Re: Permitidme una confesión.
Regresé a bordo del ketch veinticuatro horas después, consciente de tener un aspecto si no impecable, al menos, bastante correcto. Esperaba enfrentarme a un poco de guasa por parte de las chicas y a una leve amonestación de mi hijo basada en el aprovechamiento del poco tiempo que pasamos juntos. Por eso me sorprendió ver las caras de preocupación con las que me recibieron mis tripulantes. All right? Do you feel fine? Ça va? That old whitch could destroy your life. Be careful. Faites attention. Strega, whitch, sorcière. Bruja. ¿Cuarenta años? Sí, en cada pierna. Lo menos sesenta. La mitad que operaciones de estética. Pero si no tiene más que unas arruguitas de expresión de nada. Botox puro. You may catch Anthrax or any other toxin she must have under that skin. Mi hijo guardaba silencio, pero mantenía la expresión preocupada. La escena de nuestra presentación en la fiesta lo había dejado un poco inquieto, según me dijo más tarde.
Una de las chicas me defendió. Claire dijo que no entendía cómo podían decir aquellas cosas de una señora que, a ella, le parecía simpática, educada, dinámica y elegante. Y, además, no podía entender cómo se atrevían a criticar de esa manera a una amiga mía.
El contraataque de la maravillosa Claire surtió efectos inmediatos. Primero, silencio; luego, disculpas; después, exaltación de la sinceridad. Me daban su opinión en el convencimiento de que era por mi bien. Por un momento llegué a fruncir el ceño en un gesto que mis tripulaciones mercantes habían llegado a conocer tan bien que, por lo general, hacía innecesarias mis palabras, pero, francamente, aquella mañana mi fisiología se encontraba en una especie de estado de gracia poco propicio a las arengas reconvencionales y a la violencia de cualquier tipo. Así que zanjé el tema con una sonrisa y una frase en el idioma que sólo mi hijo y yo dominábamos: “Je m’en fiche, mes petites”, y deposité un beso de gratitud en la frente de Claire.
Pero el castigo a mis pecados llegó en forma de decisión democrática: ya era hora de que zarpásemos de aquel volcán extinto y de continuar nuestro crucero mediterráneo. Me alegré de perder de vista a la troupe de diseñadores, pero reconozco que me hubiese gustado compartir con Adèle unos días más. Por fortuna tuve unas horas de tiempo para despedirme y para sentar bases de esperanza. ¿Vendrás a verme? ¿Tienes mi móvil? Je t’aime bien, tu sais?. Voilà la dirección de mi casa en los Pirineos, ven sin llamar porque sólo te espero a tí. No te inquietes, todo lo que haya tomado de ti te será devuelto muy pronto. ¿Eres una especie de bruja? Sí, lo soy. Bésame una vez más.
Y Pantelleria se hundió en el confín del mar, en el centro de nuestra estela, fiel a su naturaleza de isla.
Después de izar y trimar velas, mi hijo vino a sentarse junto a mí. Nuestros hombros se rozaban levemente con cada balance del barco. Qué color tan bonito tiene el mar, verdad, papá? Sí, un color admirable. Suele ser así en agosto, especialmente en esa franja, cerca del horizonte, los días de brisa suave. Como hoy.
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