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El Portero
 
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Predeterminado Re: SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo

XIV. DE LA VISITA AL MUSEO Y NUESTROS DIÁLOGOS SOBRE EL ARTE.

No esperamos mucho y llegó bufando el espantoso engendro, aunque unas dueñas reviejas que allá aguardaban a esta bestia hacían mil refunfuñaduras diciéndose entre ellas que ya era hora. Abrióse un portón resoplando como fuelle de fraguas y saltaron a batalla todos los de a pie. Yo receloso hice mi entrada el último, casi a puro empellón de Don Diego, que se mofaba de mi poco arrojo. Cerróse la puerta y comprendí cómo hubo de sufrir Jonás en la ballena, que tal era el brete en que me hallaba. Sacó Don Diego de la faltriquera otra cedulilla, ésta llamada Metrobús, que no hubo nombre tan espantoso ni en libros de caballerías, y la introdujo dos veces en una agalla piadora que tenía la bestia en la misma entrada. Todos los viajeros hicieron lo mismo y el cochero, agarrado a una rueda de Santa Catalina que hacía la vez de las riendas del artefacto, cataba de reojo si cada cual cumplía con su pío pío. Arrancó ligero y fue tal el restregón que, de no agarrarme unos viajeros con trazas de indianos, doy de narices en el escote de una señorona que allá se sentaba. Diles las gracias y repúseme, aunque en mi fuero interno les reprochase el evitarme tan dulce caída. Hízome seña Don Diego de asirme a unos barrotes y así hice el viaje, más prendido que en galeras, que con el meneo hacía intención el cruasán de volverme al gañote y salir en bosadilla a salpicar camisas. Vide en este viaje por las ventanas grandes fábricas y palacios, e infinitos coches y personas que iban muy apriesa, como si anduviera el diablo tras dellos. Mas ¡qué digo! Ni el diablo quisiere saber de tan nefando infierno. Así fui catando las calles de esta urbe prodigiosa, que se antojaba a mis ojos una mixtura entre Sodoma, Babilonia y la Atlántida, cuyos confines habían crecido sin duda por donde en mi siglo sólo hubo madroñas y belloteros. En llegando a una plaza con ricas fuentes y arboleda vide los rascacielos que tanta turbación me causasen el día anterior, y reconociendo lugar tan señalado dije a mi difunto amigo:

-Dime, buen Diego, ¿qué es este lugar en el que se edifican fábricas tan fabulosas y qué albergan estas torres tan altas, que al propio San Pedro dieran vértigos?

-Nada de importancia, sabio amigo. No te dejes confundir por apariencias, pues no son estas casas cosa extraordinaria, sino las intendencias donde los negociantes tienen sus despachos. Acaso hay algún hotel, que es como llaman a las hospederías y posadas de estos días. Este lugar se llama agora Plaza de España y el monumento que ves está dedicado a la memoria de Miguel de Cervantes, que se considera el más glorioso escritor que tuvo nuestra lengua.

-¿Cómo? –dije sorprendido- ¿El manco? ¿Ese sotacomitre de empacho? ¡Válame Dios y todo el santoral! ¡Por esto no hubiera dado yo un cuartillo!

-Pues quisieron las suertes de la Historia que su Quijote fuese el libro que por más ingenioso se tiene, pues bien describe el carácter de nuestro pueblo, en su zafiedad, su terquedad, su ceguera y al mismo tiempo en su talante noble y ensoñador.

-Pasmado me hallo –repliqué-. Que de saberlo hubiera escrito yo necedades y libros de caballerías en lugar de versos. ¡Carajo con el bribón, el Caballero de la Triste Figura! Y dime, amigo, que no medra en mí la modestia. ¿Tengo yo acaso monumento o me sigue maltratando la historia como lo hizo cuando vivo, que por ahorrar lisonjas a algún villano fui invitado de celda en celda y tuve luego servidas moscas y mocos para el postre.

-No temas, muerto mío –dijo con sorna-, y reconcíliate con tu modestia, que tienes estatua y con tu nombre una glorieta, que no es tanto como la gloria, pero casi, y es tu monumento mejor que el de Lope, y no hace mucho te pusieron una fuente en derredor, para que veas tu imagen reflejada, cual Narciso.

Reímos de esto y consoléme yo algo al oírlo. Luego callamos, pues en Callao estábamos, que no era un lugar precisamente tranquilo. Es paradoja.

Tras lo que parecióme una eternidad nos abajamos al fin. Pálido como el muerto que era iba yo, mareado de navegar en secano. Díjome que habían dado nuestros huesos con la calle de Alcalá, mas igual me valiera que me hallase entre las siete colinas de Roma, pues nada era lo acostumbrado para mis ojos. Era todo en derredor tal hervidero de coches que de la tostadura de sus cuescos no pude parar de toser, y en el centro de la plaza había una fontana con una estatua representando un carruaje guiado por leones, conducido por una dama que acaso fuera Démeter, Cibeles o Rea por la figura. Pensé yo si mi monumento también tendría leones y si sería así de señalado. Mas pronto desvanecióse mi vanidad a la vista de los ricos palacios en derredor de este barullo, que jamás los vide antes tan grandiosos y suntuosos. No anduvimos mucho y topamos con Neptuno, encarnado de la misma guisa que la otra estatua, aunque guiábanle jacos en vez de fieras. Mustio se le veía tan lejos del mar, y acá me dijo mi explorador que nos encontrábamos en el Prado de Atocha, aunque no aparecía ya ni prado ni atochar ni nada de lo que yo hube conocido en vida, sino grandes edificaciones, cuatro arbolotes y, si cabe otra mención de lo mesmo, grande ruido de los millares de coches guiados sin bestia que zumbaban por doquier.

Mostróme en esto Don Diego una grande fábrica con columnas, y díjome que era éste el Museo, llamado así en honor a las Musas, ya que en él se guardaban retratos y pinturas de gran valor, muchas de ellas pintadas en nuestros días y más antiguas. Díjome que eran las más preciadas las de Diego Velázquez, lo que hace justicia, vive Dios, pues muchas destas vide yo en la Corte, retratos más reales que sus Reales muestras. Díjome que había cuadros antiguos y traídos de Flandes y de Italia, y que, amén de Velázquez, se creían preciosos los espantajos que pintó el Greco en Toledo y los de un fulano muy celebrado llamado Goya, pintor de tapices, reyes majaderos, ejecuciones, cabrones, brujas y trasgos, que no pude conocer por moderno. Todo ello quería enseñarme y así marchábamos resueltos, mas cuando nos hallamos en los soportales, abrió don Diego mucho los párpados, que daban así pasmo sus ojos descaperuzados, púsome en el hombro la mano diestra, que eran cuatro dedos como sarmientos resecos y un pulgar canino, y con la zurda hizo señas al aire diciendo:

-¡Mi buen muerto, paladín de los ingenios! No has de visitar lo que ya conociste en vida habiendo en el mundo tan grandes novedades. ¡Tornemos el rumbo, que vas a veer lo que llaman arte en esta edad moderna! Vive el cielo que más revelador ha de ser para tus ojos aquello que vieren cuanto más ilustrativo de los tiempos modernos. Otro museo has de veer y no éste.

Dicho esto, guióme apriesa por el avispero de las calles a una placeta más remota, y en ella había otra casona enorme que llaman el Museo de la Reina Sofía, celebrando que tiene este nombre Su Majestad en estos días. Era esta construcción sencilla salvo en sus dimensiones, mas adosadas tenía dos cristaleras como hechas de espejuelo, tan altas como ella. Caté que las gentes subían y bajaban por ellas en gran número sin que hubiese menester peldaños ni escalas, pues iban quietos sobre una tarima que movía el mismísimo diablo.

-Una condición hay –dije amedrentado- si quieres, amigo, mostrarme los prodigios que encierran esos muros: Que no haya de subir yo por arte de esas poleas sibilinas.

-No temas, que bien supongo que siendo antiguo te diese la tarantela si subieres a uno de esos ascensores –contestó-, pero has de saber que no hay nada malo en hacer más liviano el cuerpo, que se siente al subir así que pesa éste poco más que el alma. Y has de saber que si porfías en ese recelo te llamarán los modernos claustrofóbico. ¿Cómo pues subirías a un rascacielos de ciento y tantos pisos sin cansarte?

-¡No he de subir, voto al Cielo! –dije, airado por estas mofas-, que de tantos años soterrado me sobrecogen las alturas.

Dicho esto pagamos lo que se nos dijo y nos entramos. Había dentro un patio, como de convento y, en derredor, por los varios pisos muchas salas bien iluminadas sin muebles ni menaje, de lo que se colegía que allá no vivía nadie, adornadas con pinturas pendientes de las paredes acá y allá, que las gentes iban mirando muy despacio, como si encontrasen algún regocijo en ello. Acérqueme a mirar yo mismo una de estas obras que hacían deleite de las gentes y quédeme más frío que un arenque ante lo que vieron mis ojos, pues en este cuadro no había nada más que un pingajo negro, que acaso por broma alguien había enmarcado.

-Este es el arte del último siglo –me dijo el bueno de Diego-. ¿Qué te sugiere?

-Si has de tomarme por bobo o por páparo, hazme la mamona, que si a esto llamas arte, genio he sido yo en lienzos de calzón y pañizuelo, y más lo fuese cuando usaba pañales, aunque poca memoria guardo dello.

-Mi sabio amigo –insistía-, no es mi designio hacerte ofensa ni burla. Cierto es que a muchos no conmueve, pero esto es el arte moderno. Sólo pretende romper con las doctrinas de antaño. Andan agora los artistas en busca de otros lenguajes para expresar la belleza y tan afanados están que osan atentar contra ella. Así que dime sin recelo, por favor, qué te sugiere esta obra.

-¡Por Christo, que no es mofa!

-No es mofa –dijo.

-Pues dime, amigo moderno, pues preciso tu ayuda para mi apreciación, ¿es esto retrato o paisaje?

Hízonos esto gran estallido de risotada, que nos asomaban las lágrimas a las ventanas de los ojos. Y sólo de pensar que éramos muertos tan alegres nos daba más risa y no podíamos suspenderla. Yo caí tronchado al suelo y Don Diego apenas se tenía en pie, tal era la violencia de la risa. Dionos llamada de atención una dama que allá vigilaba el buen orden de las cosas y así nos compusimos, algo corridos de vergüenza, pues con afectación recordábanos que era aquella casa museo y no taberna.

-Retrato, es retrato –dijo Don Diego al fin, entrecortado por no soltar la carcajada que le empujaba el aire desde los bofes.

-¡Pardiez, pues, que lo veo! –dije en sobresalto- ¡Y qué gran maestro! Autrorretrato es este de la sombra del ojo del culo.

Tal fue la bufonada con esta agudeza mía que se hizo menester salir por pies de la sala, como dos chiquillos que anduviesen en alguna canallada, y tan alborotados de la risa que nos costó un rato componernos.

Entramos en otra sala y pasmado seguí viendo y considerando pinturas: Unas parecían hechas a escupitajos; otras se llamaban “pájaro” o “muger” y no se adivinaba ni la sospecha dello, que mejor retrato de tales cosas hubiera hecho un ciego maniatado; en otras se veían unas formas grotescas sin ton ni son; en otras había todo tipo de desechos, suciedad y mugre pegados sobre el lienzo. Dábame vuelcos la razón de veer cómo se había perdido el buen gusto.

-Sácame de aquí, mi devoto amigo –rogué-, que ya me causa aturdimiento el esplendor de tanta hermosura.

-Un punto has de llevar la cruz todavía, Quevedo, pues algo quiero enseñarte que fue para mí revelación. Has de confiar en mí que tengo también ojos antiguos.

-Así sea.

Subimos unas escaleras hasta otra altura y así fui guiado por pasillos hasta unas piezas mayores en las que se guardaba la obra de un tal Picasso. Allá llegados, me dio Don Diego esta explicación:

-Mira con esmero estos lienzos, amigo, pues son del pintor más grande del siglo último y cabeza de un vicio del arte que se llamó cubismo. Has de saber que la deformación de la realidad viene de una licencia aleatoria pero armónica de la geometría y el color, y que si bien no figura la forma apropiada de las cosas, significa cómo se ven las cosas deformadas tras pasar por el corazón y la mente del artista.

Conmovióme la seriedad de Don Diego, de modo que fui catando los lienzos, que eran de muchos colores y pretendían acaso dar volumen como de escultura a rostros cuadrados en balde, que los más eran de mugeres, toros y caballos, figurados como en imitación de las primitivas artes de los países que habitan indios o negros. Mas éstos no tenían nada en su sitio, que se plantaba el ojo en el lugar del cuerno, los labios en la frente, los hocicos en el cogote y otras atrocidades, tal que había rostros bizcos de los tres ojos y tuertos de oreja, y a pesar del disparate se veía mucha congoja en estos rostros, lo que hube de juzgar meritorio, a fe mía. Eran todos estos cuadros ensayos de uno grande, de al menos veinte varas de largo, aciago de color, que daba la apariencia de una escena en la noche vista en el guiño de un relámpago. En este decorado retorcíanse gentes y bestias, todas cuadradas y descuadradas al tiempo, como si se figurasen en tal desfiguración grandes padecimientos. Uno parecía entremuerto con la durindaina desenvainada. Otro figuraba una muger enserpentada y toda lagrimones que tenía un desdichado zagalillo en brazos, que se hacía más difunto a la vista que al que dieron cuchillada fendiente. Otro era un toro añusgado, corniveleto y torcido de vista. Otro un rocín ferino con el gesto bilioso del que va en galopada a los infiernos y ya anda en umbrales.

-De veer esto se me abren gusaneras en los sesos –dije-, tal es la mala sangre que tiene esta pintura. ¿Es esto rapto de sabinas o matanza de Herodes?

-No hay tal cosa –saltó Don Diego-. Esto avisa del terror que sufren las gentes en la guerra moderna, que es cobarde y vil, pues no son los bravos soldados quienes caen en el frente prevenidos, sino que las bombas llueven del cielo en las casas de la gente honrada y plebeya que mueren sin honor ni defensa posible.

-¡Gravísima desgracia! Te digo en verdad, amigo, que todo lo visto hasta agora de este arte moderno no monta un comino. Borrones y gazafatos escarabajeados a mis ojos, no más. Mas este lienzo me trae tanta angustia al corazón que, conmovido, me descubro ante el artífice. Pues es bueno que escupa el hombre la hiel que tiene en el alma y no la acalle, y diga las verdades en la cara a quienes se ofendan, pues tal ofensa es prueba de la sangre que su mano esconde. Y bueno es que sea el arte la voz del doliente o de la víctima, que es siempre muda en su modestia o en su ausencia. Ya se pintaron asaz en mis días retratos floridos y copiosos bodegones para grandes amos y tiranos podridos de poder.

Y, dicho esto, hice reverencia y partimos.

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Pirata
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