Re: Permitidme una confesión.
Los días siguientes se desenvolvieron dentro de una atmósfera de película. La señora, a la que a partir de ahora llamaré Adèle, resultó ser una experta submarinista, una caminante infatigable y, aunque algo alocada, una conversadora divertida y ocurrente. En sólo tres días nos convertimos en asiduos compañeros de inmersión, de paseo y de charla, hasta el punto de que el cuarto día resultó absolutamente normal para todos que planeásemos juntos una salida en lancha hacia una cala inaccesible por tierra, y casi invisible desde la mar, en la que, según me contó, se había rodado un spot publicitario de una famosa marca de diseño italiana.
Nuestro anfitrión insistió en que nos llevásemos su bonita lancha de 8 metros en vez de utilizar el bote auxiliar del barco, pues había que remontar un poco de viento contrario y consideró, con buen criterio, que sería más elegante navegar sin dar tumbos.
Nada más salir del embarcadero Adèle se desprendió de casi todo lo que la cubría y estiró con fruición su espléndido cuerpo bajo el sol. Al doblar un pequeño cabo enfrentamos algo de mar de ola corta, sobre la que fue inevitable dar algún pantocazo. Ella, con los brazos cruzados sobre el pecho, daba pequeños gritos y me recriminaba “vous allez déclencher la poitrine d’une honnête femme!”, lo que, traducido al español, suena algo más cursi –aunque no mucho más- que dicho en francés: va usted a descolgarle el pecho a una buena mujer. Y, sí, ya sé que parece extraño, transcurridos cuatro días y habiendo establecido una cierta amistad, dos franceses pueden seguir tratándose de usted.
La cala es un lugar insólito al pié de unos farallones de más de cien metros de altura. Daba miedo pensar que alguien pudiera lanzar una piedra desde lo alto, pero Adèle me tranquilizó diciendo que la parte superior era casi tan inaccesible como la cala y que, en todo caso, los lestrigones no eran originarios de aquella isla. Las paredes de roca son como el tubo de un cañón que apuntase al cielo, y nuestras palabras y algo del rumor del mar, súbitamente aquietado, reverberaban entre ellas. Nos bañamos en silencio en un agua mansa cuyo color andaba más cerca del violeta que del simple azul. Luego nos tendimos a la sombra de las inmensas rocas, sobre la colchoneta que ocupaba casi toda la proa.
Girando sobre sí misma Adèle puso sus ojos sobre los míos. Tan cerca, que el resto de su cara quedaba difuminada. Mira mis ojos y dime ¿de qué color son?. Con sinceridad absoluta le dije que sus ojos tenían un color como de mar de agosto, ese color que toma en la lejanía, un poco más aquí que la línea del horizonte, cuando sopla un poco de brisa. ¿No hay nada de bruma?. No, en agosto no hay bruma. Entonces, bien. Y, sin más, empezó a besarme.
Cuando una pareja convive durante unos años, se establece entre ellos una especie de ritual del amor formado por palabras, gestos imperceptibles, leves presiones, ciertos movimientos. La pasión también marca la piel, a veces, con rubores que aparecen siempre en los mismos lugares y que son como señales veraces para el amante. El conjunto es una especie de idioma físico que sólo es hablado y comprendido por ellos y que, además, resulta irrepetible con otras personas. Es por eso que casi nadie guarda un recuerdo muy positivo de su “primera vez”. La primera vez, el amor no sabe hablar y tampoco oye muy bien.
Adèle me sumió en un hechizo brillante y narcótico; anuló por momentos mi consciencia y mi voluntad. De pronto me di cuenta de que estábamos articulando con toda exactitud el idioma que había muerto, veinte años atrás, enredado en las notas del Concierto de Varsovia. No sé si llegué a sentir miedo. Creo que sí. ¡Mírame! Mírame! Mírame a los ojos! Es agosto y no hay bruma! Despídete de la bruma y de la niebla! Porque ya no la verás más.
Y, por fin, con voz un poco agónica y acabando en un grito que tal vez viaje ahora hacia Marte impulsado por el ánima del cañón sideral en el que nos encontrábamos, dijo unas palabras que, semanas más tarde, adquirían un significado un poco escalofriante:
J’ai tout donné. Maintenant, je prends. Oh, oui : JE PRENDS !
Durante unos instantes, que no me parecieron una eternidad, sentí otra vez aquel dolor viejo, aquella pena tan honda. Luego parece ser que lloré un poco.
|