Re: SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo
VIII- DE MI ENCUENTRO CON EL LICENCIADO TORRES
Acercóme el zagalejo a un portal y diome mil indicaciones para llegar al quinto piso, letra C, instándome a hacer uso del ascensor, a lo que puse yo mil peros y no me di por satisfecho hasta saber que por fortuna había escaleras. Luego que esclarecióme todos los términos de mi navegación hasta el apartamento del erudito, excusóse y sin grandes reverencias despidióse de mí deseándome suerte y palmeándome el hombro, cual si fuéramos viejos compañeros de armas. Renqueadas las cinco alturas sin más demora que la que convino a unas aguas menores que hice en el rellano de la segunda, llégueme a la quinta cota consumido del sofoco, que me corría a chorros el sudor por la perilla. Varias puertas vide en la quinta altura de este Babel, ordenadas por letras del alfabeto latino, y en llegando a la C no vide aldabón ninguno, de suerte que hube que llamar a nudillo y voz, batiendo el portón a grito de “¡Ah de la casa!”. No esperé largo, pues abrióse presto la puerta y apareció en el vano hombre barbón, canoso cual muestra de merina, con más lana en el mentón que en la sesera, bigotes curtidos en barrer migas de platos, nariz asomadera con balcones bien ventilados, los dientes helgados, los ojos como fondo de pilón, cobijados primero tras lentes de vidrio soplado y luego tras de párpados pelones y gruesos, como de pollo en su güevo, y cejas lobunas coronando el rostro con un arco peludo que pintaba el susto y la sorpresa del que viese el arcángel confundido de puerta en su visita a María y cantando la salve en sus barbas con coro de trasgos. No ha de causar extrañeza que este buen Don Diego sufriera de ahogo y palpitaciones ante mi visión, pues era mi facha digna de sobresalto, con pelambres como sogas, barbachivo a la moda de los infiernos, camisón de monaguillo en mangajarro, pantalón zanquilón, ojo tizón, la mala color en el rostro del que se quitó mortaja de siglos y el respirar ahogado en silbidos, agitado por la fatiga de la ascensión. Quedó pues el benigno Diego en parálisis, como ornato de sepulcro, mirando mi faz cual si fuere la Verónica, sin palabra que le viniese a la boca, y de observarle diome la impresión de que era este hombre para mí familiar, cual si le hubiese tratado en sueños. Parecióme esto buen designio y aprestéme a hablarle con gentileza.
-Dios os guarde, señor Don Diego. No hagáis crédito de mi traza, que no soy rufián de casta infame ni ladrón ni mendigo ni plebeyo, que soy caballero que castigó el tiempo y los hados, que por voluntad de Dios, de tanto viajar al infierno en vida se me negó la entrada en la muerte, y no habiendo purgatorio para los poetas, que son delincuentes del corazón y criminales de las verdades, he vuelto a la vida a escuchar los ecos de mi réquiem y es todo en mí desamparo, pues ante mis ojos desfila este infierno futuro, maldita pesadilla, harto peor que el que yo barruntase fogón de los diablos y ha querido Dios que yo vea el mundo envilecido por de dentro y por de fuera, castigo acaso a la insolente sátira que creí prudente hacer de los vicios de mi tiempo. De barullo en barullo, preguntando a las gentes me guiaron hasta vuestra merced como hombre prudente y docto, que ha de traer sosiego a mi lacerada alma dando a mi entendimiento el goce de la respuesta a mil preguntas que me atormentan. Sólo he de pedirte, pío amigo, si he de osar el tuteo, que des cobijo a este andrajo humano que sólo te desea el bien y respondas a sus indagaciones antes de que vuelva a las lúgubres cenizas que ha de habitar por natura, que no soy sino espíritu retornado al dolor de la materia y no tengo más techo que la desesperanza ni más amigo que el desengaño.
Siguió a esto otro silencio de los de procesión de Dolorosa, hasta el punto que temíme que sufriese el barbón pasmo tal que perdiere el don del habla, pues ni respiraba, ni movía un pelo del bigote, ni obedecían sus ojos de lechuza al rigor del pestañeo. Pasé mi mano por delante de sus narices descomunales como para despertarle del encantamiento y siguióla con la vista, mas seguía boquiabierto cual comulgante. Decidí presentarme con humildad en este trance, a fin de suscitar confianza.
-Pídeme albricias si me conoces, pues si has oído mi nombre sabrás bien que soy digno de tu hospitalidad y merecedor de tus enseñanzas, y ese nombre es don Francisco de Quevedo y Villegas.
-Lo sé –balbució, como si fuera cosa de grande secreto. Pasa.
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Pirata
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