Entonces escondamos la cabeza bajo el ala y neguemos a quien nos pregunte que tenemos barco, no sea que independientemente del medio que hayamos usado para conseguirlo se nos tache de mangantes, explotadores, ricachones, exhibicionistas o lo que a bien tenga quien lo haga.
La realidad social es la que es, independientemente de la situación actual que no la hemos provocado nosotros por nuestra actividad náutica, por favor, no mezclemos las churras con las merinas, si no, ni conseguiremos buena leche ni buena lana, solo un variopinto rebaño totalmente improductivo.
Y la realidad de la náutica es la que estamos padeciendo, la que sufrimos día a día cada vez que sale una nueva norma, ley, reglamento, tasa o lo que sea con tal de sacarnos los cuartos. Seamos europeos en eso y no tan españoles en criticar las iniciativas, no se trata de demostrar lo buenísimos que somos, ni lo humildes ni lo correctos, se trata de que seamos capaces de organizarnos y que se consideren las barcos de menor eslora como lo que son, medios para practicar un deporte o una forma de esparcimiento, y en eso no tienen cabida los mega-yates con los que se asocia la náutica de recreo.
Cada uno hace con el fruto de su trabajo lo que quiere, unos ahorran para tiempos peores, otros se compran un barco y otros se lo pulen en viajes con su mujer y la educación de sus hijos, pero el que ahorra, busca las mejores fuentes de inversión, el que se preocupa por la instrucción de sus hijos, se gasta la pasta en colegios extranjeros, el que viaja busca las mejores ofertas, y el que se compra un barco, compra lo que puede y se encuentra con muro que, ladrillo a ladrillo, lo ha construido la administración.
Choquero, pobre armador de un viejo Rodman del año 1981 motorizado con un Volvo de 1968 y que lleva dos años sin saber lo que es navegar en su propio barco por avería.


y estas para bajar la bilis.