Re: Rincón literario
de todas formas yo quería poner esto:
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Todo empezó a medianoche cuando desde el San juan de Recalde, vigilante de la retaguardia, se divisaron grandes luces en la Armada enemiga, luces que eran embarcaciones de fuego, primero dos y luego hasta ocho que arrastradas por la corriente se internaron en nuestro fondeadero con las velas desplegadas. El duque dio órdenes y varios botes se dispusieron a apresar y remolcar hasta la costa a aquellas naves de la muerte. Con esfuerzo, habilidad y bravura, una pinaza de Oquendo, la Guadalupe consiguió clavar el garfio en el primero; un patache de don Pedro Valdés agarró al segundo con el cable y el áncora, pero ya nada se pudo hacer con los demás que como rayos venían hacia nosotros; el alquitrán, la pez y la resina prendidos en su interior hacían estallar los cañones desparramando una lluvia de chispas y balas contra los cascos de las naves, como si de un gigantesco toro de fuego se tratara.
Todo el mundo hizo memoria y recordó los terroríficos «mecheros del infierno» de Amberes del famoso Giambelli que ahora trabajaba para la reina inglesa, según se dijo luego en el San Martín. Entre la confusión y el pánico se aconsejó levar anclas e internarse en el mar para que los brulotes empujados por el viento terminaran su infernal carrera en la playa; luego se fondearía de nuevo en el mismo lugar. Casi todas las naves soltaron amarras y se dispersaron por las aguas perdiendo en la escapada aparejos y áncoras. La formación, que con tanto celo hacía guardar Medina Sidonia, se deshizo y los daños fueron grandes, pues las naos, sin el gobierno de las áncoras, intentaban maniobrar para no ser arrastradas por las corrientes y el viento del noroeste hacia los arenales. Todos lo que se han embarcado alguna vez saben que el fuego es el peor enemigo de un navío; el velamen agitado por el viento, el cordaje embreado y la madera reseca por el aire y el sol arden como la yesca, así que todo nuestro empeño era escapar del infierno de los brulotes. El primero de ellos pasó tan cerca del galeón Real que todos creímos que se estrellaba contra nosotros. Desde La Trinidad Valencera rogaron al duque que abandonara el San Martín y se refugiase en la fortaleza de Calais, a lo que de inmediato se negó por parecerle deshonroso el consejo.
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Aquellas costas de Inglaterra. -Blanca Sanz-
El principio . . . del fin, vaya.
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Quiero vivir la vida aventurera
de los errantes pájaros marinos;
no tener, para ir a otra ribera,
la prosaica visión de los caminos.
Poder volar cuando la tarde muera ...
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