son sanguijuela para las bolsas de dineros de los que presumen dellos, pues tienen estas máquinas mil veces más achaques que las bestias. Así de ciego es el progreso y así ha embastardado el mundo, que por mantener estos engendros vive el hombre empeñado y esclavo dellos, obteniendo sólo a cambio grandes velocidades que es lo que menos ha menester uno para saborear con virtud esta vida mundana, ya que yendo mas apriesa sólo han de llegar antes a su hora última.
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Pirata
Editado por Atarip en 14-09-2009 a las 18:07.
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