Re: SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo
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Estaban los libros ordenados según sus clases, algunos apilados en tablero más a mano bajo licencia de “Los Veinte Más Vendidos”, y eran estos de los que las gentes codiciaban. Por fuerza había esto de ser un círculo vicioso del que sacaban provecho las imprentas, pues bastaría el engaño de acomodar mala biografía de cornudos firmada por Basílides heresiarca entre ellos para que los crédulos dejaran en ello sus caudales. Hojeando estos libros vide que los más trataban de fábulas, con más diálogo vacuo que meditación y consejo y que muchos eran de plumas extranjeras. Eran muy ricas las ilustraciones de las portadas y de prodigioso realismo los dibujos. Tornéme a unos libros de artes geográficas y sorprendióme la claridad de las ilustraciones y su colorido, que aparecía impreso cual si fuera imagen duplicada al pliego. Se llama esto fotografía y es una de las cosas más celebradas del mundo moderno y una de mis preferidas, pues hojeando un libro en un minuto se puede viajar más que corriendo el mundo en un año, mas distrae de la lectura y quita el pan a los poetas, pues bien dicen que una imagen vale más que mil palabras, que la más de la gente es ignorante y hace ascos al libro si no viene bien pintado y en cuanto se cruza con una página toda garabato lo cierra y lo condena. Percatéme de que los otros veinte mil y pico de libros, que yo supuse los “menos vendidos” estaban bien ordenados por géneros así como por imposición del alfabeto. Bien pudiera mentir y alegar que fue mera curiosidad y afán de averiguación, mas es de modestia admitir que no fue sino la pura vanidad que me empujó la Q en los anaqueles de los poetas. Con grande regocijo vide ahí mis libros de imprenta moderna y lustrosa y estaban allá varios que yo escribí y otros que no escribí empero llevaban mi nombre. Y había allá incontables libros de genios que yo conocía y otros que yo desconocía acaso por más jóvenes. Dibujóseme una sonrisa de verme así honrado y aún más de veer sin honra a cuantos hombrecillos ilustres me difamaron, que de ellos no había firma alguna en estos señalados como grandes clásicos y dudo que la hubiera tampoco entre los chicos. A salvo queda, por cierto, Don Luis de Góngora, el muy majadero, que ha querido la fortuna le haga yo compañía en sus Soledades, y alegréme yo poco desto en el fondo del corazón, ¡quien lo pensara!, a pesar de los sinsabores de otros días. Di gracias a Dios de verme como excepcional testigo de la inmortalidad de mi obra y pasé un rato hojeando estas versiones modernas de mis escritos. Tanto habíase abandonado del idioma culto con los siglos que muchos de mis pasajes iban comentados al pie de la página por el censor, editor o quien fuere y las más de estas interpretaciones eran bastardas, pues buscaban cultismos donde no los había y dobles sentidos donde no era menester hallar ni medio. Tachábaseme de genio, mas no sé si a merced de mis artísticas virtudes o de mi mal humor. Pasó por mi cabeza como estando mi persona en tan alta consideración había ido a parar mi calavera a tan anónimo osario. Mas despertóme de tal trance de arrogancia el imberbe Güili, quien me mostraba su cedé. Venía a se una cajuela plana como de un cristal que no era frío al tacto, que luego hube de aprender que se llamaba plástico y es a lo llegaron los alchimistas en lugar de la piedra filosofal, que parece que al fin se cansaron de darse cabezazos con ella. En esta caja había como retrato de familia de jóvenes muy compuestos y decía palabras nada latinas y poco cristianas, como de cábala de Paracelso. Yo lo meneaba y el mozo impacientóse, quitómelo de las torpes manos, abriólo y sacó de allá una sustancia plana y redonda, plateada como espejo de dama que hacía arco iris muy vistoso en un flanco.
-¿Ves? El disco está dentro –dijo. Tomélo y púselo junto a mi oído mas juro que no oí música ninguna.
-Su arte ha de tener hacerle cantar a esta rodaja –apunté. Mirábame el mozo como descreído de mi ignorancia
-Anda, tío, te invito a una caña –me decía- que parece que has salido ayer del tiesto.
Al punto me vide de nuevo al pie de las escaleras del diablo y hube de armarme de valor para saltar a ellas, que a tal velocidad corrían que una vez subido en ellas dábanme vahídos de notar el mundo apresurándose bajo mis pies. Fuera ya de este mercado de locos sentí gran alivio, como si el aire que había respirado en tal lugar no fuera cosa natural y me estuviera destemplando la sangre en los bofes. Poco anduvimos entre las gentes y los coches que iban a cual con más prisas que diome un sobresalto lo que vide, pues reconocí el convento de las Descalzas Reales, y al poco la torre de la parroquia de San Ginés y sólo entonces caí en la cuenta de cuán grande era la mudanza que todo había sufrido y helóseme el alma de conocer que ya apenas nada de cuanto yo conociese en aquellos sitios quedaba en pie, y que las más ruinosas de las casas y palacetes, que no se tenían sólo de puntales, eran más nuevas que cuanto yo hubiere conocido en vida. Allá donde estaba la casa de un escribano que hurtaba con la pluma más que mil urracas había un hormiguero bajo la tierra, que llamaban aparcamiento acaso porque tal soterramiento trajese a la memoria una visita de la Parca. Allá donde había un palacete de gentilhombre que había despachado más honras de dama de corte que cuchillos en duelo había agora casón de cuatro alturas con posada, que llaman hotel y mesón, que llaman restaurante acaso porque el tufo a catre y a vino restaurase las parrandas que antaño fueron célebres. Acullá donde se erigía ermita de aleros vencidos y christo mutilado por judíos, hoy había taberna, que llamaban bar, pues es palabra más elemental a declamar cuando se anda ebrio y balbuciente, y allá que fuimos. Era esta taberna ruidosa más por la abundancia de artefactos para mí desconocidos que por la congregación de parroquianos. El más estridente era un aparador con luces muy variadas y estampas de guindas, melones y otras cosas, que cantaba sin compañía un salmo infernal, en el que un anciano pudrigorio de bonete mal calzado dilapidaba una fortuna en moneda sólo para veer cambiar los retratos de guindas por melones y los melones por guindas, al tiempo que blasfemaba. Esto parecióme desatinado y no hizo mudanza mi parecer cuando me explicaron que era un juego, y que la esperanza del viejo era que la máquina, bien llamada tragaperras, le devolviera algo algún día. Mal vicio era el juego, pero si ya era arduo hacer ganancia jugando contra un igual, de locos he de juzgar ser matutero frente a un mueble cantarín, que si bien los tramposos cargaban los dados en sus triunfos, estos armatostes habían de ir más cargados de plomo que un navío de guerra. Preguntar no quise qué virtud tenían otros armarios luminosos que allá había, aunque uno dellos tenía retratados unos cámeles y bien procuré alejarme no fuese a comenzar a ahumarme a fuerza de fuelle. Del techo colgaban perniles muy apetitosos y en un rincón longanizas y cecinas. No había odres ni barricas, mas en su lugar eran abundantes las botellas y garrafas. El pollo Güilli pidió una coca cola y fue servido en respuesta un póculo de color de hiel que hacía violentos hervores, de modo que el bodeguero, hombre tosco de vello lobuno y mirar áspero, para aplacarlos vertiólo de la graciosa damajuana en un vaso lleno de piedras de puro hielo. Huelga decir que en mis días la Santa Inquisición hubiese pasado por la pira a quien administrare tal poción y yo mismo hubiera encendido la hoguera y sermoneado tales rigores tras catar este bebedizo, pues el zagal insistió en dármelo a probar confiado y no más se posó en mi lengua diome unos chasquidos y me dejó un asco en el gaznate tan hondo como si hubiese tragado cocimiento de cuesco de abanto o peor purga. Escupí con vehemencia este veneno execrable y pronto busqué en derredor bebedizo cualquiera que me devolviera el gusto. Sobre la repisa de la taberna había una fontana con caño ricamente ornada y deste caño salían las tales cañas, que eran de cerveza como se toma en Flandes, mas yo quise hacer fiesta de resurrección con un vino generoso, que había de hacer más justicia a mis apetitos y costumbres de antaño. Confesar he menester la emoción que me produjo veer el tono rubí en la copa y sentir en mis labios de tantos años secos el licor divino, y doy fe que hasta que no tuve el paladar regado no percatéme plenamente de estar en verdad vivo, que hasta entonces todo podía haber sido un mal sueño. Buenas viandas se mostraban en un anaquel ante mí, tales como quesos, guisos y estofados. Tan vivo sentíme que decidí saciar el hambre de tres cientos y tantos más años con un poco de esto y de aquello, sin reparar en el gasto que se hiciera, a fe de que podría fiar la deuda y pagarla otro día. Durante el festín en que el joven Güili y yo nos regalamos, comiendo a dos carrillos hasta que se nos trabaron las quijadas del hartazgo, entráronse unos músicos a la taberna. En cuanto aparecieron, algo desusado vide en ellos, mas de primeras no acerté a saber qué cosa. Mas al punto caí en qué era en ellos señalado y es que vestían a la usanza que yo acostumbraba, de calza, jubón y capa, muy al estilo de mi época, como hasta entonces no había visto. Acérqueme quedo a ellos con mil pensamientos en mi atormentado seso e incrépeles:
-Decidme, músicos, ¿por ventura estabais muertos y habéis vuelto a la vida en vuestra antigua mortaja, acaso hoy mismo, como fue voluntad de Dios para conmigo? Y si no... ¿Por qué vestís con norma, buen gusto y decoro? ¿Sois acaso versados en las nobles costumbres de otros siglos? ¿sabéis cómo acabó el reinado de Felipe IV, con qué honores o qué horrores? Respondedme, os ruego, que no es mi regreso al mundo cosa de poco sin penosa incertidumbre.
Todo esto supliqué, mas por respuesta solo hallé muchas risas, tras las cuales osaron pedir más vino para mí y dedicarme una canción que estaba bien armonizada y venía a decir no se qué cosa sobre Fonseca, que quedábase triste y sola, de modo que entendí que esos mozos iban uniformados sólo para denotar su condición de estudiantes, mas no eran resucitados sino vivos de pura crápula. A este jolgorio atajó el tabernero a puro grito diciendo que había dado comienzo el partido, como si ello fuese algo en verdad digno de respeto, a lo que cesó obediente la serenata. Y he acá que aconteció un prodigioso fenómeno, pues este partido estaba en una caja pendiente del techo de la que salió una imagen fulgurante, como si en ella hubiese unos hombres en greguescos corriendo por una prado y disputándose una bola con gran ahínco, que yo en principio creí títeres, mas de súbito cambió la figuración y veíase la faz de un hombre sudando como puerco cual si a un palmo de mis narices estuviera, y todo esto acompañábase de un ruido salvaje que hacían numerosas gentes que se veían muy chiquitas como en derredor de la pradera y una voz salía también de la caja como si hubiera un orador ahí encajado proclamando las más graves incoherencias, tal como “figo a puerta” “corta alcorta” “pelota a banda”, con una exaltación en el hablar entre el pregón y la bufonesca. Causóme esta caja gran asombro, de suerte que no podía quitar mis ojos della. Y es esto que llaman televisión o caja boba milagro tan prodigioso y de tal lastre en la conducta moderna, pues es altar de los lares y féretro de la inteligencia humana, que habré de escribir sobre ello aparte.
-Joder, macho, tampoco has visto una tele en tu vida –dijo Güili, quebrando el hechizo.
-En verdad es cosa de brujas que se ven estos juegos en esa caja y es algo cuya enjundia no acertase averiguar aunque el mismo Salomón y su séquito de sabios me explicasen. Mas, dime, cortés amigo macho... ¿Qué diversión tan celebrada es la de esos hombres en paños menores galopando hasta el desmayo como si en reto de quitarse la bola les fuera el honor?
-¡No...! –abrió los ojos como los de un abadejo- No me digas que no sabes qué es el fútbol. –Y diciendo esto mostró el mayor pasmo que vide en rostro alguno, y toda la concurrencia oyéndole se volvió a mí y quedó en guardia, esperando respuesta, de suerte que turbéme ante tal acoso que quisiera me tragase la tierra, pues entendí que no había nada más importante en la vida de estas gentes que este fútbol.
-He de marchar presto –puse por argumento para salir del lance.
-Cincuenta y seis euros –díjome el tabernero.
-Es oportuno aclarar llegado el punto que yo no tengo pelas –contesté honesto-. Me ha de guardar la deuda si confía en mi honor de caballero, que por la cruz de Santiago se hace valer, mi querido tronco.
-Pero ¿qué cruz ni que honor ni qué coño, un tío que ni es del Madrid? –enojóse en extremo, tanto que erizábasele el entrecejo- ¿Quién te has creído que eres, payaso?
A esto respondíle yo, para darme humos, lo que creo fue más desatino que propiedad, pensando que el bulo me valdría el respeto:
-Yo soy Gil y Pollas, ni más ni menos, tronco macho, que bien has de conocer es linaje de reverencia.
Siguieron a esto sonoras carcajadas y vítores, que me brindaron los músicos de Fonseca, mas no hízole esto grande impresión al tabernero, que ya se arremangaba para soltarme un soplamocos y decía de llamar a una tal Policía, que entendí había de ser alcahueta de alguaciles o corchetes, pues era como mentar a la autoridad. Al punto Güili, curtido en lides de gallofero, saltó del taburete y echó a correr tras sus pies, que se iban solos, y yo quise ser su sombra, mas cojitranco que ando y trastornados mis huesos de tanta reencarnación y tanto pernil bien regado, no corrí más que el bofetón que a por mí venía y encontróme a medio camino, y fue preludio a la coz que me envió a la calle en un vuelo. De este modo me costó un ojo enlutado y la humillación de verme pateado como mi propio Buscón aprender las enseñanzas que se siguen: Uno, que en las tabernas modernas no se fía; dos, que la familia Gil y Pollas tiene sus murmuradores; y, tres, que no hubiere de ser reconocido en el mundo moderno hasta que mi erudición no se mojara de eso tan cardinal que llaman fútbol. Anduve escocido de los embates del tabernero unos pasos y me salió al camino el golfo del Güili, jadeando como un lebrel. Púsome la mano en el hombro como vencedor que aplaca al vencido y díjome como con orgullo:
-De verdad, tío: Eres la hostia.
Tamaña era la blasfemia que no pude evitar darme por halagado.
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Pirata
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