Re: SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo
.../...
Había hecho mella por doquier entre la gente ambiciosa de poder e irreverente con la monarquía el íncubo de la revolución gala, cuyo lema engañoso era “libertad, igualdad y fraternidad”, que en manos de malsines, malhadados y malditos significaba libertad para arrebatar bienes ajenos, igualdad sólo si tú tuvieres más que yo y fraternidad para con el cornudo en adulterio. Así se malversa la buena intención de los filósofos en manos de los rufianes, que buen ejemplo dello es cómo la Santa Iglesia hizo oídos sordos a las humildes palabras de Jesuchristo. Arremetedera fue esta revolución mayormente en las provincias de Indias, que una por una y sin faltar ninguna a la cita se alzaron insurrectas en guerras de independencia, hasta que no hubo en América un celemín de tierra en manos de la corona española y del oro y plata de ultramar no quedó ni la cizalla.
Así fueron dejadas a su suerte estas tierras antaño provechosas, agora convertidas en repúblicas que han padecido en su corta andadura más tiranos que toda la Historia Antigua y son agora imperio de la penuria, potencia de piojos y chinches, dominio de fiebres, bubas y calenturas y estado de bellaquería. Y vive Dios que no me huelgo de oír tales miserables nuevas. Así fue desmejorando España y rebajándose la autoridad de reyes y reinas ante los diputados, comisarios y generales, tal que en tiempos de una llamada Isabel segunda hubo quien no quiso veer la corona en crespines de dama y se sublevó a favor de un varón protobastardo para la sucesión, cosa que no hizo cuajo más que entre algunos vizcaínos pero trajo mucha sangre y muchos pesares. En un punto hubo tal entuerto y entontecimiento entre los dirigentes que dieron por terminado el reinado y se entró una República a guisa de la francesa, que duró lo que buñuelo en orfanato, intentándose una monarquía de chisme que duró lo que otro buñuelo y así hasta que hubo otra vez rey, que fue Alfonso doce y luego el trece, un chisgarabís de poca enjundia que no gozaba del calor de su parroquia. Fueron estos tiempos ruidosos y faltos de decoro y había sido privada la clerecía de muchos de sus bienes, cosa que si bien salvara a muchos curas golosos de avaricia de las furias del infierno, acabara con muchas costumbres piadosas y dejara a muchos incapaces al desamparo.
Así andaba la gente hormigueando en motines y revueltas, y los alguaciles siempre ocupados, que agora se llamaban guardias civiles y calzaban en la pelona sombrero de tres picos. Y he acá que llegaron de la Rusia unas ideas nobles por de dentro y ponzoña por fuera en cuanto sólo cabe su uso cuando la codicia desaparezca de la faz del mundo y eso será acaso cuando desaparezca el hombre. Y aún contando con que no hubiese codicia, yerra esta doctrina en que prohíbe la religión, cosa necesaria para el alma de los mortales. Llámase a esto comunismo, como antes dije, y en esta ordenanza son todos camaradas, igual es la camarada buscona que el camarada embajador, igual el camarada ladrón que el camarada juez y no hay ricos ni pobres. Vease que es esto cuento de viejas. Mas es notable que tales clamores ablandaron el seso de los más infelices y con estas premisas entró la chusma en muchedumbre a palacio, pasó por las armas a los Grandes de Rusia, hízose con el mando, y permaneció así más de setenta años entre mil disparates. Hizo esta nueva revolución, junto con otras especulaciones de tontos de remate que querían apadrinar la anarquía como doctrina política, mucho eco entre las gentes más exprimidas y descarriadas. Llamaron a estos comunistas rojos, acaso porque siempre andaban escarnecidos a palos por los alguaciles, o de izquierdas, acaso por lo torcidos que iban del camino recto, por zurdos o por siniestros, y ellos a sí mismos se llamaban progresistas, ya que prometían hacer adelantamiento en alguna cosa. Contra ellos crecieron los que llamaban de derechas, acaso por saber que irían derechos al infierno, tal era su hipocresía, pues afectándose de ser gente de Dios, los más eran malvados con inquina, ladrones sin embozo y por ende fariseos, y acá entraban los más de los curas, los ricos y los militares.
Estos así mismos se llaman conservadores, tal es su afán de conservar la riqueza que guardan como botín de siglos de rapiña. Los más cerriles de estos faramalleros eran aduladores de sí mismos, sus usos y su casta, que los más majaderos la creían la regalada y primada de Dios, y con tal ahínco tenían sorbido el celebro que no hacían ascos en imponer sus altas opiniones al prójimo por la fuerza de la milicia y la amenaza de la horca, y estos son los peores de entre los derechistas y se llaman fascistas, acaso por que viven en fascinación alucinados de sí mismos y echando al prójimo mal de ojo. Es menester conocer estas figuras para entender las calamidades que se acontecieron en el siglo XX.
Andaba pues el palomar alborotado en tiempos de este Alfonso trece, que es número de aojo, sus ministros poltrones y pamposados, los anarquistas y ganapanes comunistas chirlando en las callejuelas y los generales en escaramuzas contra los moros de Marruecos, de las que salieron escarmentados de tan grande que fue el degüello y la sangría. Hubo pues muchos sucesos hasta que un general marrajo, que llamaron Largo Caballero, tomó el gobierno con mano larga y caballería y luego otras mil marimorenas que ni hago memoria dellas, hasta que se vio el Borbón desbraguetado y hecho un matachín, que hubo de exiliarse a Italia hasta cuando los ranacuajos tuvieron pelos. Ordenóse entonces la segunda República, otra vez con la francesa por muestra, que incluso cambiaron la insignia española vistiéndola un tercio de nazareno en luto de Pascua, y fueron muy celebrados estos años por las gentes de las izquierdas, pues era esta lechigada de ministros más renegada de los santos evangelios que fuera el sanedrín de Herodes, y se dice que florecieron entonces las letras, que son los más de los poetas y prosistas siempre pecadores de los que conquistan el infierno por la lengua.
Fueron estos sucesos como puñada en el buche para los fascistas, que crecían entre las milicias y alegrábanseles las pajarillas sólo de rumiar la conspiración contra el republicano impío. El cabecilla de estos matasietes llamábase Franco, he de creer que más por lo ingenuo que por lo galante y bizarro, pues era un hombrecillo de medio calzón, desbrozado de seso, ayunado de hombros, con voz de chivo pituitoso, calvete de melón, atormentado de gesto, bergante de bigotes y bellotero de papo. Es cosa de risa que a este mequetrefe, acaso por pura chufleta, llamábanle el generalísimo, no siendo superlativo sino en aires, pues humildad no conocía y, menguado como era, gastaba bilis y cólera en humores. Andaban este generalísimo y sus demás generalillos muy aferrados a la cruz y otros atributos de cristianos viejos, lo que hizo crecer en ellos profunda inquina a los comunistas, que por ser éstos ateos andaban entonces a teas por las iglesias. Fueron estos extremos broza para el incendio de los odios más enconados, encenagándose las almas de unos y otros hasta que tomaron tanta cólera que se parió el más grande horror que cabe en la Historia de las Españas, que me corro en mil vergüenzas sólo de pensar en ello, y fue esto la Guerra Civil, que es el vicio más vil que puede un país padecer, pues en ella se pasaron por armas entre vecinos y se sacaron los ojos entre hermanos, quedando la tierra estéril de sorber tanta sangre envenenada y cobijar tanto cimenterio. Acabó esta barbarie con triunfo del generalísimo francolín, emplumado de medallones y amparado por mercenarios de la morería y otros fascistas de medio pelo que había en Prusia y en Italia. Coronóse este pollo de bigotes caudillo y tirano de las Españas por la Gracia de Dios, y fue así emperador de la ceniza y la miseria , dictador de sentencias diestro en artes de patíbulos, mazmorras y tormentos, y dado que, amigo como era de obispos y confesores, sabíase condenado, quiso alargar su vida terrena hasta que era pudrigorio en vida, y así tuvo sometido al país no menos de cuarenta años.
.../...

Pirata
|