Re: SUEÑO DEL DESPERTAR por Paco Quevedo
XVI. DEL ARTIFICIO QUE LLAMAN CINE
Corrían ya horas de tarde, tal que hube de recordar a Don Diego de Torres que aún le restaba enseñarme un cinematógrafo, ante lo que anduvo en deliberaciones, pues no acertaba a averiguar si debíamos veer tal o cual película. Dijo él que eran más de su agrado las antiguas, pues ya no se hacen tan ingeniosas, que se repiten como el cebollino y buscan el artificio huyendo de la belleza en su sencillez. Sumido en la más obscura ignorancia, yo mostréme dispuesto a cualquiera película, que cuando es buena dicen peliculón, aún temeroso de que tuvieran estas cosas semejanza, por la voz, con los pelos del culo.
-Vamos pues a la Gran Vía –dijo resuelto tras largas cavilaciones-, y busquemos allá una de fábulas de caballerías que ganó hogaño muchos laureles y de la que se hace mucho encomio por su buena ejecución. Ha de ser más comprensible para ti, amigo difunto, ya que trata de cosas fantásticas, intitulándose algo del retorno de tal o cual rey, lo que ha de ser solaz para un monárquico de pro como tú.
-Hágase –dije. Y fuimos.
Era esta Gran Vía lo que dice su nombre, doy fe, con palacios grandiosos en ambos paramentos y mucho bullir de gentes que corrían como hostigadas acá y acullá. Algunas de las fábricas tenían los cartelones que figuraban las películas, y eran éstos los corrales o tablas donde se mostraban, que se llaman cines, por apócope de cinematógrafo. Yo había visto este paraje desde el madito autobús, mas agora sobre mis pies aparecíame más grandioso. Fuimos a uno de estos cines, el más señalado. En una de las proclamas gigantes, que encubrían todo el alzado de la fachada, se leía algo de un tal Señor de los Anillos, y este era el cuento que veríamos. Compró Don Diego en un ventanuco las cedulillas que daban paso y, dentro ya del atrio, unas palomitas para gazmiar. Desalentóme que tales palomitas no fueran pichones estofados, sino cosa ligera. Diéronnos un badil y de la paloma apenas las plumas debían quedar, pues nada pesaba. Probámoslo y era cosa reseca y resalada, como quien masca papel de pliego, mas mataba la gusa y dilo pues por bueno.
Nos entramos a un salón obscuro, con asientos como para unas quinientas nalgadas. Eran éstos mullidos y lujosos, no como aquellos escabeles de los corrales de comedias de mi siglo, y miraban todos a un escenario oculto con tapices bermejos. Fuimos a nuestro lugar, estorbando a unos que ya estaban sentados, pusimos el culo y allá aguardamos, oficiosos. No esperamos mucho cuando empezó a retirarse el cortinón por arte de duendes y sobresaltóme un estruendo como de fanfarria, tal que di un brinco que a poco me salgo del calzón y se me saltan los pulsos y los humores del cuerpo. Al compás de esta charanga, que aterrase al mismísimo Orfeo, bailaban unas letras y unos colores en el retablo que se descubría.
-¡Atruena esta película, vive Santiago y toda la Orden! –dije corrido y sofocado del estremecimiento.
-Chitón, que no es película –apuntó Torres-, que es el muvirécor. Es señal de que empieza en breve lo que venimos a ver.
Callé, y vide y oí, y allá nada pasaba, salvo que unas voces como de coro de clarisas cantaban con descaro sobre el atronador soniquete: muu-virécor, muu-virécor, al tiempo que se seguían destellando luminarias de varios tonos. Dieran esto en mi tiempo por despensa de exorcismos y fueran todos los artífices dello encapirotados a la hoguera. Salieron luego las estrellas, que acaso fuesen las célebres estrellas de cine. Iba yo ya aturdido cuando me señaló Don Diego que comenzaba la película, y así fue. Quisiera cocer palabras para narrar lo que allá vide, mas no tuvieren tantas ni Plinio el Viejo ni los cuatro evangelistas a coro. Quedó al fin todo obscuro, como boca de lobo en campo de sable, y sobre aquel tablado se arrojaban hechuras de parajes y personas como si pudiera uno tocarlos, tan pronto andaban cerca como se veían de lejos, y cuando platicaban ellos, relinchaban sus bestias o chocaban sus espadas, sonaba todo como si lo hiciesen a un palmo de la oreja, haciendo al que eso catare u oyere testigo vivo de lo que sucediere. Contaba esta fábula unas batallas ilusorias, y se figuraba que el tiempo pasaba más apriesa que en lo real, pues amanecía, se hacía medio día y atardecía en un punto, acababa una hazaña y empezaba otra sin dejar respiro. Y en estas escaramuzas caballeros, magos barbudos y sibilinos, enanos contrahechos, trasgos y demonios se ensartaban unos a otros sin ton ni son, pues yo no entendí bien los pleitos que se tenían unos con otros y todos con el sortijón que les sorbía es seso.
Y confieso que transcurrían los hechos con tanta veracidad en la apariencia y tanto estrépito, que al acometer los unos contra los otros diríase que hacían en mi estragos, salpicándome vísceras, sangre y humores encima. Arrebozábame yo con los brazos, temeroso de tal violencia, cuando esto ocurría. Unos eran pura verruga de asquerosos, y éstos eran viles y cobardes, y por tales les temían los caballeros, que eran de porte noble, aunque desaliñados de fachada, el más bigardo dellos era rey en el destierro y gozaba (o sufría, no me quedó claro) los favores de una ninfa y la lealtad de otros adalides, más bien lampiños y, al fin y al cabo, como en tantos cuentos de vieja manidos ya en mis días, era su empeño limpiar su país del mal reinante. Tenía yo la boca tan abierta que me volaban las palomitas della, y casi me cago en los gregüescos del miedo cuando vide llegarse a mí silbando desde las fraguas del infierno unas quimeras voladoras, como dragones de leyenda, que llevaban caballeras a unas ánimas enmantadas, más enlutadas que papo de viuda. Viéralas San Jorge y no hubiera tierra para sus pies.
-¡Por Christo! ¡Vade retro, cabrón! ¡Voto a Judas! –tales cosas dije y otros juramentos, en el fragor de la ilusión, y al punto me chistaban Don Diego y otros, molestos por mi imprudencia. Tan cierto era el delirio que se me presentaba que hube menester advertir a puro grito a los leales caballeros y a unos enanos incautos del peligro que corrían, con tantos íncubos, sabandijas y demonios rabiosos sueltos por esos mundos, mas susurróme Don Diego que nada de lo que yo ni nadie hiciese valdría para mudar la historia, pues sólo éramos espectadores de esta visión sin parte en ella, y que los que veía eran comediantes fingiendo sus tramas. Así que atranqué la boca, dejando a los desdichados figurantes al albedrío del destino. Es cosa portentosa ésta que te hace sonreír, al punto llorar o al punto enojarte o indignarte, situándote tan pronto en el fragor de la cruel batalla como en la intimidad de los amantes, jugando así con el espíritu del que lo mira, aún a sabiendas de que no es más que pura fábula lo que se observa y se oye.
Tardaron aquellos pleitos en remediarse una eternidad, que ya contaban por cientos los nobles y villanos muertos y no sé cuantas horas pasaron hasta que cesó la tempestad y recularon al averno todas las creaturas bestiales y pasó el mal trago. Entendí que tocaba la cosa a su fin cuando sonó una melodía y se desguindaron de lo alto mil letras en sabe Dios que guarismos, acaso ingleses, con créditos, saludos y epílogos al discurso. Confuso, aturdido y cansado de tanta gatatumba, la cabeza palpitando como yunque de herrador, apenas me encontré fuerte para orinar en las ricas letrinas que allá había y, ya en la calle, hice de la luz del atardecer obsequio para mis sentidos al verme por fin salir en desbandada arrastrado por toda la muchedumbre.
-¡Ay de mi, Don Diego –dije-, me atormenta la testuz cual si hubieran galopado de veras esas manadas de monstruos por ella!
-Has de contemplar conmigo –díjome grave- que es gran prodigio esto del cine, muerto mío, y darme la razón en que es lo más cautivador que ha preparado el hombre moderno. Has de saber que esto que has visto es alarde de efectos especiales, que así llaman a esos trucos que te hacen creer que tales bestias vuelan y a tal fulano le abren en canal, y tal ciudad se quema o se derrumba, mas queda todo en fuego alquímico y cuento de cuclillo, cosas de viento a la postre. Mas otras películas, aún en la ficción, figuran realidades e injusticias que ocurrieron, y es su gran mérito estar bien documentadas, dando fe de los hechos sin echar a volar la fantasía, y éstas bien merecen una jaqueca. Y aún otras, siendo puro cuento, alumbran historias tan hermosas que son dignas de verse y se disfrutan tanto como un buen libro. Y tal es esto que se hacen los libros de las películas y las películas de los libros, así se han hermanado ambos oficios, la literatura y el cine, al que llaman la séptima de las artes. Y te digo que habiendo sido parido el cine del teatro, como lo fue, hay películas de comedia y películas de tragedia, y entre ambas las hay encomiables. Mas es para los amantes del cine gran desconsuelo que se acabó convirtiendo éste en industria lucrativa, y agora se vende basura por cine, siendo las comedias tristes de veer por majaderas y las tragedias más alegres por ridículas. Y lo peor, vista una, vistas todas. Y así y todo hacen más dineros con ellas que padre de putas. Es paradoja, pero he de decirte que cuanto menos abanderada sea una película, menos público tenga y en menos salas se exponga, mejor será para tus ojos y tu inteligencia. Y no dejes de veer esas películas según mi consejo, mi docto amigo, pues no dudes que de haber nacido en estos tiempos, parte de tu tinta se hubiese gastado en crítica de cine.
Así escuché de mi tutor estos sabios consejos y sentíme agradecido, con el gusanillo de acercarme a catar otras películas. Atardecía ya, y anduvimos en estas pláticas por la Gran Vía abajo, a contracorriente entre el aluvión de gentes de todos los colores, curiosos de las cosas que se ofrecían. En un punto nos vimos lamiendo un helado que negociamos a una vieja, y era esto como las nieves de mis días solo que más empalagosas y engullipantes. Vide así en un soportal un comerciante de sombreros, entre otras bagatelas. Los más eran ridículos, de los que llaman gorras, que son un capuz para la colodra del cráneo con un resguardo para apartar el sol de los ojos, mas alguno era de ala, aunque poca y sin pluma, no fuese que echase a volar en una ventolera, y quise yo uno destos. Pagamos lo estipulado con billetes al uso y fuimos, yo cubierto al fin. Había empezado a regocijarme de la cara ociosa de esta vida moderna, tan exuberante, tan pródiga en novedades, mas añoraba en ella un ápice de sosiego.
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Pirata
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