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El Portero
 
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Predeterminado Re: SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo

XIII. DE LA VISITA AL BANCO Y LOS DINEROS QUE HEREDÉ DE DON DIEGO

-Vil sería de mi parte –díjome Don Diego- no dejarte mis ahorros en trueque del favor que me has hecho concediéndome la salvación. Habrás menester, difunto amigo, de unos cuartillos para echaros algo al gaznate. Ya sabéis: “Poderoso caballero es Don Dinero”.

-Agradezco no me paguéis el favor dejándome en la indigencia –contesté-, que a mi edad de cuatrocientos y pico no me han de hospedar en la casa de expósitos. Y quedad tranquilo que he de gastarlo con prudencia, antes en sopas de ajo y vino de bayuca que en lobagantes, lechones y becadas.

Bramaban los coches por doquier, que andaba yo con mil ojos por no ser atropellado. Advertí entonces que las calles, en vez de empedradas estaban cubiertas de pez. No han de criar de esta guisa baches ni gibas, mas parecióme harto sucia la idea. Aprovechamos un vado de paso bien señalado con franjas blancas y al otro lado de la calle dimos con uno de estos templos de la modernidad que llaman banco y es dueño y amo de todo. Empujamos la puerta, que era muy tosca de acero y cristal de culo de vaso, mas la hallamos cerrada. Viendo que dentro había muchas gentes y no habiendo llamador ninguno, a falta del pomo de mi espada, di unas puñadas a la puerta al grito de “¡Ah de la casa de sayones! ¡Abran a estos caballeros, que de fiar son!”. No cayó esto en gracia de los de dentro, que miraron la escena con sobresalto y gesto de “al loco y al aire darle calle”, mas no se dignaron a abrirnos. Acercóse un fulano lobuno, porra en cinto, alguacil o corchete por las trazas, pose de matachín y aires de infanzón, y miró huraño con una ceja sola, mas tampoco abrió. Enojóme esto sobremanera y en un tris estaba de vociferar mil juramentos a esos bellacos del infierno cuando Don Diego aplacóme sonriendo.

-Mucho han mudado tiempos y modales, mi querido resucitado –y dicho esto tocó con el dedo un pitoncillo que había en la pared y al punto cantó una chicharra y la puerta abrió como por encantamiento, sin ayuda de mortal ninguno. Pasamos en silencio, pues hallábame corrido e infacundo, que en todos los ojos se hacía veer que no era yo buen marino en esta agua. Y era el corchete susodicho el que menos me quitaba ojo, más por sujeto de poco seso que por ladrón. Afectando gravedad de persona abultada hice gran disimulo de mi vergüenza y ubíqueme junto a Don Diego tras las gentes que aguardaban ser atendidas. Era este banco un lugar pulcro y bien iluminado, mas no caté dineros por ninguna parte, por lo que deduje que era sólo la antesala. En un aviso muy bien compuesto rezaba el siguiente versículo: “Tenemos los intereses más bajos”. Pasmóme la sinceridad y descarada franqueza de estos mohatreros modernos, pues en verdad no hay oficio ni interés más bajo, vil y ruin que el de exprimir las faldriqueras de las gentes honradas, y así osaban proclamarlo.

Según fueron despachándose las gentes fuimos avanzando en la disciplinada fila, hasta que dimos con unas hiniestras a modo de confesionarios donde se sentaban los banqueros tras un vidrio tan grueso que no lo quebrara un cañonazo. Recibiónos una banquera muy curiosa, con catadura de dama cubicularia, bien afeitada y peinada, los labios gruesos de color rubí que se antojaban cálidos para el amor, la caja de las muelas graciosa, las narices chatas y bien presentadas, los ojos negros y esquivos cual mirlos, la melena suelta que irisaba como azabache sobre el pescuezo, los senos que se adivinaban redondos y dulces tras el juboncillo y las manos inquietas como arañuelas. Hubiese preferido tropezar uno con ella en un baile que tras tales parapetos y hacer de tal beldad adorno para el lecho, si fuese yo unos siglos más joven, digo. Dictó mi pío protector a esta Venus que era su deseo hacerme beneficiario de su cuenta corriente. No sé si quiso llamar corrientes a sus cuentas por ser vulgares o por lo apriesa que se va de ellas el dinero. A ello respondió la hermosa que era menester mi D.N.I., que viene a ser una cedulilla con el retrato de cada sujeto. Siendo yo don sin din ni D.N.I. fuese sin ton ni son tal pretensión. Alegamos que era yo recién llegado, careciendo por tanto de documentos, a lo que solicitóse pasaporte. No quiso la mozuela creer que de donde yo vengo no ha menester pasaporte, pues allá llegamos todos indocumentados y la Parca no requisa legajo ni expediente ninguno, y así juzgóse imposible que pudiesen adjudicárseme dineros.

-Lo siento, señores, por muy zombi que sea el caballero sin documentación no puedo hacer nada –dijo. Y a pesar de no entender sus palabras fue regalo para mi reseco corazón la dulzura de su voz.

Acabada la disputa, pidió Don Diego resignado algunos cuartos mostrando sus credenciales, a lo que la banquera le dio en prenda unos papelicos de colores, con los que partimos. Iban todos numerados y grabados de mapas, estrellas y dibujos de arquitectura.

-Esto, docto amigo, es moneda de estos tiempos –dijo Don Diego-, y aun siendo papel que se lleva el viento vale y pesa como el oro y plata de tus días, pues quedó el metal sólo para quincalla y bujería. Este billete, que así lo llaman por ser papel que va de mano en mano –y mostróme uno color gamuza-, vale cincuenta monedas, que no son escudos ni ducados sino euros, como sabes, y cada euro tiene cien céntimos, que son como maravedíes de chichinabo, pues poco valen. Y he acá que te doy trescientos euros de vellón, pero has de saber que hay más a tu disposición en este banco, y de seguido te he de explicar cómo tomarlos cuando quieras, pues me temo que te resta hacer muchos papeles para vivir entre los vivos, valga la iteración.

-¿Cómo, empero –pregunté- si ya fuimos testigos de que esa criatura angelical no suelta ni gallofa sin la cedulilla que se mentó? Y es de temer que aun solicitando al punto tales documentos a los públicos escribanos, si no ha mudado mucho, como creo, el mundo, me los han de conceder cuando meen las gallinas.

-No temas, amigo difunto –respondió-. Es ironía de la vida moderna que te han de dar las máquinas lo que no te niegan las personas.

Dicho esto acercóme a una hornacina luminosa sita en los umbrales, de las que yo vide la víspera, que rezaba el lema: “Para operar inserte su tarjeta”. Desenvainó Don Diego una cedulilla sin rodela ni marco, que tenía muchas cifras, como de cábala, y su nombre escrito: “Diego Torres Villarroel”. Doy fe que la introdujo por una hendedura y el artificio la engulló de un trago, poniéndose muy contento y dando instrucciones con mucha educación. Enseñóme mi generoso amigo cómo se señalaba su clave personal, que era un guarismo secreto, tal que para no olvidarla dio en elegir el año de su nacimiento, 1694, y así lo aprendí, de modo que tocando con la yema del dedo unas piezas ordenadas que figuraban los números, el engendro daba un silbo al enterarse y solícito preguntaba la cuantía requerida. Ha de esconderse sin duda tras este ingenio una tramoya tal que entendiese qué se le dice. De esta guisa, con manipulaciones sencillas, vomitó al fin dinero y tarjeta y salimos ufanos con el botín. Ofrecióme Don Diego la susodicha tarjeta, convencido de que no le haría buena compañía en el otro mundo, y juré custodiarla a conciencia, no en vano daban sus virtudes fe de toda mi riqueza en este mundo. Maravillado de todas estas novedades, seguí los pasos de mi preceptor hasta un lugar donde nos detuvimos, pues allá esperaban como corderos numerosas gentes.

-Aquí tomaremos el autobús –dijo, como si ello fuera cosa de buen seso. Mas en lo que a mí concernía, advertido de lo que esta bestia era, temblábanme los calcañares sólo de barruntarlo.

.../...


Pirata
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