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Antiguo 09-10-2009, 18:03
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Tahleb Tahleb esta desconectado
Capitán pirata
 
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Predeterminado Re: Permitidme una confesión.

Sería inútil mi esfuerzo si intentara describir todo lo que puede verse y sentirse en el largo trayecto entre Bova y las cascadas. Está la Fiumara, que es el cauce casi seco de un ancho torrente que baja desde la cumbre del Aspromonte, alfombrado de un caos de piedras quemadas por el sol y pulidas por las riadas, de tal blancura que yo creo que deben ser visibles desde la Luna. Están los pueblos encaramados en las crestas rocosas, como Roghudi, que en su inmovilidad milenaria recuerdan la timidez vigilante de los gatos. Están las verticalidades inverosímiles de los cerros. El volar impasible de los buitres. El viento sobre los pinos. El canto de las cigarras.

La cascada de Amendolea, una especie de Salto de Angel a escala 1/3, puede verse desde la carretera, sin más esfuerzo que el de reprimir el pánico que infunde un conductor calabrés medio griego a los mandos de una vieja ranchera americana, pero las de Maesano se hacen pagar caras. Son varias horas de camino, de sendero más bien, desde el último lugar accesible para un automóvil. Y con un ángulo ascendente notable.

A pesar de las paradas de descanso que hacíamos a cada poco y de la promesa de que el lugar al que íbamos valía realmente la pena, al cabo de un par de horas nuestra amiga Sarah afirmó de modo muy poco flemático que estaba “fed-up” de caminar y que le daba igual lo bonita que fuese la cascada, que ya se lo contaría con detalle Alexandra al regreso, suponiendo que no se desmayase a la vista de tanta hermosura. Alexandra contestó que, sintiéndolo mucho, también deseaba volver antes de que una pequeña ampolla que se formaba en su pié izquierdo se convirtiese en un problema serio. Mi hijo admitió que me tendría que haber escuchado cuando le sugerí que no comiera tanto la noche anterior.

Claire se limitó a murmurar entre dientes ‘what a bunch of bullshitters’ y se puso manos a la obra de seleccionar lo necesario de entre el contenido de las mochilas de los cobardes. Come on, Tahleb, ¡vamos a ver esas cascadas!

El camino era duro. Y cargados con el peso extra de las cosas imprescindibles que antes transportaban nuestros compañeros, quedamos empapados de sudor al poco tiempo. En uno de los recodos me paré a tomar aliento y Claire, que venía unos pasos detrás, apoyó una mano en mi hombro para, tal vez, guardar mejor el equilibrio. El aroma suave de su perfume había desaparecido y, en su lugar, me envolvió un recuerdo de infancia.

Al llegar a España mi padre debió situar adecuadamente su patrimonio, o lo que de él quedaba tras el desastre de Argelia. Hizo alguna inversión, abrió determinadas cuentas y, por una cuestión de obediencia a los ancestros, compró varias hectáreas de tierra de secano en Aragón. Allí me llevó un verano para que asistiera a la siega que, por primera vez y gracias a su intervención, iba a realizarse con máquinas cosechadoras. Recuerdo la solemnidad con la que recibimos el primer camión que regresaba cargado de los campos y cómo mi padre puso en mis manos el primer puñado de grano. Huélelo, me dijo, y recuerda, el trigo tiene un olor distinto cuando está al sol que cuando está a la sombra, y no huele igual de día que de noche, pero siempre su olor es promesa de pan y, por él, los hombres matan y mueren.

El sol brillaba sobre los cabellos de Claire. La brisa los acariciaba.
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Atlántida (13-10-2009)