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El Portero
 
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Predeterminado Re: SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo

XI. DE LO QUE ACONTECIÓ EN LAS ESPAÑAS Y EN EL MUNDO DESDE MI DÍA POSTRERO

Hubo pues de suceder lo que temíamos los más prudentes en mi siglo: Que andaban los Felipes y sus validos más preocupados de las nalgadas y escotes de sus cortesanas que de los asuntos de Estado, que el poco oro de las Indias que se salvó de los piratas fue dilapidado en bribonadas o acabó en las arcas de los prestamistas frisones y que se hizo el palacio cueva de ladrones y la Corte colegio de hipócritas, petimetres, burdeleros, archipobres y pícaros. Así se fueron hinchando los cofres de deudas y las panzas de hambruna, mientras cuatro moscones de palacio morían de hipo a fuerza de chotos, perdices y langostones. Y ocurrió esto también en Francia y en Inglaterra y en muchas naciones, que a la sazón andaban todas guerreando unas con otras como por costumbre, aunque eran tales los adeudos de las Cortes en el afán de enlucir sus calzas, capas y sayos de alhajas, encajes, puntas, filipichines y maulas, que mosqueteros y generales andaban en los frentes de guerra hechos miseria, sin monturas que llevarse a la horcajadura, que de pura hambruna comiéronse los caballos y conviertióse la caballería en infantería de a pie con séquito de moscardas, las casacas todo lamparones y calandrajos, desnudas de botones, que habíanlos lanzado ya al enemigo a falta de munición, y cada cañonazo era largo como trueno al hacer eco en las barrigas de ambos destacamentos de puro huecas.

Dieran pues aquellos hombres su vida antes mil veces por un mendrugo de pan que por la patria, de suerte que las guerras ni se ganaban ni se perdían, que la única victoriosa era la gazuza, aunque a los reyes, príncipes y duques, disfrazados de hominicacos pelucones, distraídos en bailes de pavana y bufonadas, no importaba esto dos caracoles. Es sabido pues que cubrían sus nobles testas los hidalgos con pelucas de mona y se untaban de afeites afeminados, cosa de marimantas y fantoches, que no sería de poca risa veer a estos majaderos en disfraz por la Corte dando limosnas. Y dicen que era en la Francia donde se inventaban estos usos, que siempre otros pueblos perdemos los dones por imitar al francés, que si graznaren ellos, acá todos cuervos, y si pusieren güevos en París, fueran las gentes cacareando por las calles de Madrid de la noche al día.

Así andaban, mollejones y ahítos los necios amos, magros y enjutos los siervos, en injusto reparto de mieses y granos, hasta que hartóse el famélico vulgo de esta dilapidación y estas licencias, amotinándose en gravísimo tumulto que apodaron Revolución y descabezando de un tajo a reyes como a gallinas, siguiéndoles señores por cientos, gente de alcurnia, parientes y capigorrones, que porque no se le desencajaran las coyunturas al verdugo de tanto sanmartín hubo menester inventar una máquina que cosechaba cabezas como berenjenas, y aun sin ser holgazana la llamaron guillotina. Cayó con estas cabezas el respeto a la cristiana monarquía y a las buenas costumbres, pues los bravucones que tomaron el gobierno eran renegados de Dios, excomulgados y apóstatas, que sólo honraban a la Razón creyendo que razón tenían y no tenían ni razón ni honra ni fe.

Dios no come ni bebe mas juzga lo que vee, de modo que faltos de moral y de cordura acabaron todos estos gentiles y proscritos a palos y descalabrados unos con otros, que tan pronto como tomaba uno el poder descabezaba a otros para evitar conjuraciones hasta que no quedó casi ninguno. A la sombra de estos sucesos en Francia, sufrieron muchos reales gaznates de las vecinas Españas, Austrias, Prusias e Inglaterras, viéndose ya casi engolados en guillotina, que no pocas pesadillas debieron darles estas noticias. Entonces en España ya no reinaban los nietos de reyes y validos que yo conociere en vida, ni apenas bastardos suyos, que entró tras algún degüello y otro cañonazo una nueva dinastía afrancesada que se llama de los Borbones, y un tal rey Carolo cuarto debió veer los borbollones de su real sangre manando del descabezado torso en más de una mala siesta. Dicen que este Carolo era más gandul que mula candonga, aunque era hijo de un Carolo tercero que vino de Nápoles e hizo grandes cosas en la Corte, como un Palacio grandioso en el solar del Alcázar, un Museo de pinturas en el Prado de Atocha del que acaso he de hablar luego y otras obras muy ilustradas, aunque de vista era Su Majestad grotesco como verruga en geta de tocino.

Aprendí también que antes de que los franceses escarmentaran de su embrollado motín se presentó en París un mariscal y se hizo el jefe, coronándose emperador de la Francia, a falta de reyes. Y era este bravo de armas tomar, llamado Napo León, digo yo que acaso por tener cabeza de nabo y cola de león o viceversa, pues napolitano no era sino corso. Subiósele pues al nabo el poderío imperial y quedósele angosto su territorio, así que siendo versado en artes de milicia anduvo en golondros de conquistar el mundo, y tal fue así que calzóse gorra emplumada, espada blanca y mosquetón con hipo y acometió en batalla por los cuatro vientos sin encontrar rival a medida de su embate. Andaba acá en tiempos del tal Carolo cuarto el gallinero de palacio tan afrancesado que nos hicimos clientes del francés sin dar coces de vuelta. Hube pues de escuchar espantado y pesaroso cómo fue España amante y provincia francesa tan a la ligera, tras siglos de guerras y paces que trajeron no poca sangre y desvelos en la gente de bien. Mas dióme aliento lo que siguió a esto, pues acurrucado el ejército y cabizbajo el monarca, no menguó el pueblo, que fueron alentados por la clerecía y los más resueltos toda suerte de gente llana contra el francés y hubo que vérselas el cachidiablo de Napo con la picaresca española en pleno, que trujían los frailes por hondas sus rosarios, los carreteros por arietes sus mulos, los gañanes artillería de terrones, los pastores sus cornudos por ejércitos, los cantareros sus potes por granadas, los panaderos por bombas sus mendrugos duros, los zapateros y sastres por castigo sus facturas, los escribanos sus yerros afilados, los barberos sus navajas por hacha y sus bacías por yelmo, los boticarios por espadas sus espátulas y por balas sus píldoras, los médicos por mosquete sus enemas, los pobres sus lamentos como espantadera, las putas sus impuras horcajadas por fuego de mortero, las doncellas sus remilgos por estrategia, las viejas sus enaguas por fortaleza, y de todo este ejército no desertó ninguno y muchos fueron mártires anónimos. Y así huyeron los galos como conejos por la cuenta que les tenía y quedó España curada de usurpadores, aunque fue grande el estrago que hicieron. Y dícese que vencido este Napo por ingleses y prusianos quedó por un tiempo cada mochuelo en su olivo y las naciones mansas.

En diciendo esto, Don Diego bostezó muy grave, y temí que le venciera el sueño y la crónica quedase a medias, de modo que hube menester servirle otra copa del ardiente licor, aconsejándole una gárgara que le arrancase un eructo que le andaba ya un rato tropezando en las tragaderas. Regoldado y repuesto prosiguió para consuelo de mi inquietud y, apreciando mi desvarío ante lo explicado hasta agora, advirtióme que aún no habían catado cosas tan viles mis oídos como las que siguen.

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Pirata
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