Re: SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo
XII. DE LAS PLÁTICAS Y SUCESOS QUE TUVIMOS EN EL CAFÉ
Caballeros de a pié, no trotamos más de dos cuadras al compás de los bramidos de mis tripas, que dimos de narices con el establecimiento, bien señalado como Cafetería Fulano porque no perdiesen el rumbo los parroquianos. Descubrióse Don Diego ante el huésped, un hombre rucio de pelo y tan bien comido que parecía puchero con cabeza.
-¿Lo de siempre, Don Diego? –inquirió.
-Y lo mismo para mi amigo –contestó el aludido. Y al punto tomamos asiento en una mesa limpia, acicalada con mantelicos de papel y un manojo de escarbadientes. Mientras el huésped entraba en liza con unos ingenios resopladores que hube de creer eran las fuentes del café, reparé en una caja con ventana como la que había visto la noche anterior en la taberna donde salí descalabrado. Nada se veía por ella, para mi consuelo, mas hube de preguntar a mi buen Don Diego por este maldito fenómeno.
-Dime, mi prudente amigo, ¿no es ese arquilla con cristal que ahí se custodia relicario de un juego de pelota muy apreciado en estos días?
Corríme al veer que daba grandes carcajadas mi bienhechor, mas pasada la risa extendió las velas del discurso y me hizo saber que seguramente había visto un partido de fútbol, que es barbarismo por balompié y que viene a ser como si dijéramos los juegos romanos de estos días, pues se construyen grandes coliseos para que las gentes se huelguen con el espectáculo y es más reconocido éste que las lidias de toros. Del esclarecimiento que Don Diego me hizo de estos juegos resolvíme a pensar que eran las gentes de estos tiempos menguadas de mollera, tan simplones villanos como nobles, pues en este juego de pelota no hay más que lo que digo, una pelota que se disputa a puntapiés entre dos cuadrillas de prójimos en paños menores, y les va el honor en ganar y en perder. Y no hay suceso más victorioso en esta pendencia que escurrir la bola dentro de una portería, que es puerta sólo por los quicios, pues ni se abre ni se cierra a pesar de tener portero, y en verdad es digno de verse que cuando se cuela la pelota todo el gallinero se inflama y se pone a pitar y cacarear golgolgolgol, que se dirían pavos en vez de racionales. Es lo más insólito que cause este ejercicio tanta admiración no habiendo lidias de sangre ni lance de peligro alguno para los contendientes salvo que se desvíe una patada a los compañones o reciban un pelotazo en la vista. Tiene a fe mía este juego del fútbol menos nervio que los de tabas y bochas.
Llegaron los cafés muy bien aliñados, en taza de china con platillo, un dracma de azúcar blanco y cuchareta argentina, y con ellos unos bollos cornudos que llaman cruasán, siendo así más fácil comerlo que pronunciarlo, de los que yo hice buen recibimiento en la gola una vez ungidos de mantecas y compotas. En esta jugada estábamos cuando díjome Don Diego con el cuerno en el hocico, que hacía semblanza a un jabalí cruasanero, que esta televisión no sólo muestra estos juegos de pie con bola, sino que opera a guisa de anteojo de larga vista por razón de no sé qué mágicas artes. Tal es así que por ella puédese veer lo que está sucediendo en el mismo momento en otros lugares y, aún más, que guarda memoria de la imagen y puédese veer lo que ocurrió en el pasado. Díjome además que para que se guarde así memoria de cualquiera imagen ha de catarla un ojo que llaman cámara, y diome esto a mí tanta risa que espurrié un sorbo de café y a poco bautizo a unos parroquianos de la mesa lindante.
-Cámara en mi días –dije- sólo tuvieron asuntos con el ojo del culo, que por el entendimiento que yo tengo fuera negra cualquier imagen que catasen.
Hicimos de esto gran fiesta de carcajadas, que ya nos distinguían el huésped y otros como a lunáticos. Al punto explicóme que cámaras no eran ya los excrementos del hombre, lo que se viene a entender por mierda o cagajones, y no tanto alcobas ni salones, sino unos ingenios que imitan el ojo y que son de dos suertes: las unas ven una imagen quieta, que se llaman fotográficas y han dado en parir la muy noble arte de la fotografía, que es como el retrato de estos días, como dije, y es tal su finura que los pintores modernos para no morir de hambre vense apremiados a vender chapucerías y garabatos afectando que lucen como obra de arte; las otras llaman de video a razón de lo que por ellas se vee, pues son éstas las que guardan memoria de sucesos, haciendo testigos a otros que no lo fueron ni en tiempo ni en lugar, luego que son reflejadas y representadas estas ilusiones en la pantalla de cristal de esta televisión, que las repite cual papagayo. Aparecíame todo esto contra natura, no sabría acertar si por milagroso o por diabólico, que es acaso todo lo mismo. Quiso explicarme al punto Don Diego que son todas estas industrias asombrosas fruto de unas artes que llaman electrónicas, y entendí yo que si las cosas de Electra eran ya brujería, válame Dios qué he de esperar de este Electrón.
Televisión hay para veer de lejos, teléfono hay para hablar de lejos, acaso haya telenaso para oler de lejos. Voto a Santiago Apóstol –dije- que me admira que la Santa Inquisición no ponga trabas a tales artes, que si alguien osara tener una de estas televisiones en mi siglo, no tardaría en salir encapirotado hacia la hoguera a lomos de burra y corrido a nabos, pues no es voluntad de Dios que veamos lo que no vivimos.
-Vemos lo que no vivimos, pero al verlo ya es vivencia nuestra, y ese es el mayor peligro de estos tiempos, que viven engañados por los ojos todos los crédulos, y sólo en esto se echa de menos la Inquisición, que tiempo ha que se extinguió, gracias a Dios – contestó Don Diego, y dicho esto explicóme que en esta televisión no decide quien la vee lo que ha de ver, sino que alguien decide por todos. Y es claro que este alguien tiene una suerte de poder infinito, pues todos creen lo que veen y aun siendo verdaderas las cosas que se veen es fácil enseñar las buenas y esconder las malas, y así son manipulados los hombres como títeres de feria. Es señal dello que la mayor parte del tiempo se muestra sólo reclamo de vendedores, que por pregonar así las virtudes de sus mercancías todos las creen y quieren comprarlas, y llaman a esto publicidad, que es gran paradoja pues sangra al público y favorece al privado. De tales imágenes, mañas y artificios se valen estos comerciantes que es digno de verse, pues se ha sofisticado el arte de estafar hasta tal punto que mueve a risa. En tal se muestra una hermosa ninfa en cueros vivos anunciando una puchecilla para la tez, provocando a las viejas que tienen la cara como higo picado de pájaros para que la compren y se afeiten con ella, y muchas lo harán con la certeza de que les volverá la flor al arrebol; en cual se enseña un jabón milagrosos que deja blanca inmaculada la camisilla de un niño que venía embarrizado como puerco y con buenas palabras llaman imbécil al que no lo ha de comprar; en tal otro se dice que el primo de un rapacillo mequetrefe, un matasietes de tres varas de alto, es tan fornido mancebo porque toma tal jugo de naranjas; en cual otro se aconseja a un pollastrón que anda en cacería nocturna de mugeres qué bebedizo ha de tomar para holgarse con la más juguetona y sabandija, de las que se hace inventario visual a cual más flaca de carnes y ropas; y así se disputan a cuál más ingenioso y trapacero, que hay más charlatanería y picaresca en diez minutos de televisión que en una mañana de Rastro.
Pero es peor cuando se dan noticias y aviso de lo que pasa en la villa, en el país y en el mundo, cosa que hacen cada día en horas señaladas, porque esto es sólo espejo de los políticos, que no reparan en decir más verdad que la que les favorece, y más la deforman que la informan. Tal es así que los pocos sabios destos días son tan incrédulos y desconfiados que toman por doctrina el pesimismo y entienden al revés todo lo que les cuentan. A los encargados de los susodichos menesteres llaman periodistas, porque escriben su ciencia en unos pliegos públicos de usar y tirar que llaman periódicos por salir cada día, y es profesión muy notable, entre autor y comadreja, escritor fisgón.
-Me huelga, puesto que de haber existido este oficio en mis días, yo mismo hubiera sido periodista –desto di fe ante Don Diego.
-Noble oficio es –contestó él-; tanto que el Príncipe heredero de la Corona de España dio en casarse con una de ellas.
-¿Cómo? ¿Es cometido éste de mugeres? –repliqué pasmado- ¿acaso por lo fisgonas?.
-Éste y todos –explicó Don Diego- que agora es la muger libre de ganar el sustento igual que el hombre y ya nos dan sopas en muchos cargos. Sólo curas se les niega ser, que de lo demás pueden cualquier cosa, que si ejercieron ellas con honor el oficio más antiguo del mundo, no harán menoscabo de los más modernos.
Híceme yo cruces de esto, mas no hallé argumento ninguno en contra, así que cambié de tercio.
-¿Qué me habas de príncipes y coronas? Aunque a los muertos no nos hubiesen de solazar más coronas que las de flores, dime, buen Diego, ¿acaso muerto el tirano ese de que me hablaste, volvió la Monarquía? Buen anuncio sería eso para mí, que no entiendo otra forma de gobierno.
-Volvió felizmente, discreto mío –díjome. Lamióse el café de los bigotes, como gato que acaba de embucharse un ratón, y con solemnidad y gran secreto hízome conocedor de cuanto sigue:
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Pirata
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