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El Portero
 
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Predeterminado Re: SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo

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No quedaban en zaga deste Franco otros gallitos fascistas, y fue un teutón quien más descalabro causó en el siglo, de nombre Adolfo nosequefulano, algo como Jilguero, que dicen tenía pico de oro y así daba sesos de mosquito a todos los que le escuchaban. Creíase un Apolo este galafate, afurciado de sí mismo, pues se decía de linaje tan sublime que era nacido para dominar a los otros. Así pues, enarbolando un pendón con un garabato, espoleó a sus ensoberbecidos ejércitos para conquistar el mundo. Acaso por creerse estos germanos tan bien nacidos llamábanlos nazis, aunque fuese paradoja que este Adolfo más bien era zamborotudo, zoquetudo y hobachón, bigotillo a medio zurcir, guedeja en frontispicio y testuz repelado, ojos hiperbólicos que le bailaban en las cuencas, orejas asomadizas, papo goruendo, trazas de perturbado, gesto mascarón y un pasmo en el brazo y mano diestros que dejábaselos tiesos de un bote a cada paso. Cobarde lo era redomado, siempre cobijado por cuadrillas de guardameas más estirados que finibusterres, más rapados que güevo y uniformados con gorros de plato, de cara tan gótica que no les hiciere reír ni mona con matraca. Andaban con el mismo calambre en el brazo que su jefe y eran sus alguaciles y corchetes apellidados de las Ese Ese, porque si señalaban con el dedo se mostraba que ése y ése iban a la cárcel, que no era plato de gusto, pues conocíanse las celdas como campos de concentración y eran antesala de los de asfódelos en el Hades. Era este sacatrapos de germanía poco amigo de judíos, que hubiera hecho buena pareja en un aria con la Católica Isabel, pues tomose gran fatiga en regalar a davides, moiseses, josueses, jeremíases, y zacaríases con martirios, mutilaciones y mil perrerías, que por no darles la tierra prometida hacía jabón de ellos en vez de enterrarlos.

Fue su voluntad conquistar el mundo y hacerlo incircunciso, causando así la Segunda Guerra Mundial, que llámase segunda porque ya hubo una primera poco antes, que habíase desatado sin más cimiento que la mala sangre que se tenía cada nación con sus vecinas, y de la cual los prusianos habían salido descalabrados. Y llámase mundial porque no hubo nación que no se viese en el entuerto, salvo España, que andaba recién forrada de mataduras, socarrada en tizón y opulenta de miseria tras las andanzas del generalísimo. Obró este Adolfo teutón de la misma guisa que el Napo francés hizo primero, mas a la viceversa, pues irrumpió en París y en otros muchos sitios con sus milicias en runfla, tal que no le restó en Europa más que el reino de Inglaterra y la Rusia comunista por despojar, y aún fuera de Europa andaba en simpatía con unos tales nipones, que son unos chinos pequeños y tercos pero muy industriosos, moradores de unas islas que hay en las Indias Orientales.

Cuentan que fue por causa destos nipones, que andaban en pleitos con los Estados Unidos de las Indias Occidentales del Norte y diéronles bombarda con volatería en unas fragatas que tenían más allá de los siete mares, que embizarraron los americanos y persuadiéronse de entrar en liza, siendo éstos los últimos en juego, en pacto de alianza con ingleses y rusos. Muchos estragos y calamidades hubo en estos días, justas y combates en mar y tierra, y también por los aires, que desde la otra guerra ya volaban los soldados, tal que los caídos en batalla eran caídos en verdad de bien alto. Dicen que hizo mudanza la suerte de los fascistas cuando quisieron los alemanes invadir la Rusia y quedaron los más dellos carambanados de puro frío, y cuando desembarcaron coitosos en gran número ingleses y americanos en Normandía, aunque hubo muchos muertos por los nidos de ametralladora, que mala pájara debe ser ésta y peores sus pollos. Tanto cagaron al final de la guerra los aviones petarderos en los sitios del alemán que en algunas plazas no quedó ni el cimiento, y del fulano Adolfo no se encontró ni un mal zancarrón, cayendo estos tales fascistas en desgracia hasta la fecha.

Otra borricada se hizo en esos días y la sufrieron los nipones, desmayándoseles con esto las ínfulas imperiales. Fue ésta la cobardía y bellaquería más notable que conoce la Historia, pues castigóse a ciertas ciudades niponas con tamaños petardos, que donde cayeron quedó todo reducido a átomos, que se les dice por eso bombas atómicas. Dícese que una sola desta bombas hace boñiga de una ciudad entera y muchas leguas en derredor, no quedando ni la botonadura del jubón de quienes allá estuviesen. Y también dicen que deja un humazo en apariencia como de seta más alto que las nubes y aún pasados años del desaguisado mueren las gentes que allá se aventuran por consunción, cancros y emponzoñamiento, tales son las malas aires que quedan tras el pedo. Ante tal vejación, dijéronse los agredidos que “a olla que hierve ninguna mosca se atreve” y capitularon la paz. De este modo quedaron ingleses, americanos y rusos vencedores, franceses liberados alemanes italianos y nipones vencidos, y todos escarmentados, aunque unos más descalabrados que otros.

A estos repugnantes sucesos siguió una adjudicación del mundo en suertes: A los judíos y judihuelos, que eran los más arruinados, majados y desbarrigados de esta contienda y sólo por azar quedaron algunos vivos, que no es buena estrella la de David, regaláronles en desagravio la tierra prometida de sus escrituras, que es la Ciudad Santa de Jerusalén y la parte de Judea y Palestina. Y fue este gran desatino, pues los infieles de alcorán que allá moraban, viéndose despojados de sus tierras, desatrahillaron los perros contra los llegados. No hicieron cosa alguna los colonizadores por regalar buenas palabras a estas gentes, que fuera más sagaz diplomático un pollino. Hiciéronse los baladrones y multiplicaron la ley del talión, ojo por los dos, diente por ijada, tal es así que andan aún a pleitos y pedradas, que no hay día en que no descuarticen, descalabren y escarmienten los de Moisés a los de Mahoma y al contrario. Tan revueltos andan los Santos Lugares que más le valiera a Christo haber sido nacido en cualquier otra parte.

Es este reparto del mundo que dije se demedió Alemania, y quedó el potente americano a la cabeza de reinos y repúblicas de la Europa Occidental, comenzando así el imperio del dólar, y el ruso comunista se hizo fuerte en la Europa Oriental. Fueron forjando desta manera unos y otros gran desamor, tal que mentar sólo las filosofías del comunismo en Occidente era gran agravio y valía el patíbulo y, al cambio, la evocación de las doctrinas capitalistas en el lado rojo era gran embarazo y valía mil majamientos, si no la muerte. Tal fue así que acabó por construirse un paredón para que unos no vieran cómo vivían los otros. Así es siempre el hombre, terco y tirano y falto de prudencia, víctima de su proprio fanatismo, que púsole Dios el seso en el cráneo sólo por que no sonasen huecos los garrotazos.

Hiciéronse unos a un lado y otros al otro muy poderosos, amasando gran polvorín de bombas atómicas en los dos lados, tal que al mínimo desaire ya se ladraban fanfarroneando que iban a soltarlas y dejar el país contrario hecho páramo. Llamaban a estos conatos guerra fría y vivían las gentes entonces muy compungidas y medrosas de que se calentara esta guerra y repasara la Parca el mundo entero en un guiño, pues tal es la destrucción que se vaticinaba. Terminó esto de suerte que un buen día asesaron los del lado rojo, viendo que no siendo el hombre falto de ambición, sino ruin por natura, el comunismo es sólo aplicable por la fuerza, la opresión y la privación de voluntades, y que es más acertada al hombre la ley de las bestias en libertad, que el pez grande devore al chico y queden los dos peces contentos, comedor y comido. Así cayó en paz el muro que separaba ambas partes y quedó todo el mundo a merced del imperio americano, que es quien pregona tal doctrina, y así sigue en estos tiempos, y es esta escasez de moral la que comienza a ahuecarlo, según cree Don Diego.

En estas platicas andábamos los dos calamocanos, él solícito dando respuesta a mis interpelaciones y yo todo aspavientos al escuchar los sucesos que se me revelaban, la frasca del goloso aguardiente más vacía que cepo de iglesia, y nuestras nalgas ya fundidas con las asentaderas de la sillería. Suspendióme que se vislumbraba el claror de la aurora en la ventana, que hubiera jurado por Santiago que no fueran tantas las horas pasadas en tales predicciones. Púseme en pie, no sin cuita, que ya mis carcomidos huesos crecían en anhelos de desbarrancarse, estiréme y di unos pasos a la ventana. Así vide cómo la amanecida iba abrazando la ciudad monstruosa y matando los candiles que brillaban por doquier, en las calles, en las ventanas y en los coches, que iban apriesa sin ton ni son. Dábame vahído mirar abajo desde tal altura, mas en verdad era digno el espectáculo, pues se contaban por cientos las fábricas de casas, palacios o templos de endemoniada altura. Andaban a puro empellón dos cocheros diciéndose no sé qué juramentos, pues veíase que el coche de uno estorbaba al otro y el del otro embarazaba al uno, de tal guisa que ninguno quería ceder paso.

Divirtióme cómo estuvieron en pleito, llamándose hi de puta y peores cosas, como el cuervo a la corneja –quitaos allá, negro; quitaos vos allá, negra- hasta que el menos empapirotado hizo gesto de apartarse. Había venido Don Diego a mi lado a contemplar la comedia y comentó la necedad de las gentes de estos tiempos, que es la misma que la de otrora, y luego de esto hizo guaya y lamento de ser muerto hablando con otro muerto, que era momento triste para los difuntos el amanecer, que es cuando todo despierta a la vida. No me afligía yo tanto, que no poca alegría me trujo mi alba primera tras siglos de estar mi calavera plantada en sórdido camposanto, y el bullir de la vida parecía desporqueronarme la linfas y los humores. Picábanme ya los tolanos y rugían mis tripas como fieras, de modo que apelé a la caridad de mi amigo, pidiéndole desayuno. Afectaba desasosiego, tal era su anhelo de dejar esta esfera en pos del Reino de Dios, si lo hubiere, mas hube de recordarle su juramento de llevarme a conocer el cinematógrafo y para eso, según entendí, era menester esperar a la tarde. Roguéle pues que pasáramos juntos la mañana y dejara en mis manos antes de partir a las Islas de los Bienaventurados algún sustento. Diole esto aliento para seguir entre los vivos amparando a este humilde muerto, dibujósele en la faz sonriso como de desatinado y apareció al punto fulgor en sus ojos. En esto, calzándose un sombreo, cual era usanza en nuestros días, dijo:

-Sabio difunto, en buena hora, pues es solaz despedirse de lo que se guarda afecto: Vamos a mi café favorito a desayunar y a leer el periódico, de allá al banco, pues he de dejarte en herencia mis dineros ahorrados que te serán necesarios, aunque no sé si es peor pecado llevarlos a la tumba que legárselos a un muerto, y podemos irnos luego al Museo del Prado, del que te hablé, y de postre al cine.

Vime amparado en este día y alegréme mucho. Salimos, él tocado de sombrero y yo a calva descubierta, los dos finados escaleras abajo, y quien siguiere leyendo sabrá lo que aconteció.

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Pirata
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