Re: SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo
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Dio este Franco con su osamenta en tierra a edad muy avanzada, como dije, que la salud que quitó a otros toda la aprovechó él para sí. Estuvo su mojama expuesta en el féretro para los curiosos, que fueron muchos, más para veer si de verdad estaba privado que para llorarle, y tras esto sepultáronle en colosal mastaba construida por galeotes cerca del panteón regio de El Escorial. Habiendo finado el tirano sin sucesor reconocido y temiendo un desenlace anárquico, fue dispuesto por la camarilla de truhanes que venían ostentando cargos en el gobierno que se había de crear una monarquía parlamentaria, con lo que quedaban todos contentos: los monárquicos por que hubiere rey, los republicanos porque el rey no mandase, las gentes por la novedad y los susodichos truhanes porque así afirmaban su autoridad, pues era su idea que el Parlamento fueran ellos. Mas hubo entre estos algunos prudentes y discretos que supieron jugar sus cartas, y de todas ellas la de más triunfo es la que llaman carta magna o Constitución, que viene a ser la madrina de todas las leyes y tal es así que no se ha de promulgar nada que la contradiga, siendo su objeto consolidar las libertades y dignidad de todos los súbditos.
Cosa buena es si está escrita con juicio y así dicen que se hizo, pues hace a todos iguales, nobles y villanos, condes y gañanes, obispos y cómicos, almirantes y perrengues, damas y matronas, propinquos y ajenos sentando además libre albedrío de pensamiento. Y fue gran sabido que era hasta entonces delito, por muestra, que hablara catalán un catalán, que es cosa sin sentido, como prohibir nadar a un pez. Es también sabido que si se levanta una veda, allá van los perros, y habiendo sido antes prohibido renegar de la fe cristiana fueron estos tiempos bullidero de apóstatas, herejes y blasfemos; o habiéndose vetado, por excesivo decoro, mentar la fornicación y mostrar el desnudo, hubo entonces cabalgata de tetas y culos hasta el ridículo. Instauróse pues una democracia o gobierno popular, que no es tal, pues no es el pueblo quien gobierna, por fortuna, sino validos que se eligen en una suerte de feria, que es como mercado de la política. Llaman a este evento elecciones, y ocurre cada tantos años, que son cuatro, de suerte que cogiendo siempre uno bisiesto puedan jactarse los cargos de gobernar un día más. Agrúpanse los políticos para esta feria en palos que llaman partidos, nombre apropiado, pues dentro de cada peña una mitad tienen unas ideas y otra mitad otras. Está así estipulado que antes del sufragio se venden los políticos como verduleros y entran en litigio por veer quién es más embustero, prometiendo el oro y el moro y jurando en vano a diestro y siniestro, dando crédito a sus mentiras y quitándoselo a las de sus rivales.
Tales dicen que traerán más riqueza, buscando sólo la suya; cuales graznan que menguarán los tributos y aun con las arcas vacías harán grandes obras; otros prohijan a los unos mientras que venden su alma a los otros, truques y gangas de los sedientos de poder; y, en fin, todos injurian y hacen chufa a todos. No en vano llaman a esto campaña, y si se juntase por azar a unos y a otros ciertamente habría más sangre que en una militar. Es sinrazón deste procedimiento que a la sazón se eligen en el sufragio los partidos y no los sujetos, con lo que por elegir un principal o, si se da el accidente, un buen político, van tras de él sus amistades de capa y gorra, es decir, que viene Alí Baba con los ladrones apostados y por comprar un potro has de mantener cuarenta pollinos. Así, llegado el día, gana el partido a quien los incautos agasajan con más votos, que no son de pobreza, de castidad ni de obediencia, sino dictámenes íntimos que se tantean, y se completa el Parlamento según salen las cuentas. Explicado el uso, sorprende que siempre salgan victoriosos de esos plebiscitos los mismos fulanos, y esto es así porque en realidad hay apenas dos partidos en liza, que los demás son baladíes, todo aire, amor de monja y pedo de fraile. Y son estos dos uno de derechas, que se llaman de centro-derecha para engatusar a algún vacilante; y otro de izquierdas, que se llaman de centro-izquierda por el mismo vacilante y a causa desto son partido partido, pues hay un tercer partido que dicen de izquierda unida que no está unida a ellos por ser de izquierda izquierda. Esto yo entendí, que no es poco pero tampoco gran cosa, que de puro enmarañado no lo entendiere el diablo. Y si el pío lector no recordare lo que antes dije que se llama derecha e izquierda en estos asuntos, bástame decir que son los de izquierdas lo que han de sentar a la izquierda del Padre en el día del juicio, por los muchos pleitos que tienen con él a causa de ser descreídos, y son de derechas los que, por leales al Papa de Roma, creen que el Señor les sentará a su derecha, mas a muchos dellos no quisiéralos a su lado ni el mismo Judas, pues son idólatras del patrimonio.
Oí también que se dividió a España en sus regiones, otorgándoles la condición de autonomías, de suerte que cada una tiene su Gobierno, amén del de la nación, y puede darse el contradicho de que en el gobierno de la nación haya un partido y en el de la región otro, tal que no se componga la parte con el todo. Y esto es peor cuando los de la parte son nacionalistas, que se llaman así los que porfían en ser nación ellos solos y rezongan del Rey y de todos, siendo su solo argumento la pura obstinación. Y de estos los más finos son los catalanes y los peores los vizcaínos, que andan muy atareados aprendiendo a escribir el vascuence, si bien ni cifrado en pan de otro lo entendieren Salomón y los siete sabios. Andan éstos resueltos a desmembrarse de España, los más con camándulas políticas y los menos, pero más feroces, a fuerza de mosquete y pólvora, intimidando a los prójimos y asesinando a los ajenos de manera vil y cobarde. Es por esta lacra moderna que muchas gentes de bien contrarias a sus doctrinas viven despatarradas del miedo. Éstos, dicen con buen criterio, son el excremento de entre los facinerosos, y se llaman terroristas, por lo atroz de sus calaveradas, o de “eta”, como el necio balbuceo de un nene, por no saber hacer uso de la palabra, siendo vano afanarse en deliberar con ellos.
-¡Malhaya la ventura de quienes no se avienen a tolerar las razones de otros y traen la cobardía como insignia y el balazo como escarapela! –dije yo, oyendo estos sucesos-, pues es vergüenza de la humanidad que este estigma ha de estar presente en todos los tiempos. Dime, benigno Diego, ¿cómo tolera esta democracia tan oportunamente urdida y el propio Rey el azote de estos bellacos?
-No se tolera –contestó él- que son sólo fuente de odio sus execrables crímenes en todos los hombres de juicio, y tan consolidado se ve este sistema al cabo de los años que no lo hacen tambalear cuatro mentecatos con capuchón de verdugo. Sólo al principio, docto amigo, hubo quien no apostaba un maravedí por la democracia. Como muestra, te diré que un montón de alguaciles prorrumpieron en el Congreso de los Diputados a las órdenes de un bravucón con la pretensión de volver el país a la dictadura militar. Estos hicieron célebre la sentencia “¡Que se sienten, coño!”, pues con esa fórmula increpaban a los diputados más bizarros que osaban asomar la medrosa testa desde la trinchera de su escaño y todo esto se vio en cada rincón del país por la televisión. Y es notable que en la hora de más zozobra apareció el Rey en ella sosegando los ánimos de sus súbditos y alentando el espíritu democrático y la Constitución que él mismo había jurado.
Acabó pues todo resuelto por las buenas, y es esta su única gesta real conocida, que fue de grande calado en las gentes. Y con certeza te digo que tiene este Rey más planta de modesto mayordomo al servicio de sus huestes que de monarca absoluto de los de tus tiempos. Respeto impone sólo por su tamaño, amén de su imperturbable tranquilidad, pues es mastín de reyes; la mirada tiene hundida en la cara, la frente despejada y larga, casi equina, la nariz generosa, como de buen catavinos, y la boca escondida debajo. Cuando habla lo hace como si la voz saliera de muy adentro de los bofes, que casi reverbera, y al oírle da la impresión de que tiene siempre la boca llena, cosa que no es de censurar, pues si reyes no andan ahítos, mal anda el reino. Así es que los más de los españoles le guardan respeto y apego, pues siempre tiene la deferencia de felicitar las pascuas con tan sereno discurso que sólo verle inspira tal sosiego, que despierta el recuerdo infantil de cuando las ayas nos contaban cuentos a los mocosos en cálido y mullido lecho.
Vive el cielo que me estaba ya llamando sueño esta plática real y recelaba yo de dormir no fuese mi siesta de otros cuatrocientos abriles. Pagó Don Diego al huésped, despidióse, y salimos. Con el rabo del ojo eché un vistazo último a esta televisión, que por fortuna dormía entonces, pues me turbaba asaz su presencia tras todo lo que se me había de ella revelado.
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Pirata
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