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El Portero
 
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Predeterminado Re: SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo

V. DE CÓMO CONOCÍ LOS OFICIOS Y MERCADERES DEL PORVENIR

-Esto de fumar crea adicción, ¿sabes? Una vez que empiezas no puedes parar. Te engancha y ya la has cagao. –Decía este tal Güilli, que así se llamaba el mancebo, aunque confesóme que en realidad llamábase Guillermo, pero le colgó el sambenito su amigo que es un Gil y Pollas. Deduje desto que quienes ostentan el apellido de Gil y Pollas, aunque suene tan jocoso por el gil como por las pollas, han de ser familia noble y disfrutar cierto albedrío en dar órdenes y dictar conductas y así mucho han de influir en la España moderna. Ciertamente vide mucha gente haciendo humos como chimeneas y asombróme cuán proclive a ahumarse se había tornado la plebe en la modernidad. No anduvimos mucho y ya nos topamos con una sastrería, que tenía un rico mostrador con grande cristalera para mostrar el género y en él había unas estatuas muy burdas vestidas a la usanza, muy bien atezadas a modo de señuelo.

-¿Sastres tenemos? –dije para mi- ¡Válame Dios! Poco han medrado los azotes del hombre con el tiempo.

Intrigóme la profusión de rótulos que anunciaban rebajas en ciento colores e indagué al jovenzuelo si en estos tiempos los sastres, amén de cobrar buena plata por vestir, pedían dineros también por rebajar los largos a los escotes y faldas del atuendo de las damas y así iban mermándolos hasta que enseñaban lo que es púdico guardar. Díjome Güili que no era tal, que era el cobro lo que se rebajaba por la compra del vestido, que tanta era la rivalidad entre mercaderes estos días que se obligaban a menguar los montos y así vendía más género el que lo ofrecía más rebajado. Díjome que se llama a esto libre competenciay parecióme hipócrita tal cosa, pues de cierto no han de vender los sastres ni un mal harapo por menos de lo que vale, pues de cada puntada que dan hacen un potosí, y ruin es engañar al que compra dándole como breva lo que es higo. Fíjeme que todos los precios, rotulados en números árabes, acababan en noventa y nueve, a fin de que el incauto creyera que ciento menos uno es menos que ciento.

-Vil rebaja ha hecho este sastre –dije señalando un blusón de la muestra, que parecía de mal paño- que pide por este pingajo catorce mil nuevecientos noventa y nueve reales en vez de quince mil. Acaso por quitarle un real, que es lo que en verdad vale, ha de ensoberbecerse de que lo esta regalando. ¡Así se condene por su mezquindad y le den tantas puntadas los diablos allá abajo como él dio aquí!

Riose de mis palabras el zagalillo, mas diome la razón, que bien la tenía. Anduvimos apenas dos pasos cuando topamos con una botica, que para darse aires de sciencia llamábase farmacia y de atracción tenía una cruz verde sobre la cumbrera que tenía luz propia y al punto se apagaba para volverse a encender, y así mil veces, para que no hubiera cuidado que mortal alguno pasara de largo sin verla. Maravillado yo ante este artefacto como por hechizo, que si no fuera la cruz símbolo de Christo diría que tal centelleo fuese cosa de demonios, dedujo mi acompañante que jamás vieren mis ojos tal.

-Tu flipas con cualquier cosa, ¿no? –díjome, mas, embelesado, apenas escúchele.

-Disculpa mi ignorancia, aunque diréte que los más sabios fueron los únicos que osaron reconocer que no sabían nada, porque nada se sabe en realidad, sino se cree que se sabe.... ¿Es acaso esta luz prodigiosa de la misma naturaleza que eso que llaman bombilla?

-Pues claro, hombre, es eléctrica, ¿qué va a ser? –respondióme como si fuera cosa habitual. Y quise yo ahondar en este enigma, que no supe bien si tuviese ello que veer con la Electra que fuera hija de Agamemnón o la que Júpiter violentara tras el Paladión y pusiera entre las Pléyades, y grande curiosidad me causaba que esta luz fuera hurtada a alguna estrella.

-¿Es esta luz de Electra, si ha de venir de fuego ninguno, trujida de estrella alguna en virtud de extrañas artes? –inquirí.

-Tú te estás quedando conmigo, macho –díjome. -¿De verdad que no conoces la electricidad?

-Nueva es para mí y vive el Cielo que me deslumbra este invento –dije asintiendo.

-Pues viene por unos cables, tío... ¡Yo que sé! De las presas y las centrales nucleares.

Esto me dijo y horrorizóme imaginar mujeres en calabozo entretenidas alumbrando esta luz por arte de brujería, pero más aún turbóme la respuesta que recogí cuando indagué qué eran las centrales nucleares:

-Son como unas fábricas que nadie quiere tener cerca, porque el día que pegan un pedo a todo el que pilla le vuelve mutante y tan pronto te crece un rabo en la frente como te nace un hijo con dos cabezas o te da cáncer hasta en las uñas.

Dejóme esto espantado y no había vencido aún mi asombro cuando salió de la botica una mujer más vieja que el dolor de muelas, envuelta en tan ricas pieles que diríase espantacuervos en piel de oso, la faz como pescuezo de abanto, pintada de más colores que un tríptico de Fray Angélico y, en su regazo, cual si fuera niño divino encaramado a su madonna, atesoraba un perrucho de falada que le quitara al gato más esmirriado las siete vidas una por una de pura risa de verle, pues era tan enano y tan rufo que no valiera más que para lustrar zapatos. Y era lo más notorio que este can miniaturesco vestía saya de buena lana e iba en brazos del ama no fuera a enmarranarse de pisar el suelo.

-Este perro ha de ser mutante de pedo nuclear, que de otra manera no se concibiera tal aborto fuera de los infiernos –dije yo. Desto Güili se rió mucho, y más cuando la vieja bufonesca me exhortó “¡Grosero!” con cierta vehemencia, y no sé si fue ilusión mía o al decirlo le bailaron los dientes dentro la boca.

-Ven conmigo que tengo que comprar condones –dijo el zagal e invitóme a pasar a la botica. No más entramos que atacóme un olor que tumbaba a emplastos, jarabes, purgas y lamedores. Por doquier había cajuelas de específicos y en las alacenas rico botamen, mas no vide enemas ni calas, lo que me dio alivio. Llamaron a mi vista varios retratos como en pliego de increíble realismo que representaban mujeres muy bellas, que el artista había copiado como ellas vinieron al mundo, sin ropa ni vergüenza, y parecióme que estaban allá expuestos como reclamo de ungüentos y afeites. Triste es que las viejas necias, podridas de achaques en cuerpo y alma, dieran dineros a los boticarios a cambio de tales untes de eterna juventud, pues a todas luces eran remedio inútil.

Mirábame el boticario, que vestía un blusón blanco cual camisón de ramera, indagar en su género con curiosidad y repugnancia, y preguntóme en mala hora si quería algo.

-¡Malhaya! –respondíle- ¡Qué antes me coman las viruelas, se me laceren las llagas de materia corrompida y la piel se me vuelva golondrino puro y costra de leproso, que pruebe yo sus venenos, sus azogues y sus yerbas de Indias! Que si bien dicen que mala yerba nunca muere, a fe mía que siempre mata si pasa por el mortero de los sicarios de Dioscórides. ¡Agora que sin duda sé que vengo de la muerte, no me acobardo de morir de cualquier mal que no se cure con pan y tocino, que si he de morir de nuevo Dios quiera que lo haga en paz y no en violencia de purgante, de enema y de sangría!

Corrióse desto el boticario, que quedó mudo por no tener réplica a mi sabiduría, que hubiere de ser perniciosa para su oficio si hubiese más resucitados de ultratumba en el mundo. Güili pagóle copiosos doblones, que el boticario metió en un cajón muy ruidoso, hízome gesto para irnos y marchamos. La puerta era un cristalón de doble hoja que se abría sin ayuda de nadie como por maleficio, cosa de Electra sin lugar a duda. Pregúntele al zagal si esos condones eran para condonar alguna deuda que tenía.

-Los condones –me dijo muy serio como si fuera cosa de gran monta y secreto- son para echar polvos a mi novia.

-¿Qué fiebres o qué tabardillos padece la desgraciada niña –preocupéme- para obligarte a dar tantos dineros al boticario por tales polvos? Mira que polvos de botica los más son veneno.

-Tú vives en Babia, tronco –perturbóse y colegí yo que Babia es, cual fue en mi día, lugar remoto y atrasado-. Es una capucha que se pone ahí (e indicaba como a las bolsas de la entrepierna) cuando lo haces y así no se queda preñada, ¿entiendes?

Dejóme cogitabundo sobre estas novedades, que no eran muy claras para mis sentidos, no atreviéndome a decir que todo cuanto oía se me antojaba pecado contra la natura. Malo era que hubiese menester de capucha para fornicar si en mis tiempos hubieran de quitársela hasta los frailes, llegado el lance. Junto a la botica había un zapatero de los de nuevo, promiscuo en rebajas, que zapateros y sastres siempre han ido a la par, luego un artesano de vihuelas y mas allá un mercader con ricas frutas que lucían bien delicadas. A esto se seguía una esquina que era ínsula de un mendigo, más pordiosero que gallofero, clemente arrodillado a las puertas del más opulento y luminoso zaguán de cuantos hasta entonces hube visto. Pensé para mis adentros que este había de ser lugar de humos, que bien sabían los mendigos hincarse en el umbral de la potestad. Veíanse dentro muchas gentes en pie ordenadas unas tras otras en espera de que dos o tres personajes muy circunspectos, atrincherados tras una ménsula a modo de confesores, les recibiesen. Al veer tal riqueza en mármoles y tal muchedumbre de adeptos, en contraste con lo sosegada y postergada que andaba la parroquia del hermano Zanca, díjeme que fuera ello lo que fuere, con la iglesia del mundo moderno habíamos topado, pues tal ansia, apego y fervor veíase en aquellos rostros que aún algunos dellos iban mirando un devocionario que llevaban y recitando para sí, pues no hablaban unos con otros sino apenas consigo. Pregunté al joven y diome gran congoja lo que entrevide en sus palabras, que eran parcas y mal hiladas, con tanto macho y tanto tronco que hubiese sido preciado arriero en una carpintería. Díjome que era aquello un bancoy que eran estos dueños de los dineros de todos y por eso tenían por riqueza propia la ajena, y que era su negocio hurtar del dinero que cuidaban, es pues el oficio de estos días más próspero el de los avarientos, pues si de mala fama gozaron sayones y prestamistas por su usura en mi tiempo, agora eran fuente de admiración y modelo humano, y así me dijo el corazón ante estas visiones lo que luego aprendería sin muesca de duda: Que es el dinero la única religión viva y su doctrina la avaricia, pecado la humildad y virtud la ostentación, los bancos asiento de nalgas de los nuevos pontífices, que por tener los dineros de los hombres pueden así comprar sus almas. Diome grande lástima y aún era ignorante de cómo andaba el mundo mal repartido.

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Pirata
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limia (15-09-2009), marpirao (27-11-2009)