Re: SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo
VI. DE CÓMO SALÍ HUMILLADO DE MI PRIMER DÍA DE RESUCITADO
Explíquéle a mi acompañante cuánto habíame afectado veer a las gentes vertidas en cuerpo, alma y bolsa en tal frenesí de cambalache para llenar las panzas de los avarientos prestamistas y él me dio a entender que es aún peor de lo que parece, pues las gentes abusan en sus compras de unas tarjetas que valen como dinero aunque no lo sean y esto les obliga a vivir en continua deuda, pues pagan el mes que viene lo que gastan éste, y que para amortizar sus moradas humildes dejan copiosas prendas, haciéndose deudores de estos bancos de sanguijuelas por tiempos de veinte o treinta años en concepto de hipoteca, que ha de llamarse así porque es tal su cuantía que una vez dicha quita al punto el hipo. Indicóme un engendro que llamaban cajero automático, en plena calle, que era máquina de dar dineros y era esto como un reclinatorio muy iluminado que parecía invitar a la oración, y allá acudían muchos fieles paganos idólatras del capital y ufanos obtenían su redención en forma de pliegos de colores, que llaman billetes y se guardan bien cerca del corazón, como carta de amante. Lamentábame de cómo había embrutecido el mundo tan gravemente, acentuándose los vicios que viera en mis días en tal medida, que se me llenó la cara de mocos y lagrimones que sin poder contenerlo, me corrían barbas abajo como velones, a la que Güili intentaba consolarme arguyendo que no es tan malo, que así cada uno tiene lo que satisface a sus vicios y todos andan complacidos menos los que por codiciosos quieren más de lo que pueden tener, sean pobres o ricos. Y díjome que de estos infelices hay dos tipos: Uno que teniendo todo para sí quieren tener más, que llaman capitalistas y otros que no teniendo nada lo quieren todo para todos, que se llaman comunistas, y que estos últimos andan tan descalabrados que pocos dellos quedaban. Y me dijo que luego hay otros que no saben lo que tienen ni lo que quieren, y que su único afán es no mezclarse con los que creen ajenos, y que estos se llaman nacionalistas. Explicóme que todo esto no era malo pues teníase libertad para ser lo que se quisiera sin que nadie obligara a ello, de modo que los más de los ricos eran capitalistas, los más de los pobres comunistas y los que no eran ni ricos ni pobres, que eran mayoría, se agarraban de unas y otras banderas según de dónde soplara el viento para ir viviendo y dando el pan a los suyos, excepto los nacionalistas, que siempre iban agarrados de la misma bandera en porfía de testarudos aunque se les fuese el pan en ello. De todo esto no entendí gran cosa, de modo que en demostración de la forma de vivir moderna me condujo a un lugar llamado cortinglés donde me dijo podría comparar lo que quisiera, siempre que tuviera pelas, por de más. Estas pelas eran dineros, pensé yo porque las van pelando según llegan, mas luego aprendí que esto era abreviatura de pesetas, que era unidad de moneda corriente por haber rebajado los pesos, que ya no se hacían de oro ni plata sino de metales tan falsos que las más de las piezas de veinte y cinco en su día venían con agujeros. Mas no di yo con estas pesetas, pues lo corriente en estos días eran los euros, unos ducadillos de fantasía que aparecían de oro por afuera y de plata por de dentro, pero no eran ni una cosa ni la otra. Dábame que pensar el que se cambiaran en estos tiempos las monedas de los reinos con el desenfado del que se cambiaba de camisa, lo que ha de confirmarme cómo el mundo gira al son de los caprichos de los poderosos, que habían vendido el cuento de que con moneda nueva podría la plebe comprar en otras naciones europeas, como si fuese fácil o labor de cada jueves negociar con francos, valones y genoveses sin salir escarnecido. Sopléme los mocos y seguí al zagal hasta un monumento horrendo y ciclópeo, de hechura muy simple, con menos luces que una mazmorra, que yo creyera mastaba funeraria de no ser porque de cuando en cuando salía alguno vivo, o acaso fortaleza de no ser por carecer de almenas ni torre de homenaje. En alto colgaban unas letras piojosas de mala caligrafía y tamaño a prueba de dioptrías que rezaban El Corte Inglés.
-Si han menester cortarme algo –dije- antes me he de decantar por el estilo español, que el corte al que más fama han dado los ingleses es el de gaznate por hacha de verdugo.
En esta conversación subimos unas escaleras salpicadas de pobres y pichones hasta la puerta del edificio, de portones de vidrio de una pieza y guardada por un rompe esquinas de mamporro en cinto. Al pasar el umbral diome una ráfaga de aire cálido con gran violencia que meneóme cabellos y barbas, como sobrenatural, cosa que me hizo pensar que no era este umbral distinto al del infierno. Mas una vez dentro surgióme un relente como de escalofrío, a guisa de anuncio de la muerte o algo peor, y escuché al punto música muy extraña, como lejana pero muy nítida con un pálpito de timbal a galope frenético sobre el cual una voz de sirena atormentada profería repetidas veces el mismo alarido, pese a que por más que oteaba en derredor con desconcierto no vide musicante ninguno ni nada que se pareciera. Tranquilizóme veer que se movían por allá muchas gentes sin pesadumbre alguna y pronto reparé que era esto una suerte de mercado, pues había numerosas ménsulas desbordadas de pamplinas de mil colores y tras ellos solícitas damas uniformadas a la espera de compradores, cual peculiar soldadesca en el campo de batalla del consumo, despachando al crédulo enemigo a golpes de sonrisa, más falsa que el honor de Judas y más afilada que la espada de Herodes. Buena zurra hubiese dado Christo de haber entrado en este templo de hipócritas. Acercóse a mí una de estas amazonas al punto ofreciendo rociarme con un tal o cual nuevo perfume, cual si hubiere de agradarme ir perfumado cual césar sodomita o duque de Venecia.
-¡Atrás hija de Mesalina! –dije apartándola- ¡Guardad los perfumes para vuestros burdeles, que ya se cuidarán los hombres de ir detrás de sus narices hasta ellos!
Mostróme Güili una tablilla escrita que intitulábase directorio y díjome que había tantos pisos y que en cada cual se vendían distintas cosas. Preguntóme si quería comprar algo y contesté que aunque quisiere no tenía pelas.
-Macho, tienes un problema –dijo. –Acompáñame al menos que quiero pillar un cedé.
Iba yo a preguntar qué significado tenía tal cosa, cundo vide ante mí lo más aberrante que haya parido el ingenio humano: Una escalinata que se movía sola sin parar, surgiendo de la tierra en un punto y siendo tragada tal cual en otro, de suerte que el que saltaba a ella bajaba sin hacer el esfuerzo de ir de peldaño en peldaño. Tenían los escalones como dientes acerados y vencióme el pánico de que me tragara la tierra en tales fauces si erraba en poner el pie fuera della a tiempo. Fue tal la desconfianza y cobardía que este engendro me inspiraba que rogué al zagal me condujera por vía menos comprometida, lo que le irritó un punto, aunque aún reíase de verme al borde de tan proceloso precipicio mecánico acobardado de dar el brinco, a lo que unas viejas perdieron la paciencia y hubo de darles paso. Saltaron sin sobrecogimiento y fueron devoradas por el artificio. Dios las tenga en su Gloria, aunque bien visto las escaleras bajaban sin pausa, luego al infierno iban. No había salido de este sobresalto cuando metióme Güili en una camarilla del tamaño de un refectorio, tocó un número en la pared de varios que se ofrecían y cerráronse las puertas solas por cortesía de Electra una vez más. Para mi asombro, en un guiño se volvieron a abrir y estábamos en otra parte. Imposible era que en un santiamén hubiera cambiado tanto el paisaje, luego cosa de alucinación había de ser que al salir por la misma puerta que acababa de entrar me encontrase en otro sitio. Quedé tan turbado que no podía decir palabra.
-No me digas que tampoco habías visto un ascensor –dijo Güili. -¿Pero de dónde coño vienes?
-De Babia –y esto fue todo cuanto pude decir cuando recuperé el aliento. Si me lo hubiesen tratado de aclarar entonces menos hubiese entendido, pues poco simple era para mi percepción que, sin notarlo, en la camarilla llamada ascensor habíamos descendido al sótano. Más cabalmente hubiese entendido que le habíamos robado a Christo el secreto de las artes que empleó el día de la Ascensión para viajar de un mundo a otro. Por mi cabeza en confusión babeliana lo único que ascendía y descendía eran las palabras modernas... Babia, ascensor, cedé, condón, auto bús, Gil y Pollas.
-¿Qué diablos es un cedé, amigo macho? –pregunté al fin.
-Para oír música. Ya verás cómo mola.
A cada punto entendía menos. Sentíame cual zapatero en convento de carmelitas, cual castrado de harén, cuando al fin vide algo que me despertó el ánimo, pues halléme rodeado de volúmenes por todas las partes y vive el cielo que me hallaba entre libreros. Sabido esto, respiré como pescado que vuelve al agua tras salvar los páramos y le rogué al joven Güili que, si no era contratiempo, le aguardaría en ese lugar mientras él molaba su cedé o lo que fuese menester. Y así se hizo.
.../...
Pirata
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