Ver mensaje
  #18  
Antiguo 27-09-2009, 01:53
Avatar de Atarip
Atarip Atarip esta desconectado
El Portero
 
Registrado: 27-10-2006
Localización: A contra corriente
Mensajes: 8,241
Agradecimientos que ha otorgado: 1,066
Recibió 2,850 Agradecimientos en 1,075 Mensajes
Sexo:
Predeterminado Re: SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo

VII. DE CÓMO VIAJÉ EN METRO Y OÍ LA VOZ DE DON DIEGO DE TORRES POR ARTE DE UN TELÉFONO MÓVIL

Caía la noche, aunque tan generosas candelas alumbraban las calles en este mundo moderno, provistas acaso de ciclópeas bombillas, que ha de volverse loco el villano sin saber de cierto si es día o noche. Majado, candado y dolorido de tanta andanza y tanto palo sentíame, que otra fuese la historia de tener a mano mi acero toledano, mas antojábaseme obscuro el panorama en cuanto a hallar un catre caliente, que hace cuatrocientos de años no hubiese tropiezo en hallar posadas ni lupanares, mas agora andaba yo perdido cual novicia en tercios de infantería. Mas sabiéndome respetado por las gentes cultivadas, a sazón de haber visto mis obras en lugar de preferencia en los anaqueles de libreros de tal o cual mercado babeliano, vide mi único amparo en manos de gente ilustrada, de modo que tiré la única baza hablándole al joven Güili del siguiente modo, pues ya se le veía cierta desazón en zafarse de mí, alegando urgencia de veer terminar el reputado fútbol en su casa:

-Benigno tronco, afina, te ruego, el ingenio, pues he de pedirte que me des el nombre y señas de algún sabio amante de las letras, bien versado en el saber clásico, de ser posible enemigo de regalar a sus convidados con coca cola y otras purgas modernas, más bien amante de carnes y vinos, pues es seguro que donde tal hombre more hallaré cobijo por mis méritos y a mesa puesta.

Joder, claro! –y exclamaba esto con gran alboroto-. Te voy a llevar a casa de don Diego, mi profe de lengua del instituto. ¡Macho, sois tal para cual!

-Me ofendes, pues nombre de cornudo es Diego, y macho me llamas cual si fuera bestia o peor, cabrón. ¿Es instruido en libros este don Diego? –pregunté esperanzado.

-¡Sí, sí, es una lumbrera el tío, ya verás! ¡Es de puta madre!

-Igual me da su cuna. Ya puede ser noble pícaro o caballero bastardo. Vale si es buen entendedor –repliqué, y dicho esto nos encaminamos a la quinta de este personaje. Fui siguiendo al mozo por recovecos, esquinas y plazas, que alumbraban los coches con unas linternas que por pares llevaban al frente e iba yo aún medroso de su rugir y molesto de sorber sus humos por doquier. Algunos eran blancos y se llamaban taxis, por las crecidas tasas que cobran al viajero, y estos eran los más fieros por su coraje, los más ligeros a la hora de sonar sus trompas y los mas temidos por las gentes de a pie. Son los taxistas, como pude aprender, los más viles de los cocheros modernos, pues tantas horas pasan domando a sus bestias que se les agria el carácter y se les avinagra el semblante. Al punto que soslayamos con gran peligro un grupo destos taxis me orientó mi joven insignia a una escalinata que se adentraba en las entrañas de la tierra. Espantadizo del subsuelo tras tantos lustros sepultado, preguntéle:

-¿Son acaso perseguidos en estos aciagos tiempos los hombres cultos que se ven forzados a vivir en catacumbas?

Tanquilizóme Güili en su discurso, pues dijo que entrábamos al Metro, que viene a ser una enorme topera por la que se arrastran por leguas de cavernas sobre unas correderas paralelas, con gran estrépito, unos carruajes largos como sierpes. Dichas sierpes, llamadas trenes, son invención moderna muy célebre, que según me dijeron desfilan por todo el mundo, acarreando gentes y mercancías. Pasóme Güili a través de unos goznes endemoniados con ayuda de una cedulilla que una máquina comía por un lado y cagaba por otro y pronto hube de someterme de nuevo al mal trago que me temía, que fue viajar sobre las llamadas escaleras mecánicas, lo que me costó no pocos traspieses, mas pronto entramos en una conejera inmensa de la que surgió presuroso cual un hurón uno destos trenes, con imponente estruendo y grande luminaria en el frontispicio. Luego que se abrieron las puertas sin más ayuda que un bufido, con grande fascinación y pavor salté al engendro, que en un guiño se adentró en las oscuras galerías arrastrándonos a velocidad de vértigo. Causóme esto gran sobresalto, tanto que hube de asirme a unas varas muy oportunas para no caer de bruces, aunque tal rebaño humano viajaba en este ruido que, de puro prieto que iba entre otras almas, aun privado del sentido me hubiera visto sujeto en pie. Recuperado el aliento, di de narices con una maraña pintada y muy colorida, que tenía en ella nombres muy diversos y figuré que era un compendio cartográfico del tal Metro. Y acá leí mi nombre en un punto, junto al de valientes como Guzmán el Bueno, Núñez de Balboa y Colón, píos como Santo Domingo, San Lorenzo, San Bernardo y San Blas (y otros píos regios que de los que mi memoria no dio cuenta, como los tales Pío XII y un Príncipe Pío), así como majaderías tales como Pan Bendito, Concha Espina, Ríos Rosas o Mar de Cristal. Maravillado estaba de que esta maraña soterrada condujera a lejanías tales como Carabanchel o Arganda, mas pretencioso era a mi parecer que se llegara de este modo a Cartagena, Sevilla y Oporto, e inconcebible que de camino a Fuencarral se transitase por Cuzco y Lima o que se desembarcase sin grande esfuerzo en las Islas Filipinas. En todo ello andaba yo abstraído cuando paró con violencia el aparato, abrió sus trampas corredizas y entró marea de gentes tal que no quedó hueco para un suspiro. Había ambiente de caballeriza y más de un pedo suelto, que se hacía condena el respirar, y para colmo de males unos indianos con una vihuela y un caramillo comenzaron un responso muy estridente con pretexto de pedir plata a los viajeros allá embutidos. No hubo mejoría en los siguientes apeaderos, que llaman estaciones, acaso porque con tal sofoco recuerden el estío y con su desolación al invierno, pues entraron otros músicos, estos con organillo de fuelle en la mano, que a fe mía era mazmorra de gatos por lo que maullaba al verse prieto, y al punto un leproso barbudo, gallofero y aullador que no sé cuántos hijos dijo tenía que cuidar y que era de más ventaja para él pedir que robar, discurso con el que pretendía ablandar las almas más desprendidas. En esta picaresca vide que poco había mudado el mundo, que hubiese jurado haber visto mil veces este mismo pordiosero machucado, costroso y sembrado de liendres en mis días a la puerta de otras tantas beaterías. Empero, mentó el hambriento que tenía para sí dos cosas que eran novedad, que fueron el paro y el sida, de modo que quise dar conversación a Güili con ello, a fin de solazar mis ahogos.

-El sida es una enfermedad que si la pillas te vas al otro barrio, y lo cogen los maricones y las putas por no usar condones y el paro es cuando no tienes curro –dijo con mueca de sacamantecas, como si ambas cosas fueran de temer. No hizo esto mucha asistencia a mi dudar, y conjeturaba yo sobre estos morbos del mundo moderno, que el uno parecía penalidad divina al pecado de la carne que obligaba al festivo a encapucharse, estando podrido el mundo de fornicadores y sodomitas. Pero válame San Jerónimo, si el curro había de ser lo que mi magín creía, algo peor que la lepra y el mal gálico había de ser este paro. Alivióme veer llegado el momento de aflorar de nuevo a las calles, que Orfeo no se viera más dichoso de salir del Hades que yo de este Metro, pues más mella en mi buche y mi ser había hecho este rato bajo tierra que los cientos de años que guardara sepultura. Nuevamente bajo el cielo agradecí la brisa, que a pesar de estar emporcada de crepitaciones de los malditos coches, sentíase vivificadora. En este arrabal eran los casones cuadrados, bien ordenados y muy vastos, a veces contando hasta la decena de alturas. Las gentes que acá deambulaban eran pocas e iban con menos prisas. Los más llevaban canes atados con cadenas que me parecieron mansos para la caza, e iban platicando con ellos monosílabos, como enajenados. Díjome Güili que Don Diego vivía en un apartamento de tal edificio que me señalaba, que yo no hubiese distinguido de cualquiera de los demás por ser todos igualmente horrendos, mas alegréme de que el hogar del tal Don Diego fuera, en lo posible, apartado. Entonces ocurrió otro prodigio de la modernidad que en mi tiempo me hubiera llevado a la rueda de Santa Catalina de haberlo intentado explicar a los doctores de la Iglesia. Adujo Güili que mejor le iba a dar a Don Diego un toque con el móvil y al punto desenvainó un artilugio que llevaba en la faltriquera, no mayor que un puño y que tenía unos números y unas clavijas bajo una tapadera, y lo fue pinchando con los dedos acá y allá, a lo que el artefacto piaba como un pajarillo, y al cabo acercóselo a la oreja como si aquella cosa fuese a decirle algún secreto. Luego desto empezó a hablarme cosas descabelladas sin ton ni son, sin hacerse cargo de mis respuestas, fingiendo como si yo fuera el tal Don Diego, hasta que caí en que no era yo el oidor, sino esa cosa, pues a mí me hacía callar como si no hubiera de incordiarle en tal trance.

-Don Diego se ha cabreado de que le moleste por chorradas y me pregunta quién eres y para qué quieres verle –dijo agora hacia mi persona. Anda, háblale tú –y extendíame el tal bártulo móvil. Antes de enfrentarme ya tenía en mis manos el maldito ingenio sin saber qué hacer-. Venga, hombre, di quién eres –increpaba el imberbe, mas me hallaba yo tan turbado ante la necedad de hablar con espantajo ninguno preso en tan diminuto estuche, que sólo podía mirarlo con vacilación.

-¡Válame el cielo, ocioso marrullero! ¡Qué remate de majadería es éste que dejaste en mis castigadas manos? ¿Acaso encierra este trasto piador la oreja de quien haya de oírme? ¡Por mi honor que si he de platicar con quimeras habré de juzgar antes que tales son buenas entendedoras de mis palabras y no he de revelar mi nombre a trebejos de poca monta! –Parecióme que una vocecilla como muy lejana se escapaba del artefacto, el cual centelleaba cual nido de gusanos de luz, de modo que me lo acerqué a la oreja apartándome las greñas y, con sorpresa que no igualara Santo Tomás hendiendo llagas divinas, escuché un gañido nítido, como si me hablara un confesor a través dello, y se entendía que decía:
-Hable. Diga. ¿Quién quiere hablar conmigo?
-¡Jesús mil veces! –exorté-. Esto me habla.
-¿Quién es? –porfiaba el engendro maléfico.
-Mi nombre no han de oír crédulos ni incrédulos, mas si eres docto bien me has de conocer –respondí exaltado. –Lázaro soy de estos días, voz del Averno, que a buen recaudo de brujerías estaba entre los finados, mas algún mal mayor hube de hacer en vida para que Su Majestad Divina disponga enturbiar mis sueños con esta pesadilla de la modernidad. Seas quien seas maldigo al hereje, alchimista o demonio que encerró tu aliento en esta arquilla para que así se vea aliviada un punto tu desdicha.

Me arrebató Güili de un bote este móvil, que ya corría peligro en mis manos, y exclamó ufano:

-¿Lo ve? Este tío es todo un personaje. Sí... Vale. Sí, ya vamos –y envainóse el trasto, que a la sazón llaman teléfono, y es cosa milagrosa e inofensiva que permite el diálogo con lo remoto, como aprendí luego, mas sigo yo emperrado en que es cosa de demonios. Ciertamente las gentes de estos tiempos abusan de tal, de modo que son muchos los que se hablan sin verse y así tantos vencen su timidez y otras flaquezas y que incluso los amantes se revelan lo urgente sin que sea menester el contacto. Así ha envilecido la nobleza en el mundo, que es posible faltar al honor de tal o cual dama o caballero con la cobardía de estar a muchas leguas. Es este teléfono germen que hace a los hombres soberbios y vacíos pues, no faltando en morada ninguna, anula la necesidad de reunión para varios menesteres. Mas esto que llaman móvil, que dicen es cosa reciente, es la mayor muestra de la debilidad humana, pues muchas personas se sienten desamparadas si no se ven acompañadas dello, cual si tal cosa que les hubiese sido otorgado por naturaleza, pues les da la falsa sensación de cercanía de sus queridos, cuando lo cierto es que, al ser tan fácil el hablarse sin revelar paradero no es menester encontrarse para recibir un insulto ni un requiebro, y así se alimenta más la soledad y se cuentan más mentiras de las que normalmente hicieran caso. Y es de tal consideración la deshumanización que este medio engendra, que lo más de los modernos no hablan sino de nimiedades cuando comparten cama o mesa, mas si se han de comunicar sentimientos, o temas substanciales de la inquietud de sus almas, los más lo hacen por teléfono, puesto que la distancia les mata la vergüenza y el decoro. Cobarde es este giro del progreso.

.../...


Pirata
Citar y responder