Re: SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo
Bueno..creo que continúo yo
IV. DE LAS GENTES Y COSTUMBRES MODERNAS
Así fui preguntando a personas varias, que me asistían curiosas, causándoles gran hilaridad mis pesquisas, tal que en breve me vide rodeado de un corrillo de gentes muy festivas, hasta que un zagal rogó no se mofaran de mí, que a todas luces era un desdichado amnésico. Oyendo yo esto, que a fe mía se me tachaba de hereje, dije que jamás pertenecí a secta ilícita ninguna y que mi nombre era Francisco de Quevedo, que era hombre de bien y de honor, respetado en Corte según quien hubiere a la sombra de las reales calzas, y por esos méritos rogué no se me insultara. Rectificó el zagal alegando que no era yo tal hereje amnésico sino un “tío que estaba mal de la cabeza y que se creía Quevedo”, lo que causó mucha carcajada y disolvió la congregación de curiosos, amén de una monja que quería llamar a una ambulancia, ante lo que yo, aterrado, puse pies en polvorosa, alegando que, aún siendo Quevedo resucitado, no era ni enfermo ni perturbado ni tío de nadie, y grítele al osado zagal que osó difamarme y ya se escabullía:
-¡Quién hace la burla, guárdese la escarapulla!
Deduje de estos acontecimientos que fuera mal designio revelar mi identidad, que acaso mis enemigos en vida dejaran tan mala crónica de mí tras mi muerte, que de estas gentes futuras, mal informadas, no me valiera la fama sino el ridículo. Para cerciorarme desto, pregunté a una dama entrada en mantecas que salía de la iglesia, dueña sin duda por la catadura, si por ventura le era familiar Quevedo. A esto respondió ella con la siguiente sarta de sortilegios:
-Mire, sube usté a la latina y coge el metro a ópera o callao, no sé, el caso es que hace transbordo a la línea dos como para cuatro caminos y una estación antes es Quevedo.
Dicho esto partió muy decidida y dejóme boquiabierto cavilando sobre esta “que cosi-cosa” que inspiraba mi nombre a las dueñas, que ni de labios de un alchimista esperara jamás oír tal retahíla de majaderías, pues se diría habían dado mi nombre a la estación de no se que vía crucis algebraico cuyo camino arcano va en transbordo antes que el cuatro en línea de a dos. Siendo yo hombre de letras, que mal he de entender de tomar líneas ni transbordar ángulos, no preocupéme de dar fe destos números, mas admiróme que esta dueña mentara no sé qué obras poéticas (ópera, que dijo en tono subido a la latina) utilizaran metro alguno en sus estrofas que llamaran, por ironía, callao. Aterróme que, empero el ruido que en su día hicieron, tasaran de “callaos” a los metros de mis versos con sólo oír mi nombre en estos tiempos y, peor me valiere, ¡que hasta las dueñas lo pregonaran! Con esta confusión en mientes me arranqué a caminar, sin dejar de admirarme por la grandeza de los palacios y casonas, que eran de altura extraordinaria, de modo que tenían hasta seis y siete órdenes de balconadas, alineadas sin falta. Mas me sorprendió no veer en las fachadas lemas ni blasones de armas esculpidos por doquier, pues de pura y vana arrogancia en mis tiempos se hubieran colmado tan ambiciosas mansiones de leones rampantes lampasados de gules, lobos de sable, bandas engoladas y cruces flordelisadas acordes con su altura. Al menos, pensé llévase en estos días el honor del apellido más en el corazón y menos en la fachada. En esto puse mis ojos en lontananza y vide lo más portentoso que nadie imaginar pudiera: Una quinta babeliana cuya torre se elevaba a los cielos con no menos de veinte y cinco alturas, en lo que entendí que había el hombre porfiado en el vicio bíblico de conquistar el reino celestial, pues casi hubiesen de topar los que allá subieren con los faldones de patriarcas y beatos. Luego supe que a estas torres descomunales llaman rascacielos, que no es poca guasa, y que en Madrid no los hay tan altos como en otros sitios (acaso en Toledo, aunque juráronme que los más altos están en ultramar), y que es menester hacerlos pues si no se le roba sitio al cielo pronto no habría más tierra en el mundo. Mas distrájome de contar con detenimiento las hiladas de ventanas de este fenómeno la mayor desvergüenza y atentado contra la honra que jamás viera. Había ante mis narices dos amantes en plena calle, pollo aún mal barbado y pollita poco criada, tan amartelados en el afán del beso, tan apretados el uno con el otro y tan entretenidas sus lenguas, que turbaba verlos. Mas nadie reparaba en tales libertades, que las numerosas gentes pasaban de largo como inmutables, fingiendo que no veían. Custionéme haber resucitado en Madrid o en Sodoma, que hacía en mí sorpresa cómo habían perdido las doncellas el decoro, que en mis días ciento veces más recato mostraran las putas de Ave María. Fue en esta ocasión que me detuve a observar la vestimenta de las gentes, con más ahínco la de las mujeres, que en verdad digna era de exploración, pues invitaba a la conquista al menos pendenciero. Era lo más notorio que las más de ellas, sobre todo las jóvenes, vestían calzas como los hombres, más o menos ceñidas según el gusto, que no sayas ni faldas, y que a bien seguro no había lugar para enaguas ni refajos ni grandes lienzos que escondieran la virtud bajo estas calzas (llamadas pantalones, como dije). Así iban, gordas y flacas, doncellas y casadas, insinuando al varón las curvas de sus cachas y nalgas y llamando a la carne a voces y al adulterio a puro pregón, que doy fe ha de haber más cornudos en estos tiempos que en las zahúrdas del Dante. Mas he de decir que estas que llevan calzas eran en verdad las más pudorosas, pues peor era que llevasen faldas, visto que tan exiguas y concisas eran éstas, que a algunas no les llegaba el largo a la muslada y, la más luenga, de buen seguro dejaba aún las pantorrillas al aire, ahorrándole al pícaro el trabajo de asomarse por lo bajo o al enamorado el de levantarlas en un lance. Esto era igual para damas de fililí que para feas de pura verruga, de suerte que tan pronto era delicioso el paisaje ofrecido como grotesco el adefesio. En su afán de descubrir vergüenzas llevaban muchas mozas los pechos cubiertos con cualquier trapo, si bien siempre de ricas telas y vistosa color, y el vientre al aire que se les viese palpitar si preñadas, y las más descaradas, como ésta de que hablo, un arete de plata en el ombligo, a la usanza de las concubinas moras que rezan los romances, cuando no en la propia jeta. Corrióme la idea de cuán arduo había de ser distinguir en este mundo moderno a las damas de las busconas, si es que alguna distinción aún cabía. Reparé también en la escasez de melenas, sueltas o recogidas, pues las más de las damas llevaban la cabellera corta como doncel o aún más, como internos del orfanato de Amor de Dios. Lo que no había hecho mudanza en la mujer con los siglos es la manía de aclararse los cabellos, untarse de afeites y arreboles los ojos y rostros y de colores los labios, aunque parecióme que más que blanquearse con polvos se amulataban con ellos. Llamaban a este afeitado maquillaje, acaso por que fuera el arte de borrar las macas, y era cosa de gran importancia, que por llevar consigo esto, algún pañuelo, los dineros que sisaban a sus galanes y otras artimañas de dama, iban a todas partes con un zurroncillo colgado, a guisa de faltriquera. Igualmente observé que usaban chapines de talón alto, y ricos botines muy dispares, que tampoco habían de morir de hambre los zapateros. Los hombres vestían con más dignidad, aunque alguno vide con las calzas hasta las rodillas y las mangas de la camisa no más allá de los codos, mas no vide por más que hice en buscarlas capas, ni puños ni blusones atacados. Los de más respeto, y se veía esto en sus andares más afectados y en que viajaban en los coches más lustrosos, llevaban una cinta anudada con mucho arte bajo el cuello de la camisa, como para ahorcarse, cuyos cabos anchos como solapones, colgaban hasta la panza. Dicen que estos señores así vestidos andan en tantos negocios que acaban con un mal llamado estrés, que viene a ser un ahogo por aturrullamiento, y pienso que muchos llegan a eso por andar siempre con la soga al cuello. Tan ridículo parecióme este adorno que me inspiraban estos caballeros más mofa que homenaje, mas no he de reír sabiendo que buenas golillas y valones lucieron mis abuelos, que no fuese cosa de menos chanza. Estando yo en estos pensamientos, la moza de vientre anillado y tan libertino atuendo abordó un auto bús llamado Piso Bajo que llevósela de súbito, y el zagal abandonado tornóse a mí y díjome:
-¿Y tú que miras, tronco?
Mostréme un tanto turbado por tan extraño apelativo, que nada bueno ha de significar, mas consideré que tal vez me fuese de más valía que este mozalbete, de seguro versado en navegar en estas tan turbulentas aguas del porvenir, no huyera de mí tratándome de loco ni de hereje ni de aparecido, abandonándome a la deriva, sino me sirviera de insignia por ellas. De modo que, perillán de mí, dirigíle afectado tono con palabras de lance amistoso:
-Pídote mil disculpas si te turba mi curiosidad, tronco amigo, pues parecióme conocida tu faz, mas pudiera ser por semejanza acaso a retrato alguno de tal o cual joven apóstol que viese en una jornada a Italia lustros ha. Has de saber, si te extrañan mis maneras, que largo tiempo estuve lejos del mundanal ruido, preso en lejanas tierras sin contacto con los sucesos del mundo moderno. Bien te agradecería que te resignaras a mi compañía, si otros menesteres no te apremian al punto, y tuvieras a bien informarme, tío tronco, de algunos acontecimientos recientes que no son de mi dominio. Es favor que espero de algún modo pueda compensarte.
-Oye –contestó- tú no serás maricón, ¿no?
Siendo este término más transparente en su explicitud, aprésteme a aclararlo:
-Caballero soy, que no cobarde, sodomita ni pervertido, y bien curtido en ello, que más entiendo de putas que de novicias.
-¡Joder! Es que con ese pico que tienes, macho, cualquiera sabe.
¿Quieres un cámel? –díjome ofreciéndome un canutillo como de pliego blanco que sacó de una talega muy curiosa, que tenía el retrato de un dromedario bien jorobado, mientras se metía otro en la boca. Temeroso de pecar de descortés, tomélo y dilo un bocado, creyéndolo mojama de camello o algún otro raro regalo para el gusto, mas hallé esto que llaman cámel acerbo y picante como tabaco reseco, atentado vil para mi paladar, otrora bien enseñado, rogando a Dios para mis adentros que aún hubiese costumbre de comer perniles, longanizas y pasteles, amén de tales cámeles. Hizo gran fiesta de esto el mozo, que no cesaba la carcajada y el llamarme marciano, en tanto que con un artilugio que chascaba hizo lumbre en un guiño y se encendió su cámel por un lado, provocando un humo denso, como de leña mal secada, que hacía heder al maldito palitroque peor de lo que sabía crudo. Pregúntele si eran los tales marcianos herejes idólatras de Marte que cabalmente vetaban estos humos y él me dijo que no, que eran extraterrestres, o gentes de otros planetas, ante lo cual hube de constatar que yo era español y cristiano viejo, aunque bien me agradase conocer a uno de esos marcianos, que jamás anuncio dello tuve. Y así comenzamos a caminar por el margen de una travesía, conversando lo que las toses y carrasperas me permitían, que del humo de este camello quemado y del de los caballos que quemaban los coches, los bofes se me querían salir por el bigote. Vide en este paseo cosas insólitas que narro de seguido.
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Ahora sigue tú, Atarip 
Alejandra
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